[Goffredo]. El libertador del Santo Sepulcro es, entre los personajes de la Jerusalén libertada (v.) de Torquato Tasso (1544-1595), el que menos difiere de su prototipo histórico: Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, jefe del ejército cristiano que en julio del 1099 conquistó Jerusalén y primer rey de la ciudad santa (1058-1100).
Por designio de Dios, que envía a Goffredo el Arcángel Gabriel, aquél es aclamado jefe de los cruzados después de seis años de ‘guerra en Oriente; rechaza la invitación del rey de Egipto a abandonar la empresa, e inicia el cerco de la ciudad. Pero surgen obstáculos imprevistos: varios caballeros se ausentan para seguir a Armida (v.); Rinaldo (v.), después de dar muerte en duelo a un rival, se aleja para eludir ser juzgado; el ejército de Sveno, que Goffredo aguardaba, es destruido por Solimán (v.), y finalmente una parte de los cruzados, incitados por Argillano, se rebelan contra el jefe supremo de la expedición.
Con su solo aspecto, Goffredo logra someter a los revoltosos y cuando por la noche Solimán ataca a los cristianos, él le sale al paso e inflige a los árabes y a las fuerzas asediadas una sangrienta derrota. Luego de liberados los prisioneros de Armida, Goffredo intenta el asalto a la ciudad y en esa nueva batalla es herido, si bien su ángel custodio le cura milagrosamente. Luego, Argante (v.) y Clorinda (v.) incendian las máquinas de guerra cristianas, y como es imposible construir otras a causa de los hechizos de la selva, Goffredo se halla ante nuevas dificultades, agudizadas por una terrible sequía que pone al ejército en angustiosa situación.
Las plegarias del héroe obtienen del cielo la lluvia salvadora e, inspirado por una visión, Goffredo se decide después a llamar a Rinaldo y a perdonarle. Vencidos los encantos de la selva, la ciudad puede finalmente ser victoriosamente asaltada: el primero que planta sobre la muralla el estandarte de la Cruz es Goffredo, que durante el curso de la batalla ha podido ver por un instante cómo las milicias angélicas y las almas de sus compañeros caídos combatían al lado de los cruzados. Pero la lucha no ha terminado: hay que hacer frente en campo abierto al gran ejército egipcio, que ha llegado tarde en socorro de los defensores de Jerusalén.
Goffredo lo destruye, da muerte con su propia mano al jefe de los egipcios, Emireno, y, sin deponer su manto de guerrero, se apresura hacia el Sepulcro. «E qui l’arme sospende, e qui devoto / il gran Sepolcro adora e scioglie il voto» («Y allí depone sus armas y, devoto, / adora el gran Sepulcro y cumple con su voto»). Así, en las últimas estancias del poema su figura campea, como ya en los inicios, cuando él solo es presentado por el poeta como un nuevo Eneas (v.). Sin embargo, ya antes de la publicación de la obra se discutió si Goffredo era realmente su protagonista (y Tasso salió al paso de tales críticas afirmando que Goffredo es la cabeza o la mente de la aventura, mientras Rinaldo es su brazo ejecutor), y en tiempos más recientes se ha dicho que su carácter es demasiado frígido y poco significativo en comparación con los demás personajes del poema, mucho más vivos que él en el ánimo de los lectores.
No puede negarse que Goffredo es^ una criatura viviente, nacida de la aspiración del poeta hacia un ideal de perfección: guerrero-sacerdote, siempre imbuido de su misión, desde el principio le vemos separado de sus compañeros y súbditos, que siguen debatiéndose con las dificultades terrenales, atraídos por los halagos de la sensualidad o de la ambición; y por esa misma soledad, como por la tensión de su voluntad hacia un fin tan arduo y tan severo, su figura queda velada por una sombra de la misma melancolía que caracteriza al poeta. Sin Goffredo, el poema no tendría consistencia — y no nos referimos únicamente a su arquitectura material—, ya que él es en cierto modo la figura que sirve de indispensable contraste a la humanidad más débil, representada por los demás personajes.
Pero por ello mismo, las figuras de éstos son tanto más complejas y poéticamente más interesantes que la suya; y no es por azar que Goffredo domina en los dos primeros cantos, en el inspirado discurso a los cruzados y en la respuesta magnánima a los embajadores del rey de Egipto, para reaparecer con toda su grandeza en el último, donde el espíritu épico raya a mayor altura. En los demás cantos, en los que al ardor de la sagrada conquista vienen a contraponerse tantas pasiones humanas, el carácter de Goffredo tiende a encerrarse en un convencional decoro y, sobre la originaria intuición poética, asoman los propósitos literarios y edificantes del autor, que habrán de prevalecer en la Jerusalén conquistada (v.): Goffredo aparece así a nuestros ojos como un Eneas o un Agamenón (v.) cristianos, a la vez que como el dechado del príncipe absoluto de la contrarreforma, que exige de los nobles el respeto a la ley y escucha dócilmente los consejos de la autoridad eclesiástica, personificada en el poema por Pedro el Ermitaño.
M. Fubini

