Andrés Bolkonski

[Andreij Bolkonskij]. Juntamente con Pierre Bezuchov (v.), el príncipe Andrés Bolkonski es la figura principal de Guerra y Paz (v.) de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910).

Si Pierre es, en germen, el hombre nuevo que se asoma sin ideas ni actitudes defi­nidas a un mundo que se transforma, para tomar luego una posición y hallar conclu­sivos significados morales, el príncipe An­drés es el extremo representante de una generación superada, capaz de comprender sus deficiencias y de seguir con perfecta lucidez su decadencia, pero capaz asimismo de arrojarse activamente a las nuevas for­mas de vida, aunque sin saber renunciar a su propio clima ni a su propio espíritu.

Por esto es la figura más compleja de la novela, la más inteligente y, en el fondo, la más simpática: nos atrae en él su cons­ciente dignidad, la línea directriz que sabe imponer a su desdichada existencia y la medida en que sabe contener su malestar entre lo viejo y lo nuevo, entre un mundo al cual juzga, a pesar de reconocerse hijo suyo, y otro hacia el que se dirigen a la vez sus simpatías ideológicas y su repug­nancia afectiva.

Andrés es ante todo un aristócrata, y como tal, sólo puede vivir en una esfera de valores cumplidos: de aquí su amargo desprecio por su propio mundo en decadencia y su aversión por el mundo nuevo, necesariamente hecho de componendas, audacias desmesuradas y ac­tos tan decididos como faltos de control. En su vida social Andrés sostiene las re­formas, pero quiere mantener una rigurosa división de clases; en su vida afectiva, in­tenta un gran amor, pero quiere sentirlo in­mediatamente perfecto, y cuando su ama­da, Natacha (v.), le revela bruscamente el ímpetu de su naturaleza, Andrés es inca­paz de ponerse a su altura para dirigirla y siente por ella el mismo desdén que por todas las demás expresiones del mundo nuevo; por ello, desesperado, la abandona.

Sin embargo, Andrés llega a una conclu­sión : con él Tolstoi había de revelarnos que, dentro de la decadencia de las gene­raciones exhaustas, los individuos que las representan pueden en una u otra forma hallar una luz, aunque sea destinada a per­manecer oculta en ellos, incomunicable para los hombres que siguen adelante. Para An­drés esta luz deriva de la conciencia — que cada vez es en él más profunda y sentida — de su extrañeza ante el mundo actual; deriva también de un lento iniciarse a la contemplación de ese mundo con amor, aun sabiendo que no se podrá llegar a for­mar parte de él.

En tal actitud se mani­fiesta una intrínseca superación de todo cuanto es relativo; al alejarse de la vida en acto y proyectarse por igual más allá de lo viejo y de lo nuevo, Andrés puede contemplar todo cuanto le rodea «sub specie aeternitatis» y amarlo precisamente por lo que tiene de eterno. Mortalmente he­rido en el campo de batalla, oprimiendo con su cuerpo la tierra y fijando en el cielo infinito su mirada, Andrés oye de cerca la voz de Napoleón y el paso de sus soldados y, con ellos, toda la epopeya de su tiempo que parece desencadenarse a través de aquella misma tierra sobre la que sus miembros pesan cada vez más; y todo ello apenas es nada, como un rumor de insecto sobre el que cae abundante la bendición del cielo.

Más tarde, durante su larga agonía, podrá volver a ver a Natacha y a concretar en su nuevo amor por ella el sentido de su alejamiento; al considerar a la muchacha casi desde el más allá, su afecto se hace contemplativo y tierno; es un amor que nada puede dar a quien vive, pero que ayuda a morir a quien lo siente.

U. Déttore