Jagusia

Personaje central de la novela Los campesinos (v.), epopeya de la tierra, incorporada a la literatura polaca por Wladyswlav Stanislaw Reymont (1869-1925).

Su protagonista es la aldea de Lipce: sus ha­bitantes, encorvados sobre la tierra, le arrancan fatigosamente sus frutos, mien­tras su vida sigue el curso de las estacio­nes, cada una de las cuales trae consigo sus trabajos, sus congojas y sus dones. Como verdaderos y auténticos campesinos, poseen las cualidades y los defectos de su raza: los ricos son avaros y los pobres ávi­dos, y unos y otros duros y resistentes a la fatiga. Sólo Jagusia difiere de los demás: bellísima, soñadora, capaz de apasionarse o de inspirar una pasión tumultuosa.

Más de uno ha gozado de sus favores como re­sultado de algún capricho; pero el hombre que arde por ella y por ella es correspon­dido es Antek, el hijo del más rico pro­pietario de Lipce, el viudo Boryna. Sin embargo, Jagusia se deja convencer por su madre y se casa con el propio Boryna, entrando así como madrastra en casa de Antek. La pasión de ambos jóvenes, lejos de apagarse, se acrecienta dentro del halo de pecado que la rodea. En sus encuentros, Jagusia y Antek sólo se dicen unas pocas palabras, pero su silencio es ardiente como un mediodía de verano.

Jagusia carece del freno que la ley moral impone a la vida gris de las demás mujeres de la aldea; aun­que buena y compasiva para con los des­dichados, está inconscientemente subyuga­da por las fuerzas ciegas de la Naturaleza como verdadera imagen de la tierra que se entrega a quien le pide sus frutos. Para detenerla no valen ni la ira de su marido, que pega fuego al henil donde se hallan reunidos Jagusia y Antek, ni el dolor de la esposa de éste, ni el desprecio y el odio de la aldea entera. Y cuando Boryna, gra­vemente herido en una riña, es defendido por Antek y éste es llevado preso, Jagusia abandona la casa de su marido inválido para entregarse sin amor al alcalde de la aldea.

El amor, el único verdadero amor de su vida, habrá de ser su perdición. Un seminarista llega a Lipce para pasar sus vacaciones estivales y de pronto florece un delicado idilio entre aquella mujer tan experta y el muchacho, inconsciente presa de un hechizo. El escándalo que esta vez se produce es más grave que un sacrilegio: una turba de mujeres que profieren agudos gritos y a cuya cabeza están la madre del seminarista y la esposa del alcalde, golpea a Jagusia hasta hacerle sangre, sin dejar de insultarla con los más atroces denues­tos, y luego la expulsa del pueblo atada a un carro de estiércol.

Nadie la defiende: Boryna ha muerto; Antek, liberado de la cárcel y finalmente en posesión de la anhe­lada riqueza de su padre, se desentiende de ella despectivamente; todos la han aban­donado… Sólo un anciano mendigo errante a quien ella socorría sale a su encuentro y le lleva desde una alejada región un agua milagrosa para curar el dolor y el espanto que la tienen casi enloquecida. Y mientras Jagusia desaparece, van entrando en la aldea los carros colmados de espigas de oro. El arte con que Reymont dibujó esta figura la hizo inolvidable como mujer y como símbolo; cuando ella aparece se diría que la monótona vida de la aldea se transforma a la luz que ella irradia por dondequiera que pase, incluso en medio de su dolorosa suerte.

M. B. Begey