[Yā’el]. En el Libro de los Jueces (v. Los jueces) la tierra de Canaán está poblada hasta el horizonte de figuras ásperas y gigantescas, de héroes, sacerdotes y mujeres de gesto miguelangelesco y de poético lenguaje.
Entre las mujeres figuran Débora (v.) y Jael. El tipo de la heroína hebrea se halla lejos del de una Juana de Arco (v.) o una Brunilda (v.): siempre es mujer, y a la imagen de su femineidad se une la fuerza de sus miembros y la de su alma. Jael se halla en su tienda, entre sus ropas y sus vasos de leche. La guerra de las tribus de Neftalí y Zabulón contra el rey Jabín, deja en paz su familia, dispersa por los campos bajo el sol estival. De pronto entra un hombre. Es Sisara, jefe del ejército cananeo, que huye de las armas israelitas.
Jael le da hospitalidad, le ofrece leche para calmar su sed y una cama donde descansar, pero en su sueño, Sisara encuentra también la muerte: «Jael… tomó el clavo de la tienda y el martillo, y entrando a escondidas y en silencio, apoyó el clavo sobre las sienes de aquél y dándole un martillazo lo hundió en su cerebro hasta el suelo». El jefe de los israelitas no se hallaba lejos: «Jael le salió al encuentro y le dijo: Ven y verás al hombre a quien buscas».
Con aquel acto Jael surgió del anónimo y pasó a la historia. Tal vez fue una traición. Tal vez en aquel momento, Jael se acordó de que era israelita, como Zabulón y Neftalí y que pertenecía al «partido de Dios». Aquel hombre, Sisara, pertenecía al partido contrario y ella le dio muerte: «Bendita sea entre las mujeres Jael…, bendita sea en su tienda… / Al que pedía agua le dio leche, / y en la copa de los príncipes le ofreció manteca. / Con la izquierda tomó el clavo / y con la diestra el martillo de artesano, / y golpeó a Sisara, buscando en su cabeza el punto donde herirle, / y hundiéndole con fuerza la sien. / Y Sisara cayó a sus pies, / se desvaneció y murió. / Se retorcía ante sus pies / y yacía exánime y miserable. / Mirando por la ventana su madre gritaba, / y desde la ventana decía: / “¿Por qué tarda tanto en volver su carro?” / El ‘Dios de los querubines’, que fulminaba a quien se atrevía a llamarle por su nombre, no podía dejar de castigar a un enemigo y le dio muerte por mano de una mujer».
P. De Benedetti

