APRENDER VIVIENDO

COMO AGUA ENTRE LOS DEDOS
Miguel F. Villegas
Ediciones Aljibe, Málaga, 2010, 302 págs.

por Anna Rossell

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Encantadora y principal esta nueva novela de Miguel F. Villegas. Encantadora en el sentido literal, pues atrapa al lector como por arte de encantamiento –aunque nada en ella sea sobrenatural, aunque todo se deba a las virtudes tangibles de la buena capacidad para la escritura y la fabulación de historias-. Principal, porque todo en ella es esencial para una cuestión fundamental en toda sociedad responsable y civilizada: la educación de sus jóvenes.

Miguel F. Villegas (Jerez de la Frontera –Cádiz-), maestro, licenciado en geografía e historia, músico y escritor, cuenta a sus espaldas con una larguísima experiencia como profesor de instituto en Sevilla. Su dedicación a la escritura se nutre de esta experiencia, que ha ido forjando su convicción y su fe en el ser humano y sabe de la trascendencia de la etapa adolescente para la vida de todo individuo. El autor reúne las cualidades de un verdadero maestro, el que sabe enseñar aprovechando las cualidades positivas de cada cual, en las que cree y por las que apuesta firmemente. Como agua entre los dedos destila este espíritu por los cuatro costados. La novela, cuyos protagonistas son chavales de instituto de quince años, apunta y ha de atraer a un público lector más amplio aún -aún más joven-, con lo cual asegura un mayor impacto educativo, objetivo que el libro se propone claramente. El autor sabe manejar a las mil maravillas todos los ingredientes que han de sazonar, en sus justas cantidades, un libro así para surtir el efecto deseado en sus lectores. Frescura, simpatía, suspense y tensión dramática son los aderezos para un texto que toca en mayor o menor medida los problemas más acuciantes de nuestra actualidad: la democracia, la homosexualidad, los fanatismos, la violencia gratuita –incluida la de género-, la ecología y las graves consecuencias de una conducción irresponsable. Y, aunque fácilmente pudiera haber caído en el tópico recetario maniqueo del clásico pedagogo teórico, Miguel F. Villegas sabe evitarlo. Si a veces tiende a tratar las situaciones con cierto esquematismo, lo hace en su justa medida como tributo al público al que se dirige en primera línea (aunque también es de interés para profesores), para captar su empatía, algo que a buen seguro logra. La historia de Como agua entre los dedos – aunque el nombre del centro, Mercadante de Bretaña, insinúe su ubicación en Sevilla, ciudad en cuya catedral trabajó el escultor bretón del siglo XV al que hace honor el título-, transcurre en un instituto de enseñanza secundaria que pudiera ser el de cualquier ciudad del mundo de nuestra órbita cultural. La iniciativa del profesor de filosofía, Samuel, un educador nato en buena sintonía con los chavales, juvenil, luchador, optimista y positivo, consigue poner en marcha en el instituto un proyecto de participación democrática e implicación de los alumnos que cambiará por completo sus vidas y los redimirá de su apatía. El texto da vida a una amplia palestra de caracteres que Villegas recrea con verosimilitud: la variopinta plantilla de profesores, la matizada idiosincrasia de los adolescentes, cuya psicología sabe pormenorizar hábilmente, sus enfrentamientos, su honradez, su agresividad, sus simpatías y sus odios, sus miedos y frustraciones… .La rutina del instituto se ve alterada por el revitalizador proyecto de Samuel y la historia axial de suspense detectivesco en que acaban envueltos los protagonistas, una historia genialmente pergeñada alrededor del intento de asesinato de un alumno homosexual a manos de ultras. Encomiable la maestría del autor en el manejo del argot juvenil, que sabe matizar a discreción según la psicología de cada personaje, encomiable también la genialidad de las imágenes -casi siempre simpáticas, a menudo poéticas- de que hace gala la voz narradora. Por su parte, la editorial acierta en la tipografía y en las ilustraciones, de estética cómic muy en consonancia con la frescura de la historia. Falla sólo un poco en la revisión del texto, que contiene algunos errores dactilográficos que habrá que corregir en la segunda edición.
De Villegas se han publicado, además, La isla de los espejos (6ª edición), El monasterio perdido (3ª edición), Tocata y fuga con Bach (agotada la 2ª edición). Es también autor de poemas, obras de teatro para jóvenes y relatos. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura 2008, publicado por la Federación de Editores de España, es el segundo autor español más leído, entre lectores de 10 a 13 años.

