Caín

[Qayin]. Primogénito de Adán (v.), hermano y rival de Abel (v.). Esta riva­lidad fraterna, motivada por la predilección divina hacia los sacrificios ofrecidos por Abel en perjuicio de los que ofreciera Caín con avaricia y desgana, es el signi­ficado trágico fundamental de este perso­naje bíblico, quizás el más consistente de toda la Historia Sagrada. Caín resume en sí todas las cualidades inhumanas del indi­viduo: la envidia mezquina, la ira ciega, el engaño y la traición, la violencia san­guinaria, la desvergüenza insensata, el te­rror loco.

«Iba con la cabeza gacha» por «su gran irritación» ocasionada por el de­saire sufrido ante su hermano a causa de las ofrendas ofrecidas a Dios; «el pecado acecha a su puerta» y no procura dominar­lo; atrae a su hermano hacia la emboscada y responde a Dios, que le pregunta por Abel: «¿Soy yo, acaso, guardián de mi hermano?»; aterrado por el castigo que se le inflige, no sabe decir más que: «Grande es mi delito e insoportable», y teme por su vida expuesta a la ley del talión. Se en­cierra en su vacía y amarga soledad y se «aleja del Señor» en busca de otra tierra, llevando consigo la misteriosa «señal» de Dios que servirá para librarle de la ven­ganza.

Su descendencia es perversa y per­vertidora, y, acaso no sin razón, la Biblia (v.) dice que Caín es el fundador de la primera «ciudad» (v. Génesis, IV, 1-17). La noche de los tiempos se oscurece aún más en el relato sagrado con la negra som­bra de Caín, perseguidor y perseguido, agi­tado por inextinguibles terrores, abrumado por el peso de la sangre inocente que «cla­ma» contra él. En el siglo II, algunos he­rejes intentaron una tergiversación de los datos bíblicos y convirtieron a Caín en el primer creyente auténtico deseoso de libe­rar a la humanidad de la tiranía del demiurgo judío; y Byron, por su lado (v. más abajo), hizo de él una víctima de la pre­destinación al pecado, una figura tenebrosa y desesperada que busca en Lucifer la paz para su inquietud sin reposo.

S. Garofalo