Personaje de la novela filosófica El Criticón (v.) de Baltasar Gracián (1601-1658). En esta alegoría de la vida humana, Andrenio representa al hombre natural frente a Critilo (v.), que representa al hombre de juicio .
Educado en una caverna entre fieras, y sin el menor asomo de razón, Andrenio es ya adulto cuando un terremoto que le impulsa a salir a las puertas de su antro, le descubre el «gran teatro del Universo», ante el cual él se queda de momento en una actitud de desvarío y estupor. Andrenio es, pues, el primer esbozo del «animal» que en el siglo siguiente definirá Giambattista Vico, la primera evocación del estado salvaje y de la infancia del mundo, lleno todavía de los engañosos ecos de la ilusión que resuenan de trecho en trecho por las lindes de bosques y prados.
En este mundo edénico comparece Critilo, que, yendo en busca de su esposa Elisenda, ha naufragado en la isla donde Andrenio vive. Salvado por éste, Critilo le enseña a hablar, le amaestra y se convierte en su guía en una simbólica peregrinación a través de las tres etapas de la vida: la juventud, la virilidad y la vejez. Éste es en rigor el viaje que toda criatura debe hacer en su vida, porque ambas personificaciones, el hombre natural y el hombre de cultura, coexisten en la misma Humanidad y todos los hombres empiezan en Andrenios para terminar en Critilos.
Embarcados en una nave que los conduce a España, pasan luego a Francia y de allí a alemania y ulteriormente a Italia y Roma. Estos países se convierten alegóricamente en la «fuente de los engaños», las «maravillas de Artemia», el «golfo cortesano», los «encantos de Falsirena», el «mercado del mundo», etc. Luego de pasados los «puertos de la edad viril», Andrenio, seguido siempre por Critilo, entra en la «aduana general de la edad», donde los jóvenes se transforman en hombres; y después de diversas pruebas superadas gracias al auxilio y a los consejos de Critilo, que al final le revela ser su padre, purificado por la experiencia y el dolor, alcanza la meta de su viaje, en la isla de la inmortalidad, donde encuentran por fin a la madre de Andrenio, Elisenda, símbolo de beatitud.
Como todos los grandes artistas modernos, Gracián quiso describir en su obra el viaje humano desde la naturaleza hasta el espíritu. Entre uno y otro término sitúa Gracián el mundo, que viene a ser como un banco de prueba, pero que por sí mismo no es más que un juego de figuras vacías y una pura sombra. Bajo la armazón teológica y ortodoxa del autor, se perciben los ecos de la desengañada sabiduría del Eclesiastés (v.), para el cual aumentar el saber equivale siempre a aumentar el dolor.
En realidad, a medida que Andrenio va avanzando por el camino de la humanidad, el mundo que a la salida de su caverna le parecía tejido de delicias y de colores se le revela mera putrefacción, cenizas y vanidad. Pero un implícito sentimiento de nostalgia por la inocencia y por el paraíso perdido se insinúa en esta representación de la inanidad del mundo. Tal representación no es más que la culminación de una vieja tradición racionalista cuyas raíces se encuentran en Ḥayy Ibn Yaqȥān (v.), el «despertado», protagonista de la novela de Ibn Ṭufayl que lleva su nombre (v.) y que a través de otro nuevo Adán, Robinson Crusoe (v.), habrá de dar origen al movimiento del cual surgirá Rousseau con su retorno a la Naturaleza y con la transición al nuevo clima moral, político y estético del siglo XIX.
C. Capasso

