El Mago Merlín

Protagonista de las Prophetiae Merlini y de la Vita Merlini de Geodfroy de Monmouth (siglo XII); de las Prophécies de Merlin, posiblemente escri­tas en Venecia entre 1274 y 1279; del poema Merlin, de Robert de Boron (siglo XIII); del Merlin de Caledonia (siglo XIII); del poema dramático Merlin, de Karl Lebrecht Immermann (1796-1840); de la novela Merlin l’Enchanteur, de Edgar Quinet (1803-1875); y del idilio Merlin and Vivien, de Alfred Tennyson (1809-1892), así como de varias compilaciones inspiradas diversamente en su leyenda (v., para todas ellas, Merlin).

Su nombre, siquiera sea sólo a través de bre­ves alusiones, aparece numerosas veces en las novelas y poemas caballerescos: báste­nos citar, de una vez por todas, el Or­lando furioso (v.), La reina de las hadas (v.) y Don Quijote (v.). Su figura irreal (es denominado asimismo Myhrdin o Merzin e identificado con el mitológico Mercurio cel­ta), que, en alas de la leyenda, pasa des­de Armórica al resto de Francia, adquiere un aspecto humano, hasta el punto de trans­formarse, parcialmente, en la de un ancia­no sabio fabuloso por su ciencia, que vi­vió hacia el siglo VI en las montañas de Escocia. Compañero, primeramente, de los príncipes bretones en la lucha contra los invasores bárbaros, y luego amigo y de­fensor del rey Artús (v.) — a quien su­giere la institución de la Caballería y de la Tabla Redonda—, se halla presto siem­pre a incitar a los pueblos, a cantar sus gestas gloriosas y a reanimar su espíritu, desmoralizado en la hora de la derrota; es, por lo tanto, un ejemplo de patriotis­mo y heroicidad, a veces mago y profeta, o bien poeta y guerrero.

En las obras de Geodfroy de Monmouth aparece singular­mente como adivino milagroso enloquecido por la muerte de sus hermanos; de vez en cuando, sale del bosque virgen donde mora para entregarse a lúgubres predicciones. Y no sólo se manifiesta como mago, sino también como sabio; los coloquios de Mer­lín con un bardo, que vive retirado con él, son un compendio de cosmogonía y de historia natural (derivado de Plinio el Vie­jo), resumen de los conocimientos de la época, que acrecientan todavía más el ca­rácter maravilloso y fantástico del perso­naje. De esta suerte, en las leyendas trans­mitidas a través de los tiempos se en­trelazan ambos aspectos de la figura, el heroico y el mágico. Elevado a símbolo nacional de la raza céltica, puede muy bien decirse que lo es también moral y metafísico de la humanidad entera.

Pro­creado, según el relato de Robert de Bo- ron, por el Demonio (v. Diablo) en el se­no de una virgen, es el contraste viviente entre el bien y el mal, la encarnación de la doble naturaleza del hombre y de la lucha, que le tortura eternamente, entre el amor divino y la corrupción demoníaca, entre el espíritu y la materia. A tenor, du­rante toda su vida, de esta duplicidad, y luchando entre los ideales de justicia y bondad, por una parte, y los impulsos aira­dos y devastadores., por otra, Merlín re­cobra el equilibrio en el amor, cuando, fatigado de la compañía humana y retirado a vivir a los bosques, encuentra al hada Viviana (v.), personificación de la mujer y, al mismo tiempo, de la naturaleza y de su benéfica influencia. Con una entrega in­genua, espíritu de sacrificio y voluntad cons­ciente, se abandona a esta pasión, conde­nándose espontáneamente, y por amor a Viviana, a un eterno cautiverio.

Con ello, su mito se inserta en el tronco exhausto de la religión druídica del espíritu y de la naturaleza, y hace brotar el nuevo ideal consciente y cristiano del amor. Sin em­bargo, en la narración de Tennyson no re­presenta más que la sabiduría trastornada por la lujuria. Su aspecto mágico, empero, no desaparece jamás: misterioso profeta, Merlín domina durante muchos siglos toda la leyenda, y 1 a creencia de aquellos tiempos oscuros en su fabulosa clarividencia se pro­longó largamente. Gracias a una de sus pro­fecías, el pueblo francés levantóse, con Juana de Arco (v.), contra los ingleses; en un poema del siglo XIII, Inocencio III in­voca a Merlín en la cruzada contra los albigenses; en el XIV, Eduardo III justi­fica, en nombre del mago, sus pretensiones al trono de Francia.

Con el siglo XV, en cambio, el mundo empieza a burlarse de sus profecías; pero la leyenda no muere, y la figura de Merlín, aureolada ya de poe­sía dolorosa, ya de la seducción provocada por quien sabe leer en el futuro, persiste a través de los siglos, suscitando en las fantasías un semblante ora resignado, ora tenebroso, que no parece destinado a des­vanecerse.

A. M. Speckel