Dos notables narraciones de la literatura egipcia de las épocas bajas que tienen como protagonista al príncipe Setón Haemwóis (v.). Una de ellas se nos ha conservado en el papiro demótico n.° 30.646 del Museo de El Cairo al final del cual, el desconocido copista puso la fecha del año 15.° del reinado de un rey, que se ha querido identificar con Tolomeo III Evergetes (247-222 a. de C.), y el papiro demótico n.° 30.692, también del mencionado Museo; la otra, sólo en el papiro demótico DCIV del Museo Británico, atribuible al siglo I d. de C. En la narración, al lado del protagonista figura su hijo Si- Osiris. El texto de la primera, a la que podríamos llamar Setón Haemwóis o el libro de Thout, carece de un largo fragmento inicial y narra las cosas extraordinarias ocurridas al protagonista, en sus tentativas para apoderarse de un famoso libro mágico del dios Thout, que poseía el difunto príncipe Noferko-Ptah, sepultado en la necrópolis de Menfis. Setón Haemwóis, penetrando en la tumba del príncipe, sostiene con él y con la difunta princesa Ahwére, su mujer, un largo coloquio en el curso del cual se entera de cómo los dos cónyuges entraron en posesión de libro tan anhelado.
Un día, en el templo de Ptah, en Menfis, Noferko-Ptah encontró un viejo, que le indicó cómo le sería posible adueñarse del libro del dios Thout, oculto en medio de las aguas de Koptos — hoy Kuft —, encerrado en cajas, unas dentro de otras, de hierro, de bronce, de madera de sicomoro, de ébano y marfil, de oro y plata, y custodiado por animales horripilantes y por una serpiente inmortal. Noferko-Ptah se trasladó a Koptos con su esposa y con su hijo Merab y una vez allá, dejando en tierra a sus amados acompañantes, se embarcó en un navío hecho de cera pura. Una vez en el lugar en que se guardaba el libro, pudo desembarazarse de los escorpiones y demás alimañas, pero tuvo que luchar rudamente para vencer a la serpiente inmortal. Pudo, por fin, satisfecho del éxito de la empresa, volver a Koptos, con gran alivio de Ahwére, que durante su ausencia, con el pensamiento fijo en el amado, no había probado alimento alguno. Thout se quejó a Rie (v.) y, desde aquel momento, desventura tras desventura se abatieron sobre Noferko-Ptah. Primero su hijo Merab y después Ahwére misma perdieron la vida. Noferko-Ptah no quiso sobrevivir a la muerte de los suyos: atándose al pecho el libro de Thout, se lanzó deliberadamente al agua. Terminada la narración, Ahwére trata en vano de disuadir a Setón Haemwóis de la posesión del libro y Noferko-Ptah propone que el libro sea para el que de los dos gane una partida de ajedrez. Gana Setón Haemwóis, con ayuda de su hermano Inaros; en el momento de salir de la tumba, Noferko-Ptah le profetiza que no pasará mucho tiempo sin que vuelva para restituírselo. Desde luego, la restitución no se hace esperar, gracias a la intervención de Ahwére, vuelta a la vida con el semblante de Tbübü, la más bella entre las mujeres de Menfis, hija de un alto sacerdote de la diosa Baste. Ella subyuga a Setón Haemwóis de tal modo que, por complacerla, consiente en el asesinato de sus propios hijos. Mientras perros y gatos devoran las carnes de los asesinados, la pareja se embriaga con los aromas, que ardían profusamente, y sorbe vinos generosos en copas de oro. Por fin, Haemwóis se halla, inesperadamente, fuera de la casa de la mujer, desnudo y caído. De vuelta en Menfis encuentra ilesos a sus hijitos y, obedeciendo el mandato de su rey, se apresura a descender a la tumba de Noferko-Ptah, para devolverle el libro de Thout.
E. Scamuzzi
* También la segunda narración que podríamos titular Aventuras de Setón Haemwóis y de su hijo Si-Osiris, ha llegado a nosotros bastante mutilada, en su comienzo, y del final se han perdido las líneas donde se hallaría consignado el nombre del copista y, quizá, la fecha exacta de la copia. Setón Haemwóis es el padre de Si-Osiris, el hijo largo tiempo esperado y obtenido de los dioses tras largas y continuas plegarias. El niño muestra viveza de ingenio y, a su debido tiempo, suscita la admiración de los doctos escribas del templo de Ptah. Un día, padre e hijo asisten a los pomposos funerales de un hombre rico y, poco después, a los de un mendigo. Cuando el padre expresa su deseo de ser enterrado como el hombre rico, Si-Osiris le muestra qué diferente debe ser el juicio que el rico y el pobre merezcan en Ultratumba. Guiado por su hijo, Setón Haemwóis penetra entonces en la Ultratumba y recorre las siete vastísimas salas que la componen. Las condiciones en que se halla el papiro, no permiten comprender bien quiénes son las gentes que ocupan las tres primeras salas; en la cuarta, los que se preocuparon demasiado por la subsistencia personal, trenzan cuerdas que los asnos colocados a sus espaldas comen poco a poco; otros, que conocieron el bien, pero que no supieron alcanzarlo, se esfuerzan por hacer llegar a la boca los alimentos que penden de lo alto en tanto que caen en agujeros excavados de pronto a sus propios pies.
