Luc de Clapiers, marqués de Vauvenargues

Nació en Aix-en-Provence el 6′ de agosto de 1715 y murió en París el 28 de mayo de 1747. Su padre, gentilhombre de la pe­queña nobleza, había obtenido el marque­sado en 1722 como reconocimiento de su loable conducta como magistrado de Aix durante la peste que devastó Provenza. Luc formóse en la vieja mansión de sus ante­pasados, situada cerca de la ciudad. En rea­lidad, todo resulta modesto en la existencia de Vauvenargues hasta los veinticuatro años. La salud precaria habíale impedido la realización de estudios regulares. No aprendió el griego ni el latín; ello permite comprender por qué los autores antiguos permanecieron ajenos a su espíritu. Puesto que «no se puede — así lo escribe — poseer un alma grande o una inteligencia algo perspicaz sin cierta pasión por las letras», recordaremos que leyó con interés sobre todo a los moralistas del si­glo XVII.

En este ambiente se fue for­mando su índole reflexiva e inclinada a la introspección. La lectura, empero, le resul­taba, más bien que fundamento, tendencia a la reflexión, que le llevaba a encontrar la autonomía de pensamiento. Otro aspecto de su carácter nos revela, guardado en la inti­midad pero no menos verdadero, un ardor netamente meridional que le inclinaba a la acción y al amor de la gloria, afanes que trató de satisfacer con la carrera militar. Los principios de la misma resultaron gratos al subteniente de dieciocho años del regi­miento real, arrullado por el sueño según el cual «no hay gloria completa sin la de las armas». Iniciábase entonces, efectiva­mente, la guerra de sucesión de Polonia, y su cuerpo, uno de los mejores de la infan­tería francesa, dirigíase a Italia por el Mont Cenis, al mando de Villars, y se distinguía en el territorio lombardo.

Breve, empero, resultó esta oportunidad de fama, por cuan­to en 1736 cesaron las hostilidades. La vida de guarnición, monótona y gris, llevó al joven oficial k las provincias. Su carácter al mismo tiempo afable y serio le había valido la estima y el afecto de los compa­ñeros de armas, que supieron apreciar su madurez intelectual, sus razonamientos ar­dientes y persuasivos y su corazón abierto y generoso hasta la liberalidad. El regi­miento salió de nuevo a campaña con mo­tivo de la guerra de sucesión de Austria, que estalló en 1741. Los franceses quedaron diezmados en la desastrosa retirada de Bo­hemia; también Vauvenargues hubo de pagar su parte: sufrió la congelación de las piernas. Vuelto a la patria en 1743 en condiciones físicas bastante precarias a consecuencia de las graves heridas y de una inquietante debili­tación de la vista, y, por otra parte, reducido a la pobreza, abandonó el ejército con el grado de capitán. Sin embargo, supo reac­cionar con firmeza ante este primer embate del destino; y_ así, dio una forma muy dis­tinta a sus sueños.

Una ambición tanto más intensa, cuanto que secretamente cultivada le inducía a creerse en posesión de «I’esprit de manéger, qui sert á pénétrer et á rester impénétrable», o sea el arte de la diploma­cia. En definitiva, este contemplativo sen­tíase atraído por la acción, y deseaba poner al servicio de los hombres las dotes de penetración que experimentaba ardientes y activas en su alma. A causa de ello, solicitó del rey Luis XV y de su ministro un puesto en el cuerpo diplomático. Carente de. bienes de fortuna y de valedores, no se hallaba, para la consecución del fin propuesto, muy bien situado en una sociedad donde los pri­vilegios de dinero y de linaje eran una condición necesaria y suficiente para el éxito; por otra parte, inhábil en tales ges­tiones. vio desatendidas sus solicitudes, tan dignas en su esencia como elevadas en cuanto al tono. Halló entonces un protector en Voltaire (v.), que en aquella época dis­frutaba en la corte de un favor singular.

Tenaz en los afectos y en los odios, el poeta- filósofo sintióse atraído por el joven desco­nocido que a él se dirigiera para someter al juicio de un anciano ya ilustre su estudio paralelo de Comeille y Racine cuyas conclu­siones resultaban favorables en su totalidad a este último. El mutuo aprecio había hecho nacer en ambos corazones la amistad, como demuestran las cartas intercambiadas, y ello a pesar de notables divergencias de pen­samiento y carácter. Voltaire, quien viose influido por el ascendente de un joven tan íntegro y firme en sus principios morales, «apoyó» la petición ante importantes per­sonajes. de los que obtuvo apreciables seguridades. Vauvenargues se animó otra vez. Sin embargo, la euforia no iba a durar largo tiempo. El destino reservábale otra prueba, todavía peor: la viruela dio el golpe de gracia a su salud. Desfigurado, casi ciego y bajo la amenaza de una dolencia pulmo­nar, hubo de renunciar a cualquier proyecto de vida activa y buscar únicamente en sí mismo el motivo de su existencia y el vigor necesario para la misma.

