Es la famosa monja portuguesa a quien se atribuyeron las no menos célebres Cartas portuguesas (v.), que apasionaron a toda una sociedad cuando se publicaron en 1669, y que todavía hoy siguen contándose entre los más bellos ejemplares de la epistolografía amorosa.
En la oscuridad de un convento portugués, una monja aún más oscura dictaba en cinco cartas, de una apasionada vida interior, el epicedio del desengaño amoroso. En su alusión al origen de las epístolas, el prefacio del editor daba astutamente a entender el tema de la narración: una historia de pecado y de dolor. Una criatura ardiente que no halla en la fe ni en la clausura una defensa contra la pasión; la seducción de un oficial que a la fascinación de su juventud une la de la nobleza y del valor; las entrevistas en la celda; las ansiosas esperas en el intervalo entre las batallas; y, finalmente, la desesperación del abandono, los propósitos de suicidio, las insurreciones contra la fe, y una continua ebriedad de goce erótico y de tormento.
Todo el mundo se embriagó un poco en aquel elixir de lágrimas y delirio. El editor declaraba que las cartas habían sido dirigidas por una monja portuguesa a un «gentilhomme de qualité, qui servoit en Portugal», sin dar el nombre de la religiosa ni el del destinatario. El mismo año, una falsa edición de las cartas aparecida en Colonia declaraba el nombre de aquél: el caballero de Chamilly, notabilísima figura de la historia militar de Francia. Sin embargo, la monja permaneció desconocida hasta 1810, año en que se halló escrito su nombre en un ejemplar de la primera edición. «La religieuse qui a écrit ces lettres se nommoit Marianne Alcaforada, religieuse á Beja, entre l’Estremadura et l’Andalousie. Le cavalier á qui ces lettres furent écrites étoit le comte de Chamilly, dit alors le comte de Saint-Léger».
El nombre de la religiosa fue también confirmado por pruebas documentales, pero, por lo demás, no se pasó de vagas suposiciones, hasta que en 1888 el erudito Luciano Cordeiro, con su libro Soror Mariana, a freirá portuguesa, escrito con el auxilio de afortunadas investigaciones, estableció la piedra angular de la historia de Sor Mariana. La monja pecadora existió en la realidad. Nacida en 1640 en Beja, en 1660 el testamento de su padre habla ya de ella como profesa del Monasterio de la Concepción. Según los defensores del romántico mito, debió de conocer a Chamilly entre 1667 y 1668. Chamilly, que se encontraba en Portugal desde 1663-1664 con motivo de la guerra contra España, era amigo de un hermano de Mariana, Baltasar Vaz, asimismo oficial de caballería, que luego abandonó las armas por el claustro.
Desde las rejas del convento, Mariana, junto con sus compañeras, veía pasar la caballería; y así, debió de advertir al capitán Chamilly, o quizá fue éste quien la vio a ella. Según los mencionados defensores del relato, el hermano de la monja, probablemente, hizo las presentaciones. Chamilly sedujo a la religiosa, pero poco después fue llamado a Francia o bien alejado a consecuencia del escándalo. Alguna vez escribió a la pobre Mariana, y luego la olvidó, llegando hasta confiar a un traductor las cartas que aquélla le escribiera. De esta suerte, mientras el caballero, vuelto a su patria, iba de triunfo en triunfo a través de las empresas militares, sitiando y tomando por asalto ciudades y fortalezas hasta merecer el bastón de mariscal, y en tanto se casaba con Mlle. Du Bouchet, inteligente, virtuosa, y, si. no bella, riquísima, Mariana, entre las cuatro paredes de su celda, lloraba y se golpeaba el pecho, asaltada por los ardientes recuerdos de su pasión.
La monja murió en 1723, siendo abadesa del convento de la Concepción, y si no en olor de santidad, por lo menos resignada, y luego de haber logrado canalizar las aguas de su torrente en la gran riada del amor divino. Recientes descubrimientos han destruido el romántico mito de la religiosa portuguesa, y, según parece, las cartas no son nada más que un «manual de epístolas amorosas» (las llamadas «Valentine») o bien una reconstrucción literaria de las azucarada» misivas que los soldados de Portugal recibían de lejanas amantes. El éxito de las cartas debió de impulsar a algún «bel-esprit» a atribuirlas, por una irónica inversión, al caballero de Chamilly, a quien Saint-Simon describe como «un hombre alto y grueso, lleno de coraje y bravura y perfecto hombre de mundo, aun cuando tan necio y lento que parecía imposible pudiera poseer el menor talento militar.
Al verle y oírle, nadie le hubiera supuesto jamás capaz de inspirar una pasión como la que anima las célebres Cartas portuguesas, ni tampoco de corresponder a ella». Con todo, Sor Mariana ha entrado ya a formar parte de la mitología sentimental de Portugal, que ve en la monja una imagen de su alma y de su «saudade», y es más fácil corregir la historia que desarraigar los mitos.
A. Drago