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CUANDO EL DOLOR SE HACE POEMA

Cartografía de la materia,

Felipe Sérvulo

Diputación Provincial de Jaén, 2005, 108 págs.

por Anna Rossell

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“Poesía de la nostalgia” fuera acaso la fórmula más concisa y exacta para definir la poesía de Felipe Sérvulo. La melancolía es la esencia de su alma de poeta, ella es la premisa que condiciona la elección que sirve de marco a sus poemarios, es el eje en torno al cual giran sus temáticas, la materia prima indispensable, la espuela que estimula el poema. El autor participa así del mismo espíritu que inspirara a los románticos su ideal de vida y de belleza: el anhelo como objetivo en sí, el incumplimiento del deseo como meta que nos incita a seguir la eterna búsqueda. Sí, leer a Felipe Sérvulo es leer a un autor romántico.

Como hiciera Heinrich von Ofterdingen, el protagonista de la novela homónima de Novalis, para quien la poesía es la manifestación más sublime del arte y que emprende en su búsqueda un camino vital de aprendizaje que no ha de ver su final, también la voz poética de Felipe Sérvulo es un Yo eternamente errante, una voz desgarrada por la soledad, atormentada en lo más hondo por la constante compañía de la ausencia, el intenso dolor y el vivo anhelo, que le arrancan versos de inusitada y excepcional belleza.

He aquí el denominador común de estos dos poemarios, publicados en un único volumen por la Diputación Provincial de Jaén bajo el título de Cartografía de la materia. A pesar de la diferencia que constituye su punto de partida: la contemplación de los cuadros de una exposición de pintura sobre la Guerra de los treinta años, en el primero –La Ciudad de hielo-, y la visita del autor al Cortijo del Fraile (Almería), donde en 1928 sucedió un asesinato que frustró trágicamente el amor de dos amantes, en el segundo –De la pureza de la tierra-, el pulso que late en cada uno de sus versos es el mismo e impregna de estricta coherencia la doble publicación.

