[Lot]. Personaje bíblico cuya historia aparece narrada en el libro del Génesis (v.). Sobrino de Abraham (v.) y su sombra discreta y fiel, quiso seguir al patriarca, aun cuando probablemente no movido por singular inspiración divina, en su emigración desde Ur de Caldea hacia la misteriosa tierra prometida.
Sin embargo, luego de haberse establecido con él en los mismos territorios situados entre Betel y Ai, hubo, muy a pesar suyo, de separarse, por cuanto no tardaron estas comarcas en ser insuficientes para el pasto de sus rebaños; y así, establecióse en Sodoma, entre los pueblos idólatras de la Pentápolis. La cólera del Señor se yergue contra la ciudad, que es saqueada por Codorlaomor, rey de los elamitas; también Lot es hecho prisionero, pero Abraham acude en su auxilio y libera al pueblo y a su sobrino. Con todo, más bien que por errores religiosos, Sodoma se encontraba corrompida singularmente por la degeneración de sus costumbres.
Y así lo experimentaron los dos ángeles enviados a documentarse sobre el terreno, los cuales, aceptada la hospitalidad de Lot, vieron súbitamente tomada por asalto la casa de éste, por cuanto la fama de su belleza se había esparcido con la rapidez de un rayo por la ciudad, y de todos los barrios había acudido una multitud de jóvenes y viejos, estimulados por la esperanza de gozarla. Ni siquiera el desdichado ofrecimiento de dos hijas suyas vírgenes hecho por el ingenuo Lot consiguió desviar en aquellos desenfrenados la violencia de sus deseos.
El repugnante episodio colmó la paciencia divina, y, al día siguiente, la ciudad fue consumida por un fuego terrible caído del cielo. Lot, su mujer y sus hijas habían sido salvados a tiempo por los mismos huéspedes celestiales, pero su esposa, cediendo a la curiosidad, volvióse, desobedeciendo la orden de los ángeles, a contemplar el incendio, y quedó transformada en estatua de sal. Las hijas, obligadas a vivir largo tiempo con su padre en una gruta situada a media ladera del monte (probablemente a causa de la insegura habitabilidad de la región), llegaron, movidas por el deseo de descendencia, hasta el punto de mancillarse con el delito más ignominioso de «cuantos la misma corrupción de los tiempos pudiera prever.
En ningún otro personaje posterior de la Biblia se ha realizado, quizá, como en Lot, una más desconcertante penetración física del mal. Su vida, tras la forzada separación de Abraham, puede decirse que es una continuada tentación para hacerle capitular. Primeramente, la incredulidad y la corrupción le aíslan, de una manera extraña, de su misma familia, y luego invaden su propia casa sin que se dé cuenta de ello o pueda cerrarles el paso a tiempo; su esposa vacila en el preciso instante de ponerse a salvo, y sus hijas desconfían, y llegan a contaminar al justo, reducido a la inconsciencia, hasta hacerle padre de hijos incestuosos.
Pero, si bien el mal jamás ha penetrado de modo tan trágico en otro personaje bíblico, tampoco ha demostrado nunca como en Lot su impotencia para triunfar. La justicia tiene tan íntimos y seguros refugios que todas las tempestades desencadenadas por la iniquidad no son capaces de doblegarla y mancillarla. Aun cuando el cuerpo sea presa de una espantosa violencia, el alma del justo es siempre inaccesible en su paz estática. Lot no sólo es el hombre abrumado por el enorme lastre del pecado universal, sino penetrado también, en la angustia del espíritu, por la misma «tragedia interna» del pecador.
C. Falconi

