[Jacques le fataliste]. Héroe de la novela homónima (v.) de Diderot (1713-1784). Nada hay de trascendental o metafísico en el fatalismo de Jacques: «creemos orientar el destino, pero, en realidad, es él siempre quien nos guía; y el destino, para Jacques, era todo cuanto con él se relacionaba o le era vecino: su caballo, su dueño, un hermano, un perro, una mujer, un mulo, una corneja».
La suerte de la vida reside en ésta misma, que avanza, obvia y absurda, fantástica y vulgar, en lo imprevisto de todas sus horas, y siempre justa si se contempla en el destino que le es, por lo tanto, inmanente. Un hado libre y aventurero, cerrado para los estrechos límites de los pasos humanos, y consecuente sólo «a posteriori», en cuya justificación Jacques, el racionalista práctico, conforta el continuado infortunio de su propia existencia: todo cuanto ocurre debe ocurrir. ¿Adónde va el fatalista? «Est-ce qu’op sait où l’on va?» Jacques nada sabe «primero», ni quiere saberlo.
Parte de allí adonde ha llegado Cándido (v.) («primum, vivere»), y sigue tras la vieja norma de prudencia de Rabelais, gallarda y pura como el buen vino, que, hasta Molière y Beaumarchais, significó el alimento más sanguíneo y la verdadera salvación de la Francia literaria. Con algo de Sancho (v.) y de Fígaro (v.), de Arlequín (v.) y de Sganarelle (v.), el criado Jacques es el hombre del pueblo de mirada clara y sentimientos vivos mediante cuya figura el siglo XVIII rompió más de una lanza en favor de las ideas revolucionarias; es el bonachón panteísta que juzga «falta de sentido la distinción entre un mundo físico y un mundo moral», y tiene del universo una visión simplista en la que es posible percibir los motivos que posteriormente, y hasta nuestros días, constituirán su esencia unitaria, matizada por las infinitas reacciones humanas.
Con anterioridad al Romanticismo (v.) y sus violencias, así como a cualquier móvil conscientemente psicológico, Jacques contempla la vida cual «una gran cinta que se desenvuelve poco a poco», con un ritmo natural y tranquilo al que no sale a cuenta oponerse; su perspicaz lucidez no es, sin embargo, simplicidad, sino que en ella encuentran en cierto modo respuesta las mil preguntas que animan la figura del fatalista, siempre sumida en contradicciones, y que son cual meros matices o dudas ligerísimas y profundas al mismo tiempo, ahuyentadas por el propio Jacques de un soplo con un aforismo o paradoja, que luego confirma con una risotada, quizá para que en su voz no pueda percibirse la amargura; sin embargo, aquélla le traiciona, por cuanto revela el profundo sentido de una experiencia realizada (la historia de Jacques es la última escrita por Diderot, ya viejo) para enriquecer con dudas e íntimos contrastes, en un coloquio continuado consigo mismo, la vida entera de un hombre y, con ella, la de un siglo que pretendió creer en la razón pura.
G. Veronesi