Los poemas de Felipe Sérvulo pudieran calificarse como poesía amorosa; lo son, y el poeta redime este maltratado género para devolverle la categoría de verdadera y alta poesía. Pero el epíteto, aunque acertado, no le hace completa justicia; Felipe Sérvulo trasciende los límites de lo estrictamente amoroso en el sentido habitual: para la voz poética de Sérvulo el sentimiento del amor ausente es un estado, puro estado existencial: […] / desde tu lejanía. // Cómo decirte que el tiempo / ya no es, o bien Al levantarme, / encendí tu nombre / y el candelabro de plata / para seguir viviendo (La ciudad de hielo). Este estado es definitorio de la esencia del yo poético, determinante para todos y cada uno de sus sentimientos, para su forma de mirar y de ver el paisaje, para percibir los objetos y el entorno: Después, la casa / me trae las huellas / de los que se fueron; / que no sabe de plazos / la melancolía (De la pureza de la tierra). Como el Werther de Goethe, el yo poético de Sérvulo percibe el paisaje a través del sentimiento que le imbuye el dolor de la separación de la amada: […] Ojalá lloviera ahora / que sangra el sol / y el abandono. // […]. // Al cabo de las casas, / ningún murmullo / y las corolas amarillas. // […] (De la pureza de la tierra). Fuera de este estado no hay nada, todo adquiere su sentido a través de este modo “natural” de estar y ser en el mundo. El amor ausente y el yo poético conforman un Todo único. De esta unidad emana el constante diálogo-monólogo de la voz poética con el ser amado eternamente ausente, los versos brotan de esta ausencia, no serían sin ella, son al propio tiempo fuente de dolor y de creación: Eres como los sueños: / estás, te veo, / hablo contigo, / nunca te alcanzo (De la pureza de la tierra). Esta necesaria unidad, de la que depende la vida del Yo, se percibe en las palabras: Te miro / y, cuando la mirada vuelve, / ya no es mía, pero también, estilísticamente, en la forma que adopta el principio absoluto de este diálogo interior e intimista, que se manifiesta perpetuo, ora callado, ora aflorando al exterior en forma de verso; el comienzo del poema no es el comienzo de la voz, ésta se hace audible de repente y prosigue lo que ha comenzado ya en silencio: Pero, dónde la fiesta. / Dónde la risa / de los hombres, / el pulso en las sienes, / el aliento encendido o bien: Cómo contártelo / sin naves de regreso. / Cómo explicarte / que la belleza es inútil. // Que la ciudad sin ti se muere, […] (ambas citas de De la pureza de la tierra), o este otro: Otras veces traspasábamos / los muros encalados/ de nuestra habitación / y revolábamos sobre la tierra / […] / como prodigio de invierno (La ciudad de hielo) –la negrita es mía-. Así la memoria del tiempo pasado es la fuente que alimenta la poesía, la herramienta que la cincela, los poemas del autor jienense están preñados de recuerdo, de pérdida, de soledad, de vivo anhelo sin visos de satisfacción. Éste conforma el equipaje que lleva consigo la voz poética en su errar eterno: […], / en el cofre dispuse algún recuerdo, […] // Al marchar candé la puerta, / no fuera que la soledad / quisiera acompañarme (La ciudad de hielo). La conciencia del fluir del tiempo, que ha perdido su razón de ser: […] // –Mi vida no es mi vida / sino tiempo que pasa- […] (La ciudad de hielo), la destrucción de un pasado feliz, a causa de la guerra: […] // -La recuerdo, / pero hace tanto tiempo…- // Ahora quedan / capiteles mutilados, / cal exhausta / y el aire que alberga / la descarga de los fusileros, en el primer poemario, o por el crimen vengativo: Ninguna vida / […], / junto al hogar helado. // Y el espesor del tiempo / en la sal de la tierra / y en la mentira, en el segundo. Como el panteísta, que ve por doquier la manifestación divina, así la persona amada de los versos de Sérvulo –otro rasgo en común con los románticos esta aspiración a la totalidad, a la unidad de naturaleza y ser humano- se hace ubicua en la naturaleza, el paisaje rural, que puebla los versos, siempre alejados de la gran urbe: […]. // Y marcas el sendero / donde corona el trigo / y el vino joven / que refugia la tiranía / de la tarde (La ciudad de hielo), o bien: […] El aire se hace / armonía pura, / casi vaho, trigo amor, / sementera de carey / y viña nueva, o en este otro: Percibo la quietud, / la opalina de las viejas casas, / mil historias y la ciudad / que se escucha lejana (ambas citas de De la pureza de la tierra). El poema deviene a menudo un canto a la sencillez de la vida campestre idealizada, de la que todos los sentidos participan: Espumeas el puchero / y amasas la esencia de la espiga / y las aceitunas. […]. // Hueles a brega, a leño, / a pan de gloria (De la pureza de la tierra). La intensidad del dolor subvierte la percepción para alimentar la herida; el silencio se hace atronador; la ausencia, presencia lacerante: Está vivo el silencio / sobre la tierra muerta. / Y la novia, la madre, el novio / y el amor, muertos / en silencio vivo. […] (De la pureza de la tierra).

