Ningún personaje ha sido tan evitado como Caín por todas las literaturas, cual si la terrible universalidad del primer homicida hubiera dejado siempre perplejos a escritores y poetas, incapaces de añadir nuevos valores y consideraciones a su antigua realidad bíblica.
El «Misterio» medieval y los dramas escolásticos de los siglos XVI y XVII le dejan en la vaguedad de su crimen; en El paraíso perdido (v.) de Milton no es apenas nada más que una sombra de desgracia que Adán vislumbra en el futuro inmediato. En el siglo XVIII empieza a nacer como personaje: La muerte de Abel (v. Abel) de Gessner nos lo presenta en su enojo de hombre aborrecido por el destino y por la divinidad que no agradece sus sacrificios : más bien víctima de un complejo de inferioridad que animado por el espíritu de rebelión.
Klopstock, en La muerte de Adán (v. Adán), ve en él, sobre todo, al desesperado ante la magnitud de su delito y al reo que no implora otra cosa que el perdón. Para ver a Caín convertido en verdadero personaje hay que llegar a las actitudes más polémicas y audaces del Romanticismo. Sus dos representaciones más famosas de esta época las hallamos, en realidad, en una poesía de Víctor Hugo (1802- 1885) y en el drama de su mismo nombre (v.) de George Gordon Byron (1788-1824).
En este último, Caín personifica la rebelión como medio empleado por el hombre para manifestar su íntimo desacuerdo con la armonía del todo; incapaz de sobreponerse a él, formula una idea de injusticia universal, cual si el orden mismo de la naturaleza hubiera sido establecido en perjuicio del hombre y erigido despiadadamente contra sus deseos e impulsos.
Esta posición obliga al siglo entero a una revisión de todos los tipos de condenado y de proscrito presentados por las tradiciones históricas o legendarias de cualquier civilización y a una extrema justificación de los mismos: esto es precisamente lo que ocurrirá con Judas (v.), don Juan (v.) y tantas otras figuras menores realmente glorificadas o, cuando menos, justificadas por una comprensión más íntima y emotiva que ve fatalidad donde antes veía culpa, y exasperada sublevación de deseos sofocados donde no parecía haber más que insuficiencia y debilidad.
No debe maravillarnos que el más audaz de los románticos quiera ver en Caín al verdadero primer hombre (y así será también considerado por muchos otros hasta casi nuestros días), o sea, el primero contra quien se manifiesta una injusticia cósmica ante la cual sabe afirmar su personalidad. Pero este nuevo Caín no redime ni justifica a su modelo primitivo, y ello, sencillamente, porque, en realidad, no deriva de él; el personaje bíblico es una de aquellas figuras que no pueden tener evolución ni historia por cuanto su poderosa simplicidad está fuera del tiempo; ni admite una introspección psicológica porque su verdad reside en el mismo absurdo que le dirige; sus fundamentos no se hallan en el principio de causa y efecto sino en la malignidad secreta que hay en la vida.
El Caín de Byron deriva más bien, idealmente, del Ayax (v.) y el Capaneo de la tradición griega, a cuya rebelión añade el patético sentimiento de su soledad, y la conciencia de ser diferente de los demás y de no poder hacer nada para acercar su naturaleza a la de éstos. Al asumir expresión y dolor humanos, desaparece el aspecto brutal del homicida: aun a pesar suyo, el Caín de Byron es el verdadero descendiente de Adán, la criatura que piensa, peca y expía.
Y su aparente oposición al orden cósmico queda anulada por el restablecimiento de una secreta armonía: el desbordamiento de una individualidad agitada, oprimida por las exigencias de un profundo amor propio, recobra su humildad, tras el delito, no tanto en el destierro que Caín se impone como en el necesario apoyo que le presta la figura de su mujer Ada, en la que halla la verdadera fuerza para continuar existiendo. Después de su violento desahogo, sólo queda en él la pobre figura del hombre necesitado de afecto, que es la nota que lo caracteriza y ennoblece en las últimas escenas.
El Caín de Víctor Hugo, en cambio, sigue desesperado hasta el fin y se halla, aparentemente, más próximo al Caín bíblico, del cual pretende ser una alucinante evocación. El homicida está considerado aquí sólo en su remordimiento, aunque no en el de un espíritu consciente sino en el conjunto de terrores mágicos propio del infrahombre primitivo, obsesionante pesadilla que, como un trueno repentino o la furia de los elementos, mantiene en constante sobresalto a una mentalidad rudimentaria.
Y juntamente con Caín, sus hermanos participan asimismo de este profundo temor y procuran ayudarle; la ira divina se manifiesta sobre todos y parece amenazar en ellos a la humanidad futura. Desde el primer momento, este Caín nos parece más real, gracias a la poderosa fuerza evocadora de una época más inclinada a las formas de tiempos pasados que a las suyas propias; pero, no obstante, se nota en él una alteración de valores que deforma su significación originaria.
En realidad, vive en el remordimiento y solamente de éste; su crimen se considera como ya conocido y, en cierto modo, como olvidado : sólo queda un terror que gravita sobre el pequeño núcleo de aquella humanidad primitiva e indefensa y la desconcierta con su poder sobrenatural. Así, reaparece la idea de una injusticia cósmica que oprime a la criatura humana y actúa despiadadamente sobre sus débiles fuerzas; en el pecador aterrorizado se esboza la imagen de una humanidad flagelada, expuesta a pruebas demasiado arduas e implacablemente castigada por las consiguientes derrotas.
Esta misma figura es la que, en la última escena del Caín de Byron, se impone a cualquier otra en el espectáculo del homicida que marcha hacia su soledad apoyado únicamente en el afecto de una mujer sin tacha cuya inocente solidaridad justifica al condenado. De este modo, Caín, convertido en personaje con el fin de mantener temerariamente su antigua culpa y hacer de ella un símbolo de virilidad espiritual, sólo consigue, en el fondo, hacer oír un grito de angustia y un clamor de piedad.
Por lo demás, sólo así podía revivir; el personaje bíblico, definitivamente precisado, debía y debe permanecer acabado en sí mismo, fijo para siempre en el significado inmutable de su condenación; cualquier otra evocación suya no podía continuar su drama y desarrollarlo, sino únicamente ser como un eco suyo, un arrojado acercamiento del hombre a su capacidad de delito, para luego alejarse y buscar en la contemplación de su insuficiente naturaleza la confianza en el perdón.
U. Déttore

