Personaje central de la novela de Charles Dickens (1812- 1870) así titulada (v.). Se ha dicho que la figura de David no destaca con bastante nitidez del relato que él mismo narra en primera persona y que no es más que una lente a cuyo través vemos a los restantes personajes.
Esto, no obstante, es una característica común al género autobiográfico, en el que es el lector quien, mediante las experiencias y sentimientos descritos, reconstruye indirectamente la figura central. David, contrariamente a una opinión que llegó a estar en boga, no puede identificarse sin más con el Dickens joven; a pesar de ello, la narración de sus aventuras nos aclara más que cualquier biografía documental las vicisitudes y experiencias que formaron el carácter, orientaron las simpatías y educaron el espíritu de observación del futuro novelista.
Aunque en el transcurso de la novela el retrato de David permanezca «en movimiento» y nunca acabe de precisarse, al final, no obstante, el lector se da cuenta de haber convivido con un hombre mucho más real y cercano que otros personajes tratados a fondo; David, en efecto, representa, por encima de todo, a «cada cual», por cuyo motivo expresa sentimientos comunes a cualquier hombre. O, mejor, hablando con mayor precisión, es el «cada cual» juvenil, ante cuyos ojos la realidad cotidiana adquiere un colorido romántico.
Es, también, el «cada cual» infantil, por cuanto pocas descripciones del mundo tal como lo ve y siente un niño igualan la de los primeros años de David. Comparando al protagonista de David Copperfield con el de Historia de Tom Jones Expósito (v.; Dickens inspiróse en Fielding) nos daremos perfecta cuenta de la distinta posición de ambos novelistas con respecto a sus héroes. Fielding fundamenta su moral en la «bondad natural del corazón» que, según él, redime toda culpa; la instintiva bondad de Tom (v.) da continuamente buen testimonio de sí misma en efusiones de retórica sentimental.
No obstante, por debajo de las apariencias, Tom Jones es todo lo contrario de un santo, y antes de unirse a Sofía pasa por muchas aventuras poco edificantes propias de su época. Entre David e Inés Wickfield (v.), en cambio, reencarnaciones victorianas de Tom y Sofía, sólo Dora Spenlow (v.) se interpone, una casquivana de quien se enamora David al principio «por el primer impulso erróneo de su corazón indisciplinado».
El corazón, por lo tanto, debe ser obediente y desconfiar de los primeros ímpetus espontáneos, que pueden ser equivocados: inversión del principio de Tom Jones de acuerdo con la moral victoriana. Bondad y tranquila felicidad son, pues, los ideales, cuya guía, cual nueva Beatriz (v.), es Inés Wickfield.
M. Praz

