Joaquín

[Yěhōyákīn]. La historia de Joaquín, hijo de Joakim, es la historia de un muchacho, «un vaso de arcilla y un vaso roto», en la ruina de Jerusalén, un muchacho sentado en el trono de David (v.) frente al rígido poder de Nabucodonosor (v.). Tenía 18 años y reinó tres meses, o quizá reinó por él Noesta, su madre.

Aquella corte de mujeres y eunucos fue sorprendida por la fuerza de Babilonia en su pecado, porque Joaquín «obró mal a los ojos del Señor, según todo aquello que ha­bía hecho su padre». En el instante de aso­marse a la vida se asomó, en lugar de ésta, a una ciudad corrompida, corrompido a su vez por una especie de pecado original: a su alrededor los muros eran diques y pri­siones, y más allá se agitaba el mar de Babel con la voz de Jeremías (v.): «Tierra, tierra, tierra, escucha la palabra del Se­ñor… este hombre… en sus días no tendrá prosperidad, porque no habrá nadie de su estirpe que se siente en el solio de David».

Joaquín bajó del trono, pasó por las puertas abiertas hacia el exilio, y los arquitrabes le repetían las profecías: «Te pondré en las manos… de Nabucodonosor, rey de Babilo­nia, y en las manos de los caldeos. Y te enviaré, a ti y a tu madre, que te dio a luz, a un país extranjero, donde no nacis­teis, y allí moriréis». Después de tres meses de reinado, treinta y siete años de pri­sión, y por fin la misericordia de un rey extranjero y su mesa, consuelo y vergüenza a la vez para la perdida estirpe de David.

P. De Benedetti