La figura del primer hombre, desde el momento en que aparece como personaje en los misterios medievales, adquiere una personalidad propia: la distinguen de las demás una universalidad que podríamos llamar cósmica, una eficacia representativa intrínseca a su propia naturaleza, y, sobre todo, su generosa renuncia a definirse en un tipo para acoger en sí los sufrimientos y los goces de todos los tipos posibles.
Este personaje aparece únicamente en determinadas ocasiones, cuando el poeta que lo crea sabe, a su vez, renunciar a sí mismo y reproducir en la larva una semejanza de su propio yo para prestar oído a la respiración de todos los hombres que le rodean y probar los caminos de sus destinos. Adán, en efecto, no es «un» personaje, sino más bien «el» personaje, la figuración cuyo drama es el de toda la humana existencia.
Por ello, los varios momentos en que Adán aparece en el mundo fantástico de los personajes constituyen las etapas fundamentales de la historia de la humanidad entera o, por lo menos, las representan. Su primera evocación tiene lugar en la Edad Media, en una representación escénica que a la vez es un rito: el misterio. Y corresponde, en realidad, al segundo nacimiento del hombre, el renacimiento espiritual a la nueva luz traída por el mensaje de Cristo y a la nueva conciencia de sus pasadas culpas y de sus futuros deberes.
A partir de entonces el motivo fundamental que anima al personaje no será tanto su potencia vital de primer germen, cuanto el sentido de una culpa que ha exigido una víctima divina y que la humanidad debe purificar por completo en sí misma; el Adán de la Edad Media es sobre todo el pecador, figuración que, al representarse a los hombres, exige su remordimiento actual por el pecado de otro tiempo y los llama a la penitencia; personaje crítico y amonestador que ostenta su propia miseria para edificación de las almas corrompidas y necesitadas de purificación.
Deberán pasar todavía muchos^ años antes de que una segunda evocación de este personaje se haga necesaria: podría decirse que cada aparición de la figura de Adán viene a sancionar una revolución de los espíritus y el nacimiento de un nuevo tipo humano. El nuevo Adán surge en el siglo XVII, como criatura de aquel movimiento que intenta reaccionar ante las temerarias iniciativas del Renacimiento para volver al curso de una tradición antigua, en el momento mismo en que se imponían nuevas evasiones.
Corresponderá a un cómico italiano del «teatro del arte», a Giovambattista Andreini (1578- 1654), la misión de volver a traer a la escena, en su Adán (v.), el antiquísimo drama. Aquí Adán está dotado de toda la frondosa conciencia del barroco y de toda su imponente apariencia; su razón de ser no se halla ya tanto en la culpa como en la visión y en la aceptación de sus consecuencias: caído en poder del mal, logra sin embargo sustraerse a él; en vano las tentaciones se renuevan a su alrededor, ya que él las rechaza aceptando para sí y para su raza el dolor infinito del futuro.
Su culpa es una culpa feliz porque de ella procederá el sacrificio de Cristo y la gloria de su Iglesia; en la idea del pecado se inserta así la de la redención como valor activo y creativo: redención es la Roma de los Papas, de Rafael, de Miguel Ángel y de Bernini; redención es la civilización que irradia del Cristianismo con su poderosa realidad, y la alegría misma de vivir en la victoria sobre el mal.
Andreini abre el camino a Milton, aunque no por ello pueda hablarse de influencia directa, del mismo modo que la novelística italiana había inspirado a «Shakespeare. En efecto, también en El Paraíso Perdido (v.) Adán es consciente de una expresión de grandeza que deberá surgir de su propia caída, pero antes de él no se perfila tanto la gloria de la Iglesia romana como la del hombre mismo, miserable y aun así magnífico, como lo proclamará Pascal.
En el Adán de Milton aquel sentido del futuro encerrado en el Adán bíblico como pura vitalidad de los cuerpos y de las sangres se convierte en el presagio ideal de una fatigada, pero con todo maravillosa experiencia del espíritu, enteramente destinada a hacer cada vez más viva la luz de la razón; no la idea de la penitencia, sino la de la redención a través de las conquistas del espíritu, es la que lo sostiene y lo justifica, y su glorificación de la divinidad viene a coincidir con una glorificación del hombre.
