Protagonista del relato La virtud de Checchina (v.), es una de las mujeres menos fatales salidas de la fértil pluma de Matilde Serao (1856-1927); por el contrario, el hecho de que carezca de las exaltadas pasiones y arrebatos mundanos y napolitanos de aquéllas la hace una de las más humanas.
Checchina es la joven, bella y honrada esposa del cirujano don Toto Primicerio, hombre mezquino y tacaño. Su casa es fría, inhóspita y desagradable, y la criada debe sostener todas las mañanas encarnizadas luchas con su dueño para obtener las dos liras cincuenta necesarias para los gastos del día.
Checchina da indolentemente brillo a los muebles con petróleo, ayuda a limpiar las verduras, comprueba las cuentas de la planchadora y reza el rosario con la sirvienta. En nada se parece a su amiga Isolina que, frívola y elegante, pasa de un amante a otro hasta el punto de confundir sus nombres, y viene de vez en cuando a perturbar con su perfume y con el frufrú de sus faldas de seda la atmósfera estancada y resignada de la casa de los Primicerio.
A pesar de todo, cuando Toto invita a comer a un cliente importante, nada menos que el marqués Ugo d’Aragona, elegante y favorito de las más bellas damas de la aristocracia romana, por primera vez ante los dulces ojos negros de Checchina se descorre un piadoso velo. El marqués, aprovechándose de que Toto se retira después de la comida, incapaz de resistir a la necesidad de su siesta habitual, aturde a Checchina con sus cumplidos, le declara su amor y logra turbarla y suscitar en ella una irresistible tentación de evadirse y hacer como las demás.
Pero cuando se dispone a acudir a la cita amorosa, cede de pronto ante los obstáculos; en el último momento no aparece la sombrilla buscada, la sirvienta quiere acompañarla a toda costa arguyendo que una señora de su clase no debe salir sola, llega la lavandera con sus historias de cuentas por pagar y listas por comprobar y finalmente comparece el propio Toto, de mal humor, y la hora de la cita ha pasado ya.
Pero el marqués vuelve al ataque y Checchina, decidida esta vez a dar el gran paso, se propone situarse a sí misma ante el hecho consumado y por ello confiesa a Isolina que es ya la amante del marqués Ugo d’Aragona. Pero una vez más, ante el umbral del paraíso terrestre, se retira avergonzada y, no hallando el necesario valor para sostener con desenvoltura la mirada del portero que guarda la casa del marqués, renuncia y regresa a su hogar.
Checchina, que viene a ser como una Emma Bovary (v.) de la pequeña burguesía italiana del siglo pasado, sin audacia ni pecado, agobiada por los prejuicios pero más aún por las miserias materiales que se acumulan en. su vida día tras día, se salva por razones puramente exteriores sin las cuales hubiera podido darse la mano con todas las Isolinas de este mundo.
A. Drago