Entonces reanudó con mayor intensidad el diálogo con su pro­pia alma, que rechazaba la desesperación como «el principal de los errores», y, no sin penosas crisis, pudo encontrar de nuevo el equilibrio, que le permitió emprender la única actividad posible: la literaria. En 1745 pasó de Provenza a París, a pesar de la re­sistencia de sus familiares y de los escasos medios de subsistencia. Vivió todavía dos años, doliente en el cuerpo y recogiendo sus débiles energías en un supremo esfuerzo y en nombre de una esperanza extrema; Vauvenargues se mostró sereno y firme, confió en la eficacia del sentimiento situado en la base de su filosofía, y dejó en cuantos se hallaron junto a él un recuerdo emotivo y reverente. En la soledad de su modesta morada, cerca de la Escuela de Medicina, su temperamen­to, en tanto «el cuerpo iba disolviéndose», adquiría nueva arrogancia, y su espíritu, siquiera situado entre las pasiones y dis­cordias contemporáneas, manteníase ajeno a las contaminaciones utilitaristas y a la lucha filosófica, de la cual la Enciclopedia (v.) representaría el grandilocuente mani­fiesto, especie de suma de la filosofía ra­cionalista.

Enfrentando el tiempo a sus ma­les, Vauvenargues ordenó el fruto de sus meditaciones. Su «finesse» había llegado a ser más aguda y elocuente, casi patética. La suerte, que le negara la gloria y el amor, no le privó del consuelo de la amistad, a la cual ofreció el pensador lo mejor de sí; entre sus fieles amigos figuraron el marqués de Mirabeau, el gran economista que intuyó antes que nadie las cualidades morales e intelectuales del joven, y otros personajes también ilus­tres, como Voltaire y Marmontel. Con escaso éxito entregó a la imprenta una Introduc­ción al conocimiento del espíritu humano (1746, v.), texto destinado a ser el pre­ludio de un estudio orgánico y sistemático del conocimiento; sin embargo, el tempera­mento más bien reflexivo que especulativo de Vauvenargues nos induce a creer en la incapacidad del autor respecto de una obra de tan sólida estructura. Preparó una segunda edición, que permaneció incompleta a causa de su muerte, y en la cual se hallan Ensayos so­bre algunos caracteres (1746, v.) y Refle­xiones y máximas (1746, v.), en las que el hombre y el pensador se expresan más feliz­mente y aparece el alma noble de Vauvenargues en lucha con un destino cruel destructor de cualquier aspiración.

La máxima, género magistralmente consagrado en la literatura francesa por La Rochefoucauld, «cette ma­nière d’exprimer, brièvement et sans liai­son, de grandes pensées», era la forma más adecuada a su manera de pensar y a la necesidad que le movía a unirse en la sole­dad, más allá del sufrimiento propio, a los hombres para elevarse a consideraciones generales. El «plus infortuné des hommes et le plus tranquille» — son palabras de Voltaire— seguía creyendo «en la virtud como bien superior a la misma felicidad». En torno a este principio ideal, compensado con el concepto de los límites de la razón, el moralista centró su pensamiento, abun­dante en humanidad y esperanza. A los treinta y dos años le llegaba la muerte. Voltaire pronunció un emotivo elogio pú­blico de Vauvenargues. Su obra, a la que tras la des­aparición del autor fueron incorporados los Dialogues y la Correspondance, quedó dis­puesta en los dos tomos de la edición Gil­bert de 1857, cuidada y completa; sin em­bargo, hubo de esperar la aprobación de la posteridad hasta los primeros años del siglo pasado.

Vauvenargues pertenece a la «lignée des obser­vateurs du cœur humain», tan rica y glo­riosa en Francia desde Montaigne, y ten­dente a la consideración del hombre más allá del individuo, como ser universal e indestructible. Próximo a los clásicos por el respecto a la dignidad humana, se aleja, en cambio, de ellos al reemplazar la razón por la naturaleza como guía en la orienta­ción de la vida. En un siglo de libertad y despreocupación practicó la austeridad y nu­trióse del propio sufrimiento, en el cual encontraba el amor al prójimo. Su expre­sión personal en favor de la importancia del sentimiento, «le sens intime», representa una anticipación, y con ella procuró defen­der al hombre; en este aspecto no queda muy lejos del espíritu de Diderot y Rous­seau, y aparece casi romántico.

A. Bruzzi