[Dāwidh]. Segundo rey de Israel, hijo de Jesé o Isaí, nació en Belén hacia el año 1000 a. de C. Fue el político más destacado de la antigua historia de Israel. En una guerra contra los filisteos «atrajo la atención de Saúl (v.) y se opuso a los enemigos victoriosos».
Era valiente, audaz, muy ágil y, como todos los miembros de la tribu de Benjamín (v.), a la que Saúl también pertenecía, excelente hondero. «Pero lo más extraordinario en él eran sus cualidades cívicas y sociales. De vez en cuando este Oriente semítico, habitualmente rudo y austero, daba a luz prodigios de gracia, elegancia e ingenio. David fue precisamente uno de ellos.
Abocado alguna vez por las circunstancias a los más grandes delitos, era también capaz de los sentimientos más delicados. Sabía hacerse agradable al pueblo y su figura era admirada y respetada por los demás componentes de su tribu. Su tez era rosada, su palabra era dulce y fácil y los libros sagrados nos lo presentan como hábil citarista y poeta» (Renán, Historia del pueblo de Israel, v.). La Biblia (v.) dice que David (Reyes, I, XVI, 12) «era rubio, de bello mirar y hermoso aspecto».
De carácter pródigo en contraste con una audacia caballeresca y una habilidad a menudo lindante con la astucia, alternativamente cruel por razones de Estado y tierno hasta la debilidad para con sus hijos, poeta y músico, y dotado de una persuasiva elocuencia, ejercía una verdadera fascinación sobre cuantos le rodeaban. Amante del poder, lo utilizó sobre todo para engrandecer a su pueblo: él fue quien convirtió a Israel en un Estado, y, además, poderoso. Posteriormente adquirió fama de santo y se le consideró autor de la mayor parte de los salmos (v. Salmos).
Su figura, según aparece en los documentos antiguos, es algo más compleja y relevante desde el punto de vista histórico. Su piedad era viva y sincera, aun cuando no sobrepasaba el nivel cultural de su tiempo (cfr. Lods: Israel, 1949). Hallamos en él un profundo temor de los castigos divinos, aunque a veces lo olvidaba, llevado por su gran confianza en el poder y habilidad propios. En el Saúl (v.) de Alfieri encontramos a David cuando no era aún más que un guerrero, sujeto a las envidias y persecuciones de Saúl (v.), ya anciano y con el alma oscurecida por las turbias pasiones que habían de conducirle a un final desesperado y catastrófico.
La espléndida figura del joven- cito vencedor del gigante Goliat (v.) persiste aún en la tragedia de Alfieri. El gran amigo de David, Jonatás (v.), hijo de Saúl, le llama ya: «… el escogido de Dio^». Y el mismo David habla como honrado e inspirado guerrero: «Vengo a morir; pero con las armas, luchando, por la patria, como valiente; y por ese mismo ingrato Saúl, que mi muerte ahora proclama».
Pero el sucesor del tirano no se detendrá: una vez en el trono de Israel, en medio de su heroísmo y su alegre virtud, será víctima y autor de numerosos delitos y culpas, víctima de amores criminales más poderosos que su voluntad y despiadado y culpable en sus ambiciones. El español marqués de Santi- llana nos lo muestra vencido por el dios Amor en su Triumphete de Amor, inspirado en los Triunfos (v.) de Petrarca.
En el libro de las Crónicas (v. Paralipómenos) resplandece como poeta y santo, quizá demasiado alejado de la tierra, por cuanto el autor no habla de su vida aventurera ni de sus culpas, que son, precisamente, lo que nos hace a David más cercano que cualquier otro santo de la vieja alianza.
D. Turoldo