El Adán del siglo XVIII, incierto entre reivindicaciones ideológicas y patéticos primitivismos, es distinto. En La muerte de Abel (v.), de Gessner, Adán vive sobre todo en sus dos hijos, que en cierto modo representan sus dos almas: la todavía pura, con su recuerdo del Paraíso terrestre, y la humana, caída ya. Más importante es el Adán de Klopstock en la Muerte de Adán (v. Adán), en la que el primer hombre nos ofrece ya los contrastes psicológicos que habrán de caracterizarlo con el Romanticismo y, al acercársele la muerte, ante el hijo homicida que viene a pedirle perdón, siente toda la responsabilidad del mal que él ha arrojado sobre el mundo y halla en una doliente religiosidad la salvación extrema.
Adán reaparece en aquel Romanticismo que, enlazándose con las experiencias místicas de la Edad Media y con las humanísticas del Renacimiento, intentará conciliarias y extraer de ellas, entre impulsos de rendida sumisión y reivindicaciones orgullosas, un nuevo sentido de la vida humana. En el Caín (v.) de Byron, Adán vuelve a encontrar la solemnidad patriarcal de su primera expresión bíblica, pero no la severa y laboriosa paz de los primeros tiempos, perturbada no por la mortificación de una penitencia ni por la angustia de un pensamiento que debe superarse, sino por la más secreta imposibilidad de conciliación de los afectos y de los sentimientos en lo más íntimo del corazón.
Diríase que su propia e indefinida culpa de otros tiempos se revela a sus ojos en la vida de sus hijos, perturbándole y angustiándole: de súbito, se le presenta en Caín (v.) el problema de la individualidad y de todas las pasiones que con ella se enlazan, desde las más generosas a las más turbias, desde el más hermético orgullo a la más completa entrega. Y, como en un trágico reconocimiento de sí mismo, Adán se ve obligado a advertir en la primera tragedia que ensangrienta la estirpe las consecuencias de sus propias y oscuras premisas.
Su clima no es ya el de una sumisa penitencia, sino el de una torturante congoja, y el pánico por aceptar su responsabilidad le atosiga, dándole el sentido imprevisto de su soledad y de su insuficiencia. Adán tiende ahora a individualizarse: del Renacimiento ha adquirido el sentido de su propio ser, de su propia voluntad y de una posible suficiencia a sí mismo, y desde la Edad Media llegan hasta él unos impulsos místicos que le llevan a confundir de nuevo en el todo, y con conciencia tanto mayor, esta su personalidad definida.
Adán ve así proyectarse ante él su raza en un doble proceso del que arrancan una individualización y una nueva fusión en el conjunto de la Naturaleza, a modo de una oscilante palpitación entre lo finito y lo infinito. Y ora parece embriagarse con ello, ora desesperarse: por primera vez intenta llegar a una conclusión propia y líricamente triunfante y, por primera vez también, siente en sí estremecimientos de desesperación. Esta actitud temblorosa e insegura debía llevarle rápidamente, entre orgullo inconfesado y humildad no alcanzada, a una profunda crisis: la última figuración de Adán, en efecto, se encuentra en aquella Tragedia del hombre (v.) de Imre Mádach (1823-1864), que es a la vez la más desesperada y la más^ desesperadamente confiada.
Este Adán húngaro, que parece encerrar en sí toda la capacidad de esperanza y toda la necesidad de sufrimiento propia de su pueblo, lleva también en sí, más explícitamente que ningún otro, toda la vida espiritual de un mundo humano. Adormeciéndose después del pecado, sueña la historia de su estirpe, y ésta es una historia de desdichas en la que toda idealidad degenera apenas aparecida, desde la belleza de los griegos al sentido imperial de los romanos, desde el mensaje cristiano a las ilusiones de la ciencia; el género humano marcha fatalmente hacia una nueva bestialización que parece tener que acogerle en la misma noche de donde salió, sin razón ni fin.
Y sin embargo, en el momento mismo en que este Adán quisiera darse muerte para suprimir con su propia persona tanta inútil desventura, le llega de lo alto una poderosa voz para invitarle a no perder la esperanza, a pesar de todo. La historia del personaje Adán termina por ahora aquí; y en este acto de extremada, casi de insensata humildad, que le permite mantener la confianza frente a la más desesperada evidencia, Adán se redime de sus extremas actitudes románticas y de su inconsciente complacencia barroca para volver a acercarse dolorosamente a su figuración primera en el misterio medieval.
En el fondo, debía volver a encontrar esta religiosidad: a él, que era su criatura primera y directa, le correspondía la misión de hacer oír una vez más al hombre, en el momento de mayor perplejidad, la voz de Dios. Y poco importa que esta voz venga a truncar más que a aplacar una desesperación; poco importa que más que a traerle la luz de un nuevo mensaje, venga a mantenerla abatida: lo cierto es que la existencia de Adán no ha terminado.
U. Déttore

