Protagonista de la novela Nido de nobles (v.), de Iván Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818-1883), y una de las figuras femeninas más representativas de la literatura rusa del siglo XIX, juntamente con Tatiana (v.). de Eugenio Onieguin (v.), de Pushkin; Elena (v.), de La víspera (v.), del mismo Turguenev; Natacha (v.) y María Bolkonskaia (v.), de Guerra y paz (v.), de Tolstoi.
La crítica rusa la ha parangonado asimismo con Juliana Lazarevskaia, personaje de la narración de este mismo nombre (v.), de principios del siglo XVII, y Catalina (v.), de El huracán (v.), de Ostrovski. Con la primera de estas dos últimas tiene en común, singularmente, la profunda religiosidad que impulsa todos sus actos, aun cuando la superstición de la antigua boyarina ha sido reemplazada, en Lisa, por una relación consciente con el Cielo y las tentaciones terrenas, que la distingue también de la Catalina de Ostrovski, la cual se abandona inconscientemente al éxtasis religioso.
El rasgo característico del ascetismo o bien del altruismo de Lisa reside siempre, a pesar de la semejanza del primero con la ascética medieval y del otro con el de las vidas de los santos, en el sentido de serena conciencia que los acompaña. A pesar de todos sus aspectos místicos, la religiosidad de Lisa es también sensibilidad moral, y esto último es precisamente lo que regula sus relaciones con los hombres y la vida. Su moralidad es amor, en cuanto elimina toda aspiración egoísta, y, en consecuencia, el afecto exclusivo hacia un solo hombre o para con la familia. No puede evitarse que la aparición de Lavrecki (v.) lleve «una evolución a su serena vida interior»; y así, cede al sentimiento del amor y se entrega a momentos de esperanza; pero, en cambio, no puede dejar de ver en el regreso de la mujer de Lavrecki, a quien se daba por muerta, no ya una fatalidad o desgracia, sino un «castigo» de Dios, que satisfará mediante el cumplimiento de su propio deber, que la impulsa a abandonar el mundo.
La decisión de Lisa, de ingresar en un convento, es un acto de heroicidad moral, que, por otra parte, no nos sorprende: la belleza espiritual de esta excepcional creación de Turguenev está llena de heroísmo a través de toda su existencia, y la induce a la renuncia a toda esperanza de felicidad personal en la tierra.
E. Lo Gatto

