Es el oso inmortalizado por Heinrich Heine (1799-1856), en el poema satírico que lleva su nombre (v.). El poeta pasa unas semanas en una región de los Pirineos. La inmensidad del horizonte, la contemplación de aquellas majestuosas montañas y el contacto con la naturaleza salvaje y con la vida sencilla y sana, ruda y feliz de la gente del lugar, parecen ensanchar su pecho y resucitar sus sueños y fantasías.
Y en aquel mundo feliz, un día se mezcla de buen grado con los campesinos, en la plaza de una aldea, para observar un oso que danza «muy tieso y muy serio, con grandeza». El ridículo que emana de toda la figura del animal y de sus movimientos, es inmenso e inolvidable.
Asociaciones visuales y emotivas, de ideas y de imágenes, hacen ver fácilmente al poeta, bajo aquella figura y aquellos movimientos, reflejos de figuras y aspectos de la vida humana. La visión se convierte en imagen, el objeto concreto en abstracción, la realidad en poesía y el oso en Atta Troll. Éste nace de una doble reacción de Heine contra ciertos poetas que, considerando la poesía en función de la política, le infunden «aquel incierto e infecundo ‘pathos’ y aquel inútil humo de entusiasmo que acaba cayendo con mortal abyección en un océano de vulgaridad», y al mismo tiempo contra las «ideas liberales», o sea, no ya contra el liberalismo, sino contra «la forma grosera, pesada y necia con que el liberalismo es concebido por los contemporáneos».
Atta Troll personifica, pues, a los liberales y a los poetas «de tesis». No sabe cantar, como pretenden hacer algunos poetas, pero conoce otro arte no menos noble: el de la danza, que para un oso equivale a lo que para un hombre es el arte de la poesía. El oso, sin gracia ni habilidad alguna, baila mal, pero baila como el mejor intencionado de los osos. Carece de talento, pero manifiesta carácter, exactamente igual que los poetas «tendenciosos».
Respeta la moral y es decente, como los poetas de la escuela de Suabia y, como todos los poetas de la época, es también un ferviente patriota. Lucha no sólo por la emancipación de todos los osos, sino también por la victoria de todos los cuadrúpedos, y aun de todos los animales. Pero al mismo tiempo es un liberal convencido y sueña con la libertad y la igualdad para todos.
Por ello se suelta de la cadena que los hombres le han atado al cuello para obligarle a bailar como quieren y no en libertad con los demás osos, y empieza su trabajo de propaganda. Esta propaganda es también política, ya que el oso es un seguidor del evangelio de Proudhon, que predica sobre todo entre sus oseznos: «¡Muchachos, el porvenir es nuestro! ¡Con nuestras fuerzas reunidas, derribaremos a todos los tiranos!» Pero el triste fin del héroe, muerto a traición por un cazador, pone término a todos sus sueños — sueños fantásticos y grotescos, en opinión del poeta, ni más ni menos que los que exaltaban los cerebros de los poetas políticos—.
Y sin embargo, después de haber ridiculizado a Atta Troll por aquello que simboliza, el autor no oculta su simpatía por aquel oso, por aquello que realmente es. En el oso, en efecto, se hallan todas las virtudes de las criaturas ingenuas y primitivas: si se ha convertido en un demagogo peligroso y envanecido, ello se debe a que ha vivido en contacto con los hombres, que le han descarriado y engañado.
Así, una nueva naturaleza se ha superpuesto a la suya, deformándola, pero incluso en su locura puede verse siempre un reflejo de su bondad e ingenuidad originarias. Atta Troll es, pues, un símbolo impuro, porque así lo quiere la realidad viva e insobornable del oso de los Pirineos, de la cual nació, pero realidad y símbolo se funden admirablemente en la inspiración poética y en la representación artística: de la realidad nace la simpatía, y del símbolo el odio; y del odio nace, centuplicado, el ridículo de Atta Troll, mientras de la simpatía nace, por así decirlo, su profunda humanidad. R. Bottacchiari