En la sala quinta, donde se recogen las almas nobles, Setón Haemwóis percibe que el perno inferior de la puerta está encajado en el ojo derecho de un hombre. Cada vez que la puerta gira, el pobre hombre grita y se lamenta; es el rico transportado con tanta pompa por las calles de Menfis, castigado ahora de este modo porque en la vida ni quiso ni supo realizar buenas acciones. En la sala siguiente se reúnen los dioses del consejo de Ultratumba. En la séptima, se halla Osiris sentado en su trono, en medio de las divinidades. Junto a Osiris aparece un personaje de espléndidas vestiduras: es el mendigo, que mientras vivió en la tierra supo ser recto y orar. Con esta profunda enseñanza, sale de la Ultratumba Setón Haemwóis. Cuando Si-Osiris cumple los doce años, no hay quien pueda comparársele en sabiduría. Un día, en Menfis, se presentó al rey de Egipto un nubio pretendiendo que no había nadie capaz de leer el contenido de una carta sellada. El rey apeló al valer de Setón Haemwóis y su hijo Si- Osiris triunfó brillantemente, leyendo, en la carta sellada, que en tiempos de Thutmosis III (din. XVIII, 1490-1436 a. de C.) un rey nubio, por medio de un mago, obtuvo que el rey de Egipto fuese una noche transportado mágicamente a Nubia, donde le fueron dados quinientos bastonazos. Pero un alto funcionario egipcio, Hóro, logró con sus prácticas mágicas que le fuesen suministrados igual número de bastonazos al rey de Nubia. El mago nubio, impotente para defender a su rey, decidió irse a la corte de Egipto a desafiar a Hóro.
en persona, pero éste supo parar y anular las prácticas mágicas del adversario. El nubio, al reconocerse vencido, dio su solemne juramento de no volver a poner los pies en Egipto. Al acabar la lectura de estos lejanos acontecimientos, Si-Osiris añadió que el dador de la carta sellada era el mago nubio de los tiempos del desafío, vuelto ahora a la vida para llevar a cabo los maleficios sobre Egipto. En cuanto a sí mismo, él era Hóro, el egipcio que triunfó sobre el nubio. Dichas estas palabras, se desvaneció como si fuera una sombra, en medio del estupor general y del dolor de Setón Haemwóis. Amplia y conspicua muestra de la literatura narrativa egipcia en escritura demótica, las Aventuras de Setón Haemwóis se revelan como la genial creación de un autor provisto de vivida fantasía a la vez que de un vigilante sentido de la medida, por cuyas cualidades el mundo de la realidad va perfecta e inmediatamente unido al mundo de las fuerzas sobrenaturales y mágicas. Algunos pasajes de las Aventuras han dado lugar a comparaciones con motivos literarios y religiosos de tiempos posteriores que figuran en las literaturas de otros pueblos. Recordemos el pasaje relativo a la niñez de Si- Osiris, que recuerda fácilmente algunos versículos del evangelio de San Lucas (II, 40 y sigs.); la historia del rico y el mendigo puede compararse con la de Lázaro y el rico Epulón, expuesta por el citado San Lucas en su evangelio (XVI, 19-31), por la equivalencia sustancial, además de la formal, que presentan ambas narraciones. Reviste particular importancia el largo pasaje de las Aventuras donde se describe Ultratumba y el orden que reina en ella; orden subordinado a un concepto moral de premio y castigo, orden completamente nuevo respecto a las ideas sobre la Ultratumba del Egipto más antiguo.
De un modo análogo a lo que pasa con otros textos de los tiempos del bajo Egipto, tales como La lucha por la coraza del príncipe Inaros (v.) o la Lucha por los bienes de Amón (v.), a las Aventuras se las reconoce como una muestra apreciabilísima de la literatura narrativa egipcia, entonces viva pese a la decadencia política del país y al abandono de las demás artes; una literatura que, según el testimonio del novelista sirio Heliodoro de Emesa (siglo III d. de C.), «deleitaba en sumo grado a los griegos», y, añadamos nosotros, que hasta el siglo V d. de C. dejaba sentir su vigoroso influjo en los escritores grecoegipcios.
E. Scamuzzi

