Protagonista del cantar de su mismo nombre (v. Cantar de Liombruno) de autor desconocido. Numerosas son sus aventuras, tan densas y movidas en el breve espacio de la obrita; sin embargo, ninguna de ellas basta para caracterizar de una forma u otra al personaje.
Encantamientos y torneos, mantos hechizados o emboscadas de malandrines, corresponden a otras tantas situaciones esquemáticas, el valor de cuyos actores reside únicamente en los hechos que llevan a cabo — previsibles todos ellos — y no en sus cualidades intrínsecas, autónomas respecto de la acción. Esta característica, empero (justificable en la inspiración de la obra, netamente popular), no lo es todo, ni basta para autorizar una rápida comprobación de incorporeidad.
Para todo aquel que siga su historia con suficiente desinterés—para quien, dicho de otra forma, se ponga en las condiciones ideales para tal lectura —, Liombruno posee rasgos firmes y constantes. No se trata, ciertamente, de profundizaciones psicológicas, naturalmente ajenas al género y a la época de este cantar, ni tampoco de agudos elementos fisonómicos: la realidad es de carácter exclusivamente sentimental, y, bajo este aspecto, Liombruno es el héroe generoso, delicado y bello en un grado mucho más convincente de lo que el rápido esbozo pueda hacer creer. La idealización de esta figura sobre la base de características totalmente positivas resulta, verdaderamente, muy lograda, hasta el punto de renunciar al fácil contraste con el «malo»; hay en ella cierta gracia y modestia que nos hace pensar en óptimas cualidades del anónimo autor.
Así, por ejemplo, al principio, cuando — en el momento de librarse del Diablo (v.) —quiere permanecer donde está: «…no quiero marcharme, / porque debo aguardar aquí a mi padre». Y, más aún, cuando, ante el rey de Granada, acepta el desafío de un sarraceno (a quien, como es natural, vencerá): «…muy graciosamente / presentóse ante él». Tales ejemplos, y aun muchos otros que podrían aducirse, se hallan muy lejos del mero tópico; se trata de pinceladas, aparentemente secundarias en la intriga de la aventura, que, no obstante, dan color al personaje y, con su calor humano, quitan a sus movimientos el rígido ritmo de los muñecos a que, de otra forma, se verían condenados.
F. Giannessi

