[Jeanne d’Arc]. La «Pucelle» empezó a ser heroína de leyenda ya en vida, y sus gestas fueron celebradas por primera vez en un célebre poema de Cristina de Pizan (v. Juana de Arco).
Y luego de apagada la hoguera que conoció su martirio, la poesía se enseñoreó de su leyenda y poetas y dramaturgos se inspiraron en su vida maravillosa, exaltando o vituperando su figura según las épocas y las tendencias. Entre los primeros, se halla Shakespeare (1564-1616), que en la primera parte de su Enrique VI (v.) recreó aquel personaje siguiendo la contradicción de su fuente principal, la Crónica de Holinshed, la cual nos da primero una versión declaradamente francesa, según la cual Juana de Arco fue una heroína enviada por Dios para liberar a su país, y luego acepta las acusaciones de brujería y de lascivia que se le hicieron durante su proceso.
El Enrique VI acentúa aún más la contradicción: Juana de Arco es en los tres primeros actos una casta heroína llena de amor a su patria (recuérdese la bella creación del tercer acto), pero en el quinto se convierte en una exaltada bruja que, en la última escena, reniega de su padre para acabar confesando que está encinta y atribuyendo ora a uno, ora a otro la paternidad del hijo que lleva en las entrañas.
S. Baldi

