Entre los grandes mitos de la literatura universal, se yergue el perfil voluptuoso y perverso de don Juan, al lado de la melancólica figura de don Quijote (v.) y de la pujante encarnación vital de la Celestina (v.), como una de las máximas creaciones del genio español.
Nacido entre los bastidores de la suntuosa escenografía barroca, irrumpe por primera vez en la literatura universal en la famosa comedia El burlador de Sevilla (v. Don Juan), de fray Tirso de Molina (Gabriel Téllez, 1584?- 1648). Extraído de las propias entrañas de la vida española del siglo XVII, en la que subsiste aún la ardiente vitalidad del Renacimiento, don Juan Tenorio sale a la luz con la figura arrogante de un apuesto joven y con una cínica audacia de andaluz sensual, que le convierten en el arquetipo del libertino y del mujeriego.
Su más perfecto retrato nos lo traza su propio padre, don Diego, al pintarle como un hijo insubordinado, joven, impetuoso y valiente a quien sus contemporáneos llaman el Héctor de Sevilla, por su prestancia y su indomable valor. La pescadora Tisbea, por su parte, al tenerle medio ahogado sobre su regazo, nos confirma su belleza física al describirle como un hermoso muchacho, fuerte, noble y gentil. Es evidente que don Juan posee innatas dotes de seducción, un gesto expresivo y una convincente locuacidad. «¡Cuántas cosas decís cuando no habláis!», le dice Tisbea aludiendo al efecto de sus miradas.
Soberbio y mentiroso, infiel en sus amistades, irrespetuoso y perjuro, es también generoso y derrochador, pues a menudo piensa en el día «infausto y detestable» en que no le quedará un céntimo. Su condición de gentilhombre descendiente de los primeros conquistadores de Sevilla le confiere una soberbia altivez y un fanático concepto del honor, que caen naturalmente dentro de la más austera moral española. Pero su naturaleza impulsiva y su insaciable sensualidad le arrastran al amor carnal con una complacencia sacrílega por el pecado y por el deshonor. Y si en las circunstancias normales de la vida manifiesta su noble condición y se muestra esclavo de su palabra de honor, la más despiadada crueldad le impulsa al perjurio y al engaño cuando su ardiente carne le hace desear a la mujer que halla en su camino.
De esa trágica antinomia entre: el honor y el pecado nace el problema moral de don Juan y la grandeza humana de su carácter, que le convierte en símbolo del poder demoníaco de la carne. Cínico y libertino, sin escrúpulos ni conciencia moral ante sus impuros deseos, el don Juan de Tirso es, ante todo, el burlador, que deshonra a las mujeres y se alaba de ello, situado .por su perfidia en un plano muy distante del moderno don Juan, concebido como el hombre de quien todas se enamoran. No debe creerse sin embargo, en absoluto, que en el Burlador de Sevilla las mujeres no se enamoren de don Juan.
La temeraria audacia que le impulsa a burlarse de ellas y del castigo divino coexiste con una sensual seducción que emana de todo su ser y enciende el deseo. Pero don Juan no fía sus conquistas al solo incentivo de la atracción sensual, sino que, valiéndose de sus inspiraciones de burlador, recurre cínicamente a la seducción y a las falsas promesas que hacen creer a sus víctimas haber despertado en él una impetuosa pasión y no un pasajero deseo. Gracias a ello la pescadora Tisbea, en la aventura de la playa de Tarragona, y la pastora Aminta, en la del camino de Lebrija, se enamoran de don Juan y, a pesar de su temor al pecado y a la tremenda amenaza del castigo divino, sucumben y se abandonan a él. El sentido patético del inicuo engaño de que son víctimas se une, en el drama de Tirso, con una trágica alusión a la injusticia social, en dos famosos versos puestos en labios de Aminta: «La desvergüenza en España se ha hecho caballería».
En contraste con la seducción de las dos villanas, que echa sobre don Juan un infamante baldón de vileza y de maldad, la aventura de Nápoles con la duquesa Isabela, y la de Sevilla con doña Ana de Ulloa, justifican plenamente su orgulloso sobrenombre de Gran Burlador de España. Don Juan, en ambos episodios, recurre a una suplantación de personalidad que le permite gozar traicioneramente el fruto reservado a otros. La más perfecta definición de la personalidad donjuanesca nos la da él mismo cuando, al contestar a la angustiosa pregunta de la duquesa Isabela, que, una vez consumado su deshonor, le pregunta quién es, dice: «¿Quién soy? Un hombre sin nombre».
