[’Iyyōbh]. Es el personaje más trágico del Antiguo Testamento y el protagonista del libro de su nombre (v.) que figura entre las máximas expresiones de poesía de la literatura hebrea. El ignorado autor del libro halló quizá la figura de Job en la literatura narrativa tradicional; todo lleva a creer, en efecto, que Job vivió en la época de los patriarcas (2.° milenio a. de C.).
Job era un hombre prudente de Idumea, país donde «habita la inteligencia», y que está poblado de «narradores de parábolas» y de «buscadores de sabiduría». Su dramática historia se reduce al hundimiento de toda su fortuna y toda su felicidad por obra de Satanás (v. Diablo) y con permiso del Señor. El tema central de su tempestad interior es el contraste entre su inocencia y la suma de males que, sin limitación y sin clemencia, se abaten sobre- él. Más agudamente que el dolor de su carne lacerada por una repugnante enfermedad, Job sufre la herida de su honor, que no tiene alivio. La salud y el prestigio son bienes que le concedió el Señor y que Job disfrutaba observando fielmente los preceptos de la ley y de la piedad; pero Dios se los arrebató de súbito, sin razón plausible, y Job, mientras en su espíritu, más aún que en su cuerpo, hace estragos la tempestad, quisiera comprender.
Job teme a Dios y a sus juicios, pero osa retar al Señor a un proceso regular; está dispuesto a formular por escrito su protesta, a firmarla con mano segura y a llevarla sobre la frente con legítimo orgullo. Job no es pesimista ni mucho menos: cree firmemente en la santidad, el poder y la justicia de Dios, pero estos atributos le parecen complicar más que resolver el problema de su dramática condición. ¿Cómo se concilia con la sabiduría y con el poder de Dios el hecho de que su siervo, inocente bajo todos los aspectos, sea atormentado como nadie lo fue jamás? En efecto, los sufrimientos de Job consisten fundamentalmente en no na- llar respuesta a esa acongojada pregunta. Job fue y sigue siendo citado tradicionalmente como modelo de paciencia, pero es un hombre terriblemente vivo y sincero, y su falta de hipocresía le expone, en el curso de sus largas conversaciones con sus amigos y en sus diálogos con Dios, al peligro de ensoberbecerse.
Su reacción consiste en lamentos e invectivas; en la Biblia su voz es la voz humana más altiva, más violenta y más desnuda, porque es la voz de un creyente sin sobrentendidos ni debilidades. La aparente contradicción entre la paciencia de Job y su sumisión a la voluntad de Dios, lo mismo en la prosperidad que en la desventura, y su rebelión, se resuelve en su propia psicología de hombre sinceramente creyente en la realidad de un Dios vivo y presente en las vicisitudes humanas. La expresión de protesta y de cólera es característica de la falta de lógica del enfermo que maldice la vida porque la ama hasta la exasperación, y es además una espontánea reacción ante la fría suficiencia y las injustas acusaciones de los amigos que acuden a consolarle.
El trágico dolor de Job ocupa un lugar entre el pudor de Antígona (v.) y la locura de Orestes (v.); como Edipo (v.) y como el rey Lear (v.)„ Job mantiene sus sentimientos y sus palabras en una atmósfera de nobleza. El choque entre lo que ve y lo que cree determina en Job la urgente necesidad de una selección que no sea un frío razonamiento escolástico como el de sus amigos, sino que llegue al fondo de su espíritu exacerbado y trastornado. Job no escatima a sus contradictores la ironía mordaz ni las palabras amargas. A las abstractas teorías y a las postizas experiencias aducidas por aquéllos, Job opone su experiencia viva, la cruda realidad de sus sufrimientos y la solidez de su fe. Sus amigos dicen bellas palabras, pero él blande el arma de los hechos.
La intervención de Dios en la disputa de Job con sus amigos es especialmente significativa porque estos últimos, que pretendían defender al Señor buscando la razón de las penas de Job en sus pecados ocultos o manifiestos, son ásperamente reprendidos, mientras Job, que había sido acusado de rebelión contra Dios por su apasionada búsqueda de una verdadera explicación de sus torturas, es reintegrado a su primitivo estado de riqueza y de felicidad y recobra, doblados, sus bienes y sus rebaños. Job vuelve a hallar su paz en la advertencia de Dios que no le deshumaniza ni le echa en cara su vigorosa y espontánea reacción, sino que le reduce simplemente a sus límites de criatura incapaz de escrutar los abismos a menudo indescifrables de la sabiduría y del poder del Altísimo.
Job pretendió discutir con Dios y exigir a toda costa una explicación: esta presunción suya le impidió^ respetar el misterio de Dios, el cual no sólo no necesita justificar sus designios, sino que agudiza el problema demostrándole que en el universo creado existe una riqueza enorme de energía y de formas- a las cuales Job difícilmente podría asignar una razón visible y una finalidad evidente. Dios acepta el reto de Job y se aviene a combatir con él, pero le asedia con un interrogatorio abrumador; pone ante sus ojos, en pasajes de una potencia descriptiva y poética únicas en todas las literaturas y no únicamente en la bíblica, los esplendores de la creación y sus infinitas y misteriosas bellezas que obedecen a leyes ocultas al hombre y que atestiguan la omnipotencia serena e ineluctable de Dios y de su inaccesible sabiduría.
Y Job se calma ante la visión de un Dios al cual, en la aspereza de sus dolores, había creído remoto e indiferente, y que, por el contrario, se le revela próximo e interesado por todas las criaturas, desde las mayores hasta las más insignificantes, desde las más soberbias hasta las más humildes. La verdad de su limitación de hombre es la que más hondo cala en el espíritu de Job y la más inmediatamente verdadera.
S. Garofalo

