Protagonista de la novela que lleva su nombre (v.) de Henry Fielding (1707-1754). Perfecta encarnación de la femineidad, dibujada con penetrante comprensión de la mentalidad de la mujer, Amelia ilustra, con mucha mayor sutileza que Tom Jones (v.), la eficacia con que la bondad instintiva puede actuar atenuando las contrariedades de la vida y contribuyendo a dar la verdadera felicidad.
La conmovedora figura de Amelia nos muestra a Fielding reconciliado con un ideal de sentimentalismo que anteriormente había ridiculizado en Richardson. Al encanto de la figura de Amelia debió de contribuir sin duda la magia transfiguradora de la memoria que Fielding guardaba de su primera mujer, Charlotte.
Sencilla, pero en modo alguno superficial ni insípida, esposa y madre afectuosa y leal, invencible en su constancia e incansable en su ternura, Amelia se niega a poner en duda la certeza de su fe en la bondad y a discutir las razones de su devoción, por mucho que las bases de su confianza parezcan hundirse bajo sus pies. A esa criatura suave pero indomable, Fielding opone el mundo contemporáneo, frívolo, inmoral e irreligioso. Por un lado tenemos, pues, a una Inglaterra que no puede siquiera llamarse país cristiano, muy distinta de la nación alegre y desordenada pero no completamente viciosa descrita en la Historia de Tom Jones, expósito (v.).
Y por otro lado vemos los puros afectos de la vida doméstica, los placeres sencillos y la perfecta felicidad terrestre que puede sanar todos los males: cosas todas ellas cuya quintaesencia es Amelia, que para desplegar todas sus virtudes necesita las pruebas a que le somete su débil y vulnerable esposo, personaje, por lo demás, secundario. Amelia es, en cierto sentido, el más real de los caracteres creados por Fielding, porque el afecto permitió al novelista penetrar en la propia alma de su criatura.
M. Praz

