Hija de Alcínoo (v.), rey de los feacios, y de Arete (v.). Es la primera que encuentra y acoge hospitalariamente a Ulises (v.) en su naufragio en la isla de Esqueria (Odisea, c. VI).
Al final de las peregrinaciones de Ulises y antes de su regreso a Ítaca, el poeta de la Odisea (v.) ideó ese penúltimo episodio durante el cual Ulises habrá de narrar su largo viaje. El ambiente se halla al margen de la vida activa, en una isla apartada y feliz, en cierto modo fabulosa pero muy civilizada, concebida según el preciso modelo de las ciudades jonias. En ese ambiente inventado el poeta aporta libremente nuevo material a las leyendas tradicionales; Nausica es un personaje fantástico, pero en su invención no hay nada arbitrario. Los caracteres que se le atribuyen son los que distinguían a la mujer de condición social elevada, en la época de la decadencia de la sociedad caballeresca griega.
Su encuentro con Ulises ha sido de antemano dispuesto por Atena, que aparece en sueños a Nausica y le recuerda que llegará más tarde o más temprano el día de su boda y la invita mientras tanto a mostrarse activa y a ir la mañana siguiente a lavar la ropa a la desembocadura del río. La intervención de la diosa, como siempre, nada tiene de milagrosa: el pensamiento sencillo y natural de las bodas que habrán de llegar precede al encuentro con Ulises, dando a la conversación de éste con la joven un tono especial de delicada cortesía y modestia. Más allá del aparato divino que acompaña a la acción, y más allá de su finalidad última — el regreso a Ítaca—, en este canto VI hay que ver un mero episodio que tiene por tema un motivo de aspiraciones y de ensueños juveniles, expresado con discretas reticencias y descrito totalmente desde el punto de vista ingenuo y sentimental de Nausica.
El relato empieza con ella, y la aparición de Ulises está vista con sus ojos* «Como un león de los montes, seguro de sus fuerzas, va con ojos de fuego desafiando la lluvia y el viento a arrojarse sobre los rebaños…». Su aspecto es pavoroso, pero Nausica no tiene miedo, a pesar de que sus servidoras huyen, porque en su mente reinan los ensueños juveniles y gracias a ellos intuye la verdadera nobleza del recién llegado. Cuando Ulises vuelve a presentarse a sus ojos después del baño, le aparece más joven, más alto y más apuesto.
Y asimismo el discurso con que Ulises se presenta no parece referido a sus términos reales, sino entendido según la interpretación de Nausica: hasta tal punto coincide con los pensamientos de ésta. Ulises empieza en la forma más halagüeña, con expresiones de cortés admiración por la belleza de la joven y termina precisamente aludiendo a su futura boda, en un verdadero himno nupcial. La contemplación y el epitalamio de Ulises, al conquistar a Nausica, aseguran al mismo tiempo al héroe el éxito más fácil y más realista. La generosidad real y la cortesía caballeresca bastaban al poeta para crear las circunstancias propicias al regreso de Ulises; pero gracias al episodio de Nausica la acción adquiere la máxima naturalidad. En ese canto el goce mayor no corresponde a Ulises, el náufrago salvado, sino a Nausica, que es quien concibe las mayores esperanzas y quien guía la acción, no tanto para prestar servicio a un desventurado como siguiendo las directrices de un sueño propio.
Este oculto interés le inspira los mejores consejos para Ulises, a fin de que éste pueda obtener todo el favor de Alcínoo y de Arete; y llega un momento en que la doncella casi se traiciona, cuando le ruega que al acercarse a la ciudad la siga a distancia, a fin de evitar las malignas habladurías de la gente al verla con un extranjero. Este canto es uno de los menos fabulosos: el sencillo motivo inicial, el pensamiento de las bodas, no tiene nada de milagroso en sus manifestaciones, aunque se atribuya a Ate- na, y está introducido en el esquema general de la narración con perfecta naturalidad, de tal modo que es la historia de Ulises la que viene a insertarse en la de Nausica, y no al revés, con lo cual el poeta puede exponerlo todo, dejando aquellos sobrentendidos sentimentales y discretos que puedan naturalmente surgir si se miran las cosas a través de una fantasía ingenua y lozana, propia de la rosada juventud de Nausica.
F. Codino

