Juan Gabriel Borkman, protagonista del drama de su mismo nombre (v.), de Henrik Ibsen (1828-1906), capitán de industria, soñador de grandes empresas en beneficio de los hombres y cuyos negocios terminan en quiebra fraudulenta, es en realidad un superviviente.
Y lo es no sólo por haber sufrido una dura condena y vivido luego largo tiempo en voluntaria reclusión, separado de su mujer y desinteresándose de su hijo, sino más bien por no haber sido la suya una obra de vida. No obstante, la condena de los hombres por haberse apropiado del dinero recibido en depósito de los clientes no será la condenación de su sueño. A pesar del juicio de los hombres, sabe que no se ha equivocado: de haber tenido tiempo, hubiera podido devolver el dinero a todos, y el éxito hubiese coronado su sueño de gran empresario.
Pero un amigo le traicionó precisamente en el momento crítico de su obra, y de ello se siguió el escándalo, el proceso, la cárcel… Borkman no se considera culpable de nada de ello. ¿Cuál ha sido, pues, su pecado? Su falta imperdonable es la de haber sacrificado el amor de una mujer, Ella; la de haber dejado estéril un corazón, porque sólo este sacrificio le permitía el acceso al primer peldaño de la escalera que había de llevarle hasta la cumbre.
Se casó con la hermana de Ella, y tuvo un hijo, pero no conoció el verdadero amor; y precisamente aquel por quien sacrificara el amor de Ella traicionó su amistad. Quisiera empezar de nuevo a vivir, quisiera emprender de nuevo la ascensión, plegarse enteramente «a la mano de hierro» de la realidad, pero esta mano es para él, además, de hielo, y en vano trata de contemplar «el país de la vida soñada».
Esa «vida soñada» y esperada, sólo hubiera podido encontrarla junto a Ella. Y Borkman muere, después de haberse sobrevivido a sí mismo, mientras Ella y su mujer, a las que él sacrificó amputándoles sus raíces vitales, juntan sus manos en una inútil reconciliación.
A. Boneschi

