Considerado por algunos cronistas medievales como predecesor de los reyes de Hungría, Atila se convirtió de resultas de ello en uno de los héroes nacionales del pueblo magiar.
Fue pues el fundador de la patria, y en su tragedia se halla implícito el destino de su gente. Con el sable que recibió como don de Dios, Atila, en el curso de una furiosa disputa, da muerte a su hermano, el vil e intrigante Buda (v.), y desde aquel momento se extingue su fortuna: pierde la fe en su estrella y percibe claramente el desastroso destino de su Imperio y la tragedia de su familia.
Ésta es la imagen del rey huno que se perpetúa en las numerosas obras húngaras inspiradas en su leyenda, desde las crónicas medievales hasta la novela histórica de András Pay (1786) y a la Tragedia de Buda de Gyorgy Bessenyei (1747-1811). Digna de particular mención es la trilogía épica, que quedó por terminar, de Janos Arany (v. Muerte de Buda), que humaniza la figura ruda, primitiva y apasionada del rey conquistador, deformada por los cronistas y por la tradición.
Lo que más atrajo a Arany fue el afán de representar la trágica grandeza de Atila, soberano genial, rico en virtudes y en talento, pero apasionado y sujeto a fatales arrebatos de cólera. El heroico e invencible guerrero, al cual Hadur, dios de los hunos, ciñó la espada, es, como Toldi (v.), una figura de trágico destino, que no puede evitar las consecuencias de una culpa fatal: por haber dado muerte con sus propias manos, en un momento de ira, a su mezquino y envidioso hermano Buda, que conspiraba contra él, Atila ha quedado sujeto a un sino fatal y la sombra de su caída se cierne sobre él.
Las otras partes de la trilogía — el derrumbamiento del imperio huno, la retirada de Csaba (v.) y la ocupación del territorio por parte de los magiares — debían expresar la idea de la «misión húngara» insistiendo en el pensamiento moral del perdón y de la expiación. En El hombre invisible (v.) de Géza Gárdonyi (1863-1922), la figura de Atila, que es el verdadero protagonista, se dibuja dé rechazo a través del juicio y de la apasionada admiración que merece a un extranjero, el esclavo griego Zeta (v.). Los rasgos del valiente conductor de ejércitos, del soberano de amplios horizontes y del constructor de imperios derivan de la historia; pero es la estepa húngara de hoy y de siempre, tan amada por Gárdonyi, la que confiere su misterioso hechizo al héroe taciturno de personalidad tan gigantesca y tan profundamente humana.
El hombre se halla tras su propio rostro, «invisible como son todos los hombres que escapan a la vulgaridad». En su novela Atila (1935), Gyula Pekár nos presenta al «Azote de Dios», bajo un nuevo aspecto: estudiante en Boma y prometido de la princesa Honoria, antes de convertirse en el gran guerrero de Oriente.
El poder que irradia la personalidad de ese hombre excepcional constituye el centro del drama de Miklós Kisbán (n. en 1873), titulado El gran señor [A nagiur, 1913], mientras que Kalmán Harsányi (1876-1929), en su Ellák (v.) considera la figura del rey huno bajo un ángulo absolutamente nuevo, contraponiendo a Atila, soberano «imperialista» que dedica la mayor parte de sus preocupaciones y de su favor a los pueblos extranjeros protegidos por él, la personalidad de su hijo Ellak, encarnación de la idea nacional. En todas estas obras y en otras muchas la figura de Atila, diversamente interpretada, brinda a los escritores símbolos o situaciones simbólicas para sus distintas ideas.
G. Hankiss

