Protagonista de la comedia de este nombre (v.), de Henri Meilhac (1831-1897) y Ludovic Halévy (1834-1908). Nacida para la felicidad propia y ajena, es una mujer frívola y graciosa, pero no viciosa y deshonesta; sólo en los salones o en el Bois-de-Boulogne aparece como figurilla delicada y elegante, voluble y vaporosa, pero sin la aureola de un adulterio.
Su nota personal, su evocación, su perfume y su rumor son un gran susurro de enaguas; así la harán salir Meilhac y Halévy de su casa de muñecas: «un grand froufrou de jupes». Esta vaporosidad de seda, de espuma y de primavera son ella, son su carácter y, asimismo, el París de su época: ¿Cómo imaginarse París sin Frou-Frou? ¿Quién, empero, la ha hecho cuál es? Primeramente, la naturaleza, en efecto; pero, sobre todo, la adoración de los demás: la de su padre, el buen burgués rico de todas las comedias francesas contemporáneas, la de su hermana Luisa, y, luego, la de su esposo, que nunca dejará de considerarla una niña o una muñeca como la Nora (v.) que nacerá más tarde bajo el pálido cielo de Noruega y abandonará su casa dando un portazo. Así, pues, Frou-Frou es una víctima de la incomprensión ajena.
Al sentir nacer en ella un amor por el marqués de Valréas, ha hecho cuanto le ha sido posible para combatirlo; ha procurado ocuparse nuevamente de la marcha del hogar y del cuidado de su hijo, y ha querido ser, finalmente — y ya iba en camino de ello —, una mujer formal, dado que hacía falta oponer algo igualmente trascendental a un sentimiento profundo experimentado por vez primera. Sin embargo, no lo ha logrado. ¿Por qué ocuparse de la casa, si ya está la hermana, dulcemente autoritaria? Y ¿a qué los cuidados de la maternidad, si de ello se encarga ya la institutriz? De ahí la tragedia, la rebelión, el adulterio, y, luego que su esposo ha matado al amante en un duelo, su muerte. Frou-Frou muere de amor, de consunción y de indefinidas dolencias, casi como, veinte años antes, muriera Margarita Gautier (v.), de cuyo personaje rememora también el suspiro romántico en su último saludo a la vida.
Y ella, por su parte, anuncia, al morir, a otras heroínas que irán apareciendo en los escenarios de fines del siglo XIX, rebeldes, voluptuosas, enamoradas, tristes, suicidas, ambiguas, incomprendidas, pérfidas, voluntariosas o dulcemente resignadas.
G. Falco