En efecto, el «Burlador» de Tirso es un desenfrenado gozador que frente a la femineidad encarna la potencia demoníaca del sexo. No en vano, cuando el rey, al oír los gritos de la engañada duquesa, pregunta qué sucede, don Juan contesta con descarada arrogancia: «¿Quién ha de ser? Un hombre y una mujer». Así la insaciable sensualidad de don Juan no establece diferencia ninguna entre una pescadora y una princesa, ya que en la mujer no busca sentimientos ni afectos, delicadeza ni ternura, sino sólo el goce sensual, la vibración erótica que le permite saciar su deseo eternamente redivivo. Su único refinamiento sensual se apoya en el perverso disfrute de la seducción y del deshonor. El «Burlador» se complace en engañar a sus víctimas, movido por un odio atávico contra la mujer, a la que desea arrebatar su más precioso don: el honor.
No hay que olvidar que don Juan es la imagen de la vida real, y que nació en el austero ambiente de la España de los Austrias, donde perduran, por lo menos aparentemente, las rígidas formas de la moral española, minadas en profundidad por un desenfrenado libertinaje. El mito de don Juan, que desde sus orígenes personifica el poder demoníaco de la carne, es, en la mente de Tirso, el símbolo de la corrupción licenciosa de toda una época, ejemplarizada en un castigo tan terrible como su propia fe. Por ello, vislumbrando el andamiaje teológico sobre el que está construido el drama de Tirso, se ha podido afirmar que don Juan no es un problema humano, sino un problema católico.
La persistente evocación de las penas infernales y el recuerdo del destino último que espera a los hombres en la otra vida, en contraste con la desmesurada confianza de don Juan en la misericordia de Dios, son un. eco de la controversia teológica de la predestinación y sobre el libre albedrío que apasionó a los teólogos de la época. En su diabólica complacencia por el pecado, en su insensato reto a la muerte inminente y al castigo divino, don Juan revela una audacia sacrílega que contrasta absurdamente con su exagerada fe en la misericordia divina. La famosa respuesta: «¡Tan largo me lo fiais!» expresa aquella actitud moral que resume simbólicamente la célebre disputa entre la eficacia de la fe y la de las obras, en la que don Juan se muestra decidido partidario de la fe y de la gracia, en detrimento de la acción moral.
Don Juan cree firmemente que un punto de contrición puede borrar toda una vida depravada y que la misericordia de Dios le dejará tiempo para confesarse y arrepentirse. Por ello la maldad satánica de don Juan, que le convierte en el «héroe de la transgresión moral», alcanza su verdadera grandeza cuando se apoya en la base austera de la moral católica que con tan sacrílega audacia infringe. La grandeza de don Juan consiste en no ser un incrédulo, sino un impío, que ha perdido la piedad pero no la fe y que, aun creyendo en Dios y en el Diablo (v.), se deja llevar por el aguijón de la carne y vive de lleno los placeres del momento, dejando para el final la hora de la conversión y de la penitencia. La grandeza del don Juan de Tirso culmina en la muerte implacable, con que le fulmina el castigo divino, lógica conclusión moral de ese drama teológico en que don Juan, burlándose de las mujeres, llega, con sacrílega desvergüenza, a burlarse de Dios.
En este sentido, en dramatismo humano y complejidad moral, el don Juan de Tirso no ha sido superado por ninguna de las numerosas interpretaciones ulteriores de su mito. Al llegar al teatro de Molière, al llegar a su aparición en la «commedia dell’arte» italiana, don Juan sufre una total deformación, que si bien penetra sutilmente en los meandros de su psicología, carece de la grandeza moral de su primer modelo. El protagonista de Don Juan o el Festín de Piedra, de Molière, es una curiosa mezcla de libertinaje y. de maldad, de valor y de hipocresía, a la que su absoluta falta de sentimientos confiere la más refinada crueldad mental.
Desde el punto de vista humano, la perversa crueldad es el signo más característico del don Juan francés, que hereda de su predecesor español una complacencia satánica por el mal y la cimentación de sus máximos goces en el dolor ajeno. Desde el punto de vista moral, don Juan carece por completo de fe religiosa: es un incrédulo y un escéptico, con fría mentalidad de libertino e ideas racionalistas y agnósticas. Por lo demás, el castigo implacable que halla entre los brazos de la estatua no tiene la grandeza de su primer modelo, por cuanto don Juan no siente el menor propósito de arrepentimiento y se condena sin intentar siquiera convertirse.
En España el personaje reaparece en la comedia de don Antonio de Zamora No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, título inspirado en unos versos del Burlador de Sevilla, en los que Tirso resume la intención moral de su obra. Creado sobre el modelo del Burlador, el don Juan de Zamora es un empedernido pendenciero y un soberbio espadachín, que deforma el tipo originario convirtiéndolo en un mujeriego desenfrenado y brutal. En el siglo XVIII reaparece en Italia en el Don Juan o El castigo del disoluto, de Goldoni, cuyo tono popular, de farsa, le emparenta con el espíritu de la «commedia dell’arte» sin conferirle la menor trascendencia en la biografía espiritual del personaje. Mayor importancia tiene el Don Juan, de Mozart, sobre libreto de Lorenzo da Ponte, manifiestamente inspirado en el de Molière.
