Es el personaje más destacado de El diablo mundo (v.), de José de Espronceda (1808-1842), pero como este poema, porque no está terminado y por otros motivos, no ofrece un significado muy claro, es natural que también su protagonista esté afectado de cierta oscuridad. Adán se presenta con una apariencia totalmente carente de originalidad: no es otra cosa, ni siquiera en su aspecto exterior, que una copia de Fausto (v.).
Pero mientras, como éste, medita el suicidio, se le aparece, en vez de Mefistófeles (v.), el fantasma de la Eternidad, que le ilusiona con sus promesas hasta hacerle aceptar el rejuvenecimiento para vivir una nueva vida. Su memoria, sin embargo, quedará libre de todo recuerdo. De esta manera el principio de identidad, que es el alma, queda destruido y entonces, ¿para qué sirve que esta joven mariposa haya surgido de la vieja crisálida? ¿No son acaso dos seres entre los cuales no hay ningún vínculo espiritual? Sea como fuere, Adán repite sus experiencias a través de episodios de los más variados modos literarios, pero, a pesar de su ascensional y extremada exaltación, los anhelos que principalmente se despiertan en su espíritu son absolutamente terrestres: más curioso que afanoso de aprender, quiere abarcar con una sola mirada el mundo entero que da vueltas a su alrededor; y si, siquiera por una sola vez, alcanza una cumbre de titánica sublimación («un caballo> un camino y escalaré el cielo: siento en mí fuerza suficiente para cambiar el porvenir»), el suyo es casi siempre un vuelo bajo hacia «las bellas tierras donde el placer ha hallado su sede y donde el goce no se acaba nunca», y su anhelo un bajo apetito de mujeres bellas y ricas, de bellos muebles, de bellas joyas y de cosas buenas.
Sólo al final, al enfrentarse con el problema de Dios y del mundo, se diría que su alborotada inquietud tiende a resolverse en la fe, pero más que una crisis definitiva, aquel consejo de recurrir a la oración, que Adán da a una madre desesperada por la pérdida de su hija, se nos presenta en un aspecto tal que más bien parece una nueva prueba de escepticismo, como si la plegaria no fuera otra cosa que una de tantas ilusiones del alma humana (y a ello contribuye no poco el rasgo byroniano que viene después y que destruye la emoción de este episodio). Y como en este punto el poema queda interrumpido, persisten nuestras dudas acerca de los últimos avatares del personaje, que por otra parte sería inútil y arbitrario intentar reconstruir a base de fragmentos y de indicaciones sin suficiente valor probatorio.
F. Carlesi

