Protagonista de la narración La vida del alegre maestrito Maria Wuz en Auenthal (v.), de Jean Paul Richter (1763-1825). «¡Cuán dulces y tranquilas fueron tu vida y tu muerte, oh alegre maestrillo Wuz! Un cielo silencioso y tibio de veranillo circundó sin nubes tu existencia; no conociste acontecimientos, sino oscilaciones; tu muerte fue cual el doblarse de un lirio».
Hijo de un pastor, tuvo una infancia llena de dulces puerilidades; volvía de los campos con su hermanita, sentado encima de un carro de heno en el frescor del atardecer, entre el revolotear de las golondrinas sobre su cabeza; en las fiestas tocaba el órgano en honor del deán, estirando sus piernas cortas en vanos intentos de llegar al pedal; su papaíto, empero, dábale el registro exacto. En la escuela fue un alumno modelo; ninguna delas celdas de los pensionistas estaba tan ordenada y limpia como la suya: los cuadernos uno sobre el otro, boca arriba, y los zapatos paralelos; incluso de todo lo del colegio sabía disfrutar: por la mañana, se alegraba pensando en la comida; por la tarde, saboreando anticipadamente la cena; al despertarse, su primer pensamiento iba hacia las hermosas páginas de lectura del Robinson (v.), que le gustaba más que Homero, y hacia los pajaritos y plantas que había de contemplar.
Sin embargo, su felicidad no quedó completada hasta que se enamoró de su Justel, en un baile, en ocasión de la consagración de un templo. Llegado a maestro de su pueblo, su primera idea fue, naturalmente, la de pedir por esposa a Justel; las ocho semanas del noviazgo fueron consideradas siempre por él como un intervalo elíseo, una sucesión de estáticos goces. El resto de su vida es silencio, el mutismo propio de los pueblos felices que carecen de historia: enseñar, cultivar el jardín, amar a Justel un poco más cada día, y salir a pasear con ella por. el campo. No es esto todo, empero; Wuz tiene, además, una grande y capital ocupación: reunir una biblioteca. Muy curiosa es la del maestrillo de Auenthal; para formar una biblioteca corriente se precisa dinero, y Wuz nunca dispuso de él; mas para constituirla sólo a base de manuscritos únicamente hace falta tener la paciencia de ir copiando.
Y así, Wuz va escribiendo para sí mismo y con su propia mano una biblioteca, aun cuando sólo mediante la. copia parcial de los textos: en lo restante, divaga, e intercala fragmentos autobiográficos, digresiones, aforismos… Al final, acaba por convencerse de que los «cánones» de la literatura son, precisamente, aquellos libros suyos, y las obras de Klopstock, Lavater, Lessing, etc., que se encuentran en las bibliotecas no son más que ejemplares apócrifos. Es natural, pues, que oponga a las Desventuras las Alegrías del joven Werther. Digna de su vida es su muerte. Paralítico, se hace llevar a la cama los objetos más apreciados en su infancia: el anillo de estaño que le regaló una hermosa niña de cuatro años, una gorrita verde cubierta de encajes que había sido su orgullo, algunos trataditos liliputienses compuestos por él mediante la copia de algunos versículos de la Biblia.
Al alborear de una noche de mayo, su semblante siempre sereno se hizo estático; fantasías primaverales «que este mundo no experimenta y el otro no poseerá» brillaron en torno a aquella alma que se hundía en su ocaso; luego, la muerte echó su velo sobre aquel rostro y marchó tras aquel espíritu sin rencores ni asperezas, que tanto había sonreído a la vida.
B. Allason

