Protagonista de la novela de este mismo nombre (v.) de Benito Pérez Galdós (1843-1920). Marianela encarna uno de los mitos románticos más patentes: el del alma hermosa encerrada en un cuerpo poco agraciado.
Rica en bondad, virtud y espíritu de sacrificio, estas dotes se hallan acompañadas en ella de la miseria física e intelectual, ya que es fea, lisiada, insignificante e inculta. Se trata sólo de una pobre mendiga, que sirve de lazarillo a un joven ciego, del cual inopinadamente se enamora, y sobre el que vierte la plenitud de sus sentimientos. Ante aquellos ojos que no la ven, su corazón y su fantasía se expansionan libremente. Ver por él, cuidarle y sacrificarse a sí misma constituye para ella el goce supremo, y Marianela lo confunde fácilmente con una misión: «Existo para ser tu guía, y mis ojos no servirían para nada si no fuera para conducirte y manifestarte las bellezas de la tierra».
Su alma primitiva exáltase ante la idea del sacrificio, y esta euforia presenta todos los caracteres del erotismo llevado al plano místico, un misticismo en el que predomina el sentimiento y la atracción de la naturaleza. Marianela cree en fuerzas sobrenaturales, distintas del único e inmenso Dios, y que a menudo se albergan en el mundo. Y al oír su voz, y frente a la seducción de su fantasía, el ciego, que es joven y poeta, se imagina a una Marianela tan rica en encantos físicos como en belleza moral. Sin embargo, cuando recobra la visión gracias a los cuidados de un famoso oculista, la primera figura que contemplan sus ojos — hermosa y bien vestida— no es la de Marianela, aunque él al principio así lo crea, sino la de Florentina, su prima.
Aquélla no ha querido destruir la bella imagen que ella misma había ido forjando en la fantasía del ciego. Mirándose con su exasperada sensibilidad estética en esta ilusión, había declarado a aquél: «lo feo no debe vivir». Y no precisa ahora que manos afectuosas le Impidan suicidarse: morirá igualmente de dolor, porque en adelante la vida carece para ella de sentido. La moral de su existencia — no es suficiente la bondad, sino- que hace falta asimismo la belleza — es más feroz y desconsoladora que la de ningún otro personaje de Galdós.
F. Díaz-Plaja