Pero la innovación decisiva en la biografía literaria de don Juan corresponde a Byron. El Don Juan de Byron posee la original característica de no ser un conquistador enamorado, sino un seductor seducido, el primer arquetipo del don Juan como hombre de quien las mujeres se enamoran. Desde su más tierna juventud suscita la pasión de las mujeres, las cuales siempre toman la iniciativa en sus aventuras amorosas. Es el héroe de la seducción espontánea, en la que su voluntad de conquista no interviene en lo más mínimo. Carece de perfidia y de maldad, no recurre ni al engaño ni a la mentira, ni necesita embaucar a las mujeres para gozar de su amor bajo una falsa apariencia. De él deriva el mito moderno del don Juan como arquetipo del seductor amoroso que lleva en su propia persona el mágico hechizo que vence a las mujeres.
La visión irónica y el escepticismo volteriano que caracterizan el espíritu de Byron en esta obra nada tienen que ver con la trágica grandeza del don Juan de Tirso, al que se despoja de su carácter demoníaco y sacrílego de rebelde ante Dios. En el don Juan de Byron no hay problema del pecado, en sentido teológico, ni problema de la transgresión moral en sentido racionalista. La herencia del siglo XVIII ha transformado la seducción diabólica en galantería cortesana y don Juan no es ya un perverso burlador, sino un aristócrata despreocupado y encantador, que sólo vive para enamorar a las mujeres.
En España, el primer don Juan romántico se debe a José de Espronceda que, en su Estudiante de Salamanca (v.), recrea aquel personaje bajo el nombre de don Félix de Montemar, «segundo don Juan Tenorio, / alma fiera e insolente, / irreligioso y valiente, / altivo y provocador. / Siempre el insulto en los ojos / y en los labios la ironía, / nada teme y sólo fía / en su espada y su valor». Espronceda hace de él una encarnación del satanismo romántico, una especie de genio del mal y de la destrucción, movido por un íntimo impulso de rebeldía. El don Juan de Espronceda desafía a Dios y al Diablo, se burla de las mujeres que corteja y goza humillándolas después de haber saboreado su amor, sin miedo al más allá ni al castigo divino. Ni el temor ni el remordimiento le persiguen jamás, y permanece impasible ante los fantasmas y las apariciones sobrenaturales.
Y, por primera vez después del «Burlador» de Tirso, el personaje recupera su profunda dimensión humana, ya que ese libertino de corrompido corazón, en sus mismos crímenes, en su misma impiedad y en su mismo orgullo, conserva un inconfundible sello de grandeza. Por su parte, el Don Juan Tenorio, de Zorrilla, se transforma, desde el momento de su aparición, en la más popular de las interpretaciones de «El Burlador» que jamás se hayan escrito en España. Precedido por las versiones románticas francesas Don Juan de Manara, de Alexandre Dumas, y las Almas del Purgatorio, de Mérimée, el don Juan de Zorrilla posee todas las cualidades del de Tirso, pero derivadas no ya de la plena comprensión de su tipo, sino de una sublimación de la realidad exterior.
Un sinfín de incongruencias y contradicciones que deforman los rasgos esenciales de la personalidad donjuanesca, caracteriza al Tenorio de Zorrilla. En primer lugar, el amor de don Juan por doña Inés, que es ya un anuncio de la redención del impenitente seductor y de su salvación final. Si se considera la intención moral y ejemplar del drama de Tirso y la circunstancia fundamental del carácter de don Juan, el cual es el hombre que no se enamora, habrá que convenir en que el amor que redime al héroe de Zorrilla es la negación misma de su esencia. En suma, cuando don Juan se enamora, deja de ser don Juan. Ello no excluye que la vida inmortal de ese personaje atraviese países y fronteras y alcance una inmensa popularidad en Europa.
Espadachín romántico en Pushkin; anticlásico, simbólico y fáustico, en Hoffmann; desolado, en Guerra Junqueiro; existencialista, en Unamuno (v. Hermano Juan); paternal viejo, en Azorín; afeminado y petulante, en Pérez de Ayala; cumplido caballero, en los Quintero; poético y sensual, en Dilthey; perseguido por las mujeres, en Bernard Shaw; espiritista, en Lenormand; repulsivo y distante, en Marquina, e irresistible y profundo en Jacinto Grau, su aspecto multiforme y enigmático se propaga con intenso sabor de misterio, por todos los caminos del mundo. La gran potencia de su creador, arrancándole de las entrañas mismas de la vida real, supo atribuirle una forma sin lograr captar hasta lo más profundo de sus raíces, el enigma indescifrable de su alma. Tal vez por ello, como indica Valbuena Prat, don Juan, por lo mismo que deriva de una creación vital, más aún que literaria, es inasequible, pero es también inmortal.
A. Vilanova

