Personaje de la novela del mismo nombre (v.) de Juan Va- lera (1824-1905). Juanita ha heredado el apodo de su madre, y por consiguiente no responde a él: es una hermosa muchacha de tez aceitunada, magníficos ojos y una opulenta cabellera sabiamente peinada; es una joven lista y prudente, tan sana y robusta desde el punto de vista físico como desde el punto de vista moral.
En tomo a su belleza vibra una aureola de pecado: un pecado del que ella es inocente, pero que encierra su amor a la vida dentro de un estrecho círculo de sospechas y maledicencias campesinas. En realidad, Juanita es de origen ilegítimo, y por ello la imprudencia con que acepta de un viejo admirador el regalo de un lujoso traje de seda crea en el pueblo un escándalo y da pie a numerosas calumnias, fomentadas por el recuerdo de la antigua falta de su madre. Pero Juanita se defiende como una leona, sin vacilar ante las armas de la hipocresía, llegando así a granjearse la amistad de su más encarnizada enemiga, la hija del maduro pretendiente.
Pero aunque Vista como una mojigata y se muestre humilde y compungida a los ojos de la gente, Juanita, cuya juventud se siente demasiado oprimida por los lazos de las conveniencias, no tarda en incurrir de nuevo en pecado de ligereza y desconsideración cuando, despechada por las probables bodas de su admirador con otra mujer, alienta la malintencionada corte de que le hace objeto el más rico señorón del país, hombre emprendedor y sin escrúpulos. Esta contradicción entre cierta irreflexiva impulsividad y el saberse dominar durante tanto tiempo con tenaz y paciente cautela, se agudiza en la arriesgada temeridad de la cita que Juanita concede en su propia casa a aquel personaje, con el meditado propósito de vencerle en un rústico duelo cuando él intente, como sin duda intentará, pasar a vías de hecho.
La presencia de la amiga en la estancia contigua parece atenuar y sin duda atenúa el riesgo, pero no absuelve a Juanita del pecado de una excesiva audacia, ya que, si llamó a aquélla, no fue para sentirse protegida — y tanto es así que echa la llave a la habitación en que la oculta—, sino únicamente para que sea testigo de la burla de su perseguidor. Y en efecto, Juanita, luego de abatido y medio descalabrado el violento don Juan, dará pruebas de la verdadera seriedad de su carácter casándose con el cincuentenario pretendiente del cual en el fondo está enamorada porque ve en él a un hombre bueno, honrado y no mal parecido.
Y así, por la exquisita gracia con que está tratado este amor, tan difícil por razón de la diferencia de edades, Juanita vuelve a entrar en el idilio en que Valera es maestro y en el cual aquel último episodio de violencia figura como la sal y pimienta que ha de hacer más sabrosa la aventura.
F. Carlesi

