Ananías

[Hănanyá]. Del mismo modo que el Maestro fue traicionado por Judas (v.), las virtudes del Espíritu Santo lo fue­ron por Ananías. Después de la diabólica imagen del Iscariote en la santidad del Ce­náculo, Lucas nos traza en los Hechos de los Apóstoles (v.) la tortuosa y tenebrosa figura de Ananías en la santidad de la Igle­sia de Jerusalén: traidores Judas y él, con el dinero en una mano y la mentira en la otra y la caridad sólo en los labios.

Lo que ofende al Cuerpo Místico no es la caridad escasa, sino la falsa; cuando Ananías da a Pedro (v.) una parte de sus bienes como si fueran todos, el infierno no rebulle en la parte que falta, sino en la ficción de aquella mano avara, en la vocación des­mentida y en la falsificación de la Gracia: «Y Pedro le dice: “Ananías, ¿por qué Sa­tanás ha llenado tu corazón, para que en­gañaras al Espíritu Santo y escondieras el precio de tu campo? ¿No dependía acaso de ti el conservarlo? ¿No estaba en tu po­der la ganancia? ¿Por qué has dejado en­trar tal cosa en tu corazón? ¡No has mentido a los hombres, sino a Dios!” Después de oír estas palabras, Ananías cayó y exha­ló su último suspiro».

Ante el cadáver, Pedro representa la voz de toda la Iglesia que rechaza la virtud hipócrita, y, por lo mismo que la Iglesia es vida, la arroja a la muerte. Ananías no muere a manos de nadie; se da muerte a sí mismo, trans­pone por su propio pie el umbral del más allá y agarra con su propia mano la mano del demonio. Pero el pecado sobrevive: llega Saffira y habla a Pedro. Nueva oferta y nueva mentira y traición. «He aquí que los pies de los enterradores de tu marido están a la puerta y se te llevarán también a ti».

Y la Iglesia arroja lejos de sí otro sarmiento seco. Nuestra alma se estremece porque en la iglesia de Jerusalén Pedro ha­bla con la voz de Moisés y de Elías. Pero si en nosotros duerme Ananías, ¿podemos acaso ofrecer a Dios nuestra balanza?

P. De Benedetti