Formando una especie de «coro» en la tragedia de don Quijote (v.), el Ama y la Sobrina (Antonia Quijana) aparecen concretadas en un solo rasgo, insistente e implacable: el espanto por las manías del hidalgo manchego.
Ellas están en la realidad, en la casa, en la cocina y, sobre todo, en las cuentas: la Sobrina, quizá aguijoneada por la desazón de ver disolverse su escasa dote en libros de caballería, da el rasgo de la «conciencia económica y social», al reprochar a su tío que, no siendo más que hidalgo, se quiera hacer caballero, «con un trapo atrás y otro delante», porque para ser caballero el peor impedimento es el de ser pobre.
Por eso esta muchacha «que no pasaba de los veinte» años es la gran víctima de todas las quijotadas, y sabe argüir a su tío, aunque, como le dice éste desdeñosamente, apenas sabe menear «doce palillos de randas». Al lado de este problema de caída de clase y posición, bien poca cosa es el problema del Ama, aunque tenga mayor personalidad novelística, gritando, quemando libros, y, cuando vuelve molido el Caballero, cuidándole y alimentándole, en especial con los huevos de sus gallinas, «que no la dejarán mentir», como dice en un gracioso «lapsus» satirizado por el Cura.
Cervantes ha medido cuidadosamente este lastre doméstico en la vida de su héroe: no son una esposa y una hija, sino un Ama y una Sobrina, que, sin ligarle demasiado a su mundo de normalidad, continúan manteniendo el terreno de la cordura mientras él anda en pos de sus locuras, para que pueda despertar al fin con su compañía, en el seno de la realidad.
J. M.a Valverde

