Compilación de unos centenares de fábulas (358 según E. Chambry — Aesopi Fabulae — París, 1925-26; París, 1927, con traducción francesa), que ha llegado hasta nosotros bajo el nombre de Esopo, pero que, probablemente, consta de un núcleo primitivo esópico aumentado después y notablemente transformado en el decurso de los siglos.- La personalidad de Esopo ha sido tan alterada por la leyenda, que algunos críticos han llegado a dudar hasta de su existencia; pero como no hay razón para no prestar fe al testimonio de Herodoto (II-134), con el cual están de acuerdo los de autores más recientes, Esopo, que vivió en el siglo VI a. de C., época del mayor florecimiento de la poesía gnómica y moralizante, es considerado con razón como padre de la fábula por la habilidad con que ha utilizado los antiguos temas, y el ingenio y agudeza con que ha creado otros nuevos. La gran mayoría de las fábulas esópicas que han llegado hasta nosotros tienen por protagonistas a los animales, ora comunes, como el águila, el buitre, la paloma, la serpiente, el ciervo, la zorra, ora exóticos como el cocodrilo y el camello; en las acciones de algunas participan hombres, ya humildes, ya ilustres, como Demades o Diógenes el Cínico (96, 97, 98 de la compilación citada), o divinidades; otras, en gran número, tratan de asuntos abstractos, como el bien y el mal, o del origen de las cosas (1, 19, 110, 121, 304, 323, etcétera); o de temas mitológicos (9, 351).
Todas son relatos brevísimos, cual pequeñas escenas de comedia, en las cuales los caracteres peculiares del hombre son atribuidos a animales que se han convertido en símbolos; el león, de la majestad; la zorra, de la astucia; el lobo, de la maldad; la hormiga, de la previsión; a la narración, siempre sencilla y llana, adaptada al pueblo, del cual ha nacido y al cual se dirige, y a su propósito didáctico, sigue, por lo general, una «moraleja», que más abiertamente enuncia, en forma de sentencia, el objeto de la fábula. Dado el fin que se proponen y el ambiente en que han nacido, estas fábulas son óptimo testimonio de los principios morales del pueblo griego; enseñan, sobre todo, las virtudes sociales y prácticas, como la fidelidad en la amistad, el agradecimiento, el amor al trabajo, la moderación, y, al paso que no aparecen problemas de moral más elevada, hay en ellas a veces consejos prácticos, como el de sacar provecho de la ingenuidad ajena, no dictados, en verdad, por una ética intransigente. La forma de las fábulas es extremadamente fácil; los elementos jónicos de su lengua más antigua han desaparecido casi por completo; la frescura y sencillez que las caracterizan, además de sus temas que hacían de ellas materia muy apta para la enseñanza, les han dado abundantísima e ininterrumpida difusión desde la antigüedad hasta nuestros días y han hecho de ellas un modelo que, de Fedro a La Fontaine [a Iriarte y Samaniego], de Tommaseo a Pancrazi y Trilussa, ha encontrado en todos los tiempos cultivadores e imitadores.
C. Schick

