Heroína de la novela La copa dorada (v.), del escritor americano Henry James (1843-1916). Esta encantadora heredera de todas las edades lleva elementos y acentos extraídos de las fuentes más profundas de la poesía americana al drama (o melodrama) espiritual característico del autor, representado diversamente en otras ocasiones por Isabel Archer (v.), Milly Theale (v.) y Lambert Strether (v.). Voluntariamente desterrada a Europa con su padre — viudo millonario retirado de los negocios y todavía vigoroso —, comparte, en un mundo extranjero, su soledad, su ingente riqueza y su fabulosa inocencia moral.
Sus dos vidas tintinean, cual una copa de cristal con ribetes de oro, «con el más bello y dulce de los sonidos». De su antepasada Daisy Miller (v.) han heredado ambos su «absoluta libertad metafísica» de americanos: espectadores aislados de una condición humana de cuya servidumbre se hallan exentos, la pareja inmaculada se mueve sobre hermosas superficies de elevada civilización revestidas de oro, atravesando océanos y continentes y «viéndolo» todo, sin penetrar nada, ni dejarse contaminar por nada. Maggie y su padre son coleccionistas, que van reuniendo objetos bellos y preciosos como ellos mismos: vasos griegos, ladrillos persas, un marido para Maggie — un magnífico joven príncipe romano, uno de los más hermosos «ejemplares» europeos, de autenticidad garantizada y de tanto valor como un Correggio —.
La virginal heroína tiene el aspecto de «una pequeña danzarina en reposo»; se parece, en su inocencia — la virginidad de su alma—, a una «ninfa» y, al mismo tiempo, a una «monja». La primera, con su bondad, su generosidad, su gentileza, su gracia «tímidamente mitológica», su vaga amabilidad y su «compuesta y elegante cabeza impersonal», pertenece a la legendaria época áurea del fauno de Hawthorne, Donatello (v.). La monja permanece recluida en certezas y cultos morales que, no calificados por la experiencia ni mancillados, efectivamente, por requisitos del género, dan inmediatas e incalificadas respuestas a cualquier «problema»: esto es bueno, aquello es malo.
Del mismo modo que no puede experimentarla, tampoco puede ser alcanzada por la burda y compleja realidad de la pasión, la necesidad, el deseo, el accidente o la tradición que distingue una «situación» humana de un «problema» americano, que la moral, en el sentido europeo del término, interpreta y expresa. Suspendida en un «maravilloso pequeño mundo» cuya ley suprema es la «gentileza», no siente necesidad de comprenderlo, y se le hace inaccesible; la concepción de la experiencia humana como algo real o relacionado, en una u otra forma, con ella, queda fuera de sus posibilidades. Al casarse y tener un hijo, la ninfa no hace más que convertirse en otra especie de criatura mitológica, un ser que, con su «neutra y más bien negativa propiedad» de madre y de esposa, recuerda una genérica Cornelia romana en miniatura.
Su pura bondad sin forma es un sucedáneo, ya del conocimiento, ya de una identidad humana; y sus relaciones con las personas que se hallan a su alrededor — el marido o la joven amiga con la cual induce a su padre a casarse — llevan todas el signo de una beatitud y una inexpresividad de comunicación perfectas. No obstante, la exquisita solicitud con que actúa profundamente sobre todas ellas, en las que asume con suavidad su misma edénica perfección, ejerce una terrible tiranía moral; las hace transformar en «niños» como ella o en bellos objetos preciosos puestos bajo su custodia y exige, en cambio, que se conviertan en solícitos guardianes del valioso objeto Maggie, que las despoja de una identidad humana y de una vida personal; les impone una obligación que nadie sumergido en una condición humana y sujeto a sus exigencias es «bastante apto y: bueno» para soportar.
Su presencia en un mundo de seres humanos evolucionados no hace, en este caso, más que crear una serie de situaciones falsas, todas ellas como una copa de cristal cuya brillante superficie dorada oculta una resquebrajadura: la falsedad de sus ideas sobre la naturaleza de la vida humana. Maggie, empero, al empezar a preguntarse si no debería ser «mayor», reconoce por vez primera no saber quién o qué sea —por cuanto, en realidad, ella no es, hasta aquí, nadie—. Quebrada por la duda, la dorada copa de su inocencia — «el estado de nuestros progenitores antes de la Caída» — se hiende y despedaza gradualmente, «según principios y normas propios». Al irse transformando en mujer, la ninfa va llenándose de estupor.
Las palabras y los actos de los seres humanos que la rodean — y aun de sí misma —, sumergidos hasta entonces en el baño común y tibio de su bondad, su gentileza, su inocencia y su ser indefinido, asumen de golpe significación y relación, se ponen en contacto unos con otros en el pasado y se extienden por el futuro. Surgen, del indeterminado calor fetal de la prehistoria, los ásperos acontecimientos históricos: la historia de su propia vida y la «historia natural» del «alma humana». Aleteando fuera de su paradisíaca jaula dorada, el ave fugitiva percibe «esto que se llama el Mal», «el descubrimiento, el conocimiento y la cruda experiencia de aquél»; sus ojos se percatan con incrédulo horror del adulterio de su marido con la esposa de su padre.
Maggie es extraña al mundo de las evolucionadas formas de la cultura; carece de «precedentes, ejemplos, tradiciones y hábitos» que puedan definirle el papel que, atacada por la realidad de una situación humana, podría representar; su posición es la de «un colonizador o mercader» en una inexplorada extensión virgen (v. Ester Prynne). Sola y sin ayuda, debe crear entonces para sí misma las formas bajo las cuales actuará, así como debe también crearse una identidad a partir de la sustancia humana «fundamental» que «se encuentra en la base» de las formas evolucionadas de la cultura, y de su propia y típicamente americana esencia de ninfa, monja, espectadora y coleccionista. Mediante sus nuevas alas—las de la «paloma» Milly Theale —el pájaro fugitivo se eleva hasta las más altas posibilidades de esta sustancia original: hasta la rigurosa belleza moral de que sus elementos son susceptibles cuando, recogiendo por sí mismos el conocimiento que los destruiría, triunfan sobre éste por el ardor de la aceptación.
Los papeles que crea para sí misma son los del «macho cabrío expiatorio» y del «redentor»: el primero, con un rasgo extremadamente hábil de automortificación, asume sobre sí todo el cúmulo de falsedades del drama; el redentor «salva» los personajes de éste de acuerdo con una justicia divina tanto más tremenda por cuanto administrada no como castigo o venganza, sino como amor absoluto— superior a la bondad, la gentileza y la piedad (v. Perla) —. Es misión de este amor «dar» a los personajes la realidad de sus vidas, y Maggie sólo puede hacerlo mostrándose tan despiadada como la verdad humana — la «historia natural de alma» — de la que es ahora el agente. Todas las resquebrajadas copas doradas deben hacerse añicos. Al emerger de la Inocencia, la «ingenua» del drama se convierte en su paciente heroína moral, y, con su triunfo sobre la Experiencia, en su empresario sobrenatural.
S. Geist