Altamente recomendable este volumen, preclaro heredero de la mejor poesía española. Del autor, galardonado entre otros con los premios de poesía Blas Infante (1986, 1987, 1988), Sant Jordi (1986, 1987), Salvador Espriu (1992) y Ciudad de Ponferrada (1997) y finalista en otros tantos, se han publicado, además, Hasta el límite de las violetas (Ed. La Mano en el Cajón, 1995), Las noches del Sur (Diputación Provincial de Jaén, 1996), Casi la misma luz (Tágilis Ediciones, 1999). La niña de la colina, pendiente de publicación, del cual Alfonso Levi y Pepa Ortiz leyeron algunos poemas en la última tertulia de la Asociación Cultural El Laberinto de Ariadna (Ateneo barcelonés), promete incluso, si cabe, superar el presente.

© Anna Rossell

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Ernesto Sábato o el laberinto de la soledad

ERNESTO SÁBATO O EL LABERINTO DE LA SOLEDAD

Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria
El sábado 29 de abril murió en su casa de siempre, en Santos Lugares, Buenos Aires, Argentina, el gran poeta, pensador y ensayista, Ernesto Sábato, Premio Cervantes 1984. El próximo 24 de junio hubiera cumplido la edad legendaria de 100 años. Es por eso que su muerte no me tomó por sorpresa, al igual que él, yo sabía que su partida era más que inminente; aunque Sábato la esperaba desde hacía más de veinte años. Murió prácticamente ciego, como si su enfermedad hubiese sido una consecuencia directa de su portentoso texto “Informe sobre ciegos”. No en vano Sábato decía que las coincidencias no existen, como si en el fondo todo tuviese un sentido predeterminado, pero ante todo trágico. Y es que la obra de Sábato, como su vida, está signada por el dolor y el sufrimiento. Él mismo decía que siempre sintió estar viviendo en el cuerpo de otro, ese otro era su hermano mayor que había muerto antes de los dos años y al que su madre había bautizado Ernesto. Cuando el Ernesto del que hablo nació, su progenitora decidió llamarlo así para reemplazar al hijo que había perdido. Es posible que eso haya influido en el hecho de querer sobreproteger al hijo; puesto que durante toda la infancia Sábato miraría la vida a través de una ventana, de esa forma vería jugar a los demás niños, los vería correr, caerse y volver a levantarse, los vería pelear y reconciliarse; por lo que la realidad para él era algo que se veía a través de un vidrio, no algo que se vive. Ese sentimiento de soledad y aislamiento aparecerá más tarde en su obra “El Túnel” (1948), publicada inicialmente por la Revista El Sur.
“El Túnel”, narrado en primera persona, presenta algunas semejanzas con esa otra joya literaria de Albert Camus, “El Extranjero” (1942), obra existencialista, donde la incapacidad de mostrar los sentimientos lleva a Mersault, su protagonista, a ser condenado a muerte por un asesinato, que en otras circunstancias le habría valido sólo una ligera pena de prisión. En el caso de Juan Pablo Castel, protagonista de “El Túnel”, él mismo afirma, desde el principio de la obra, que mató a la única mujer que amaba y la única que lo comprendía. Camus, como lo había hecho antes Marguerite Yourcenar con la obra de Virginia Woolf y de Constantino Kavafis, dio a conocer a Ernesto Sábato en los círculos intelectuales de París; y en alemania es Thomas Mann quien lo elogió.
Según Sábato la existencia humana se desarrolla en un túnel en el que hay pequeñas ventanas, en las cuales nos detenemos a mirar otros túneles, y de vez en cuando nos tropezamos con la mirada de otra persona que se ha detenido al mismo tiempo que nosotros y que también nos observa; es entonces cuando hacemos gestos inútiles que buscan establecer una comunicación con ese otro ser que vaga perdido en un túnel paralelo al nuestro. En la obra que nos ocupa, Juan Pablo Castel conoce a María Iribarne, la única persona que se detiene a mirar el pequeño detalle que ha pintado en una obra, “Maternidad”, en la que hay una mujer que observa jugar a un niño, pero en un extremo de la obra hay otra pequeña escena, una mujer mira el mar a través de una pequeña ventana; detalle que ha pasado inadvertido para todos los asistentes a su exposición, menos para ella. Y es que Sábato es, ante todo, el escritor de la soledad y de la incomunicación humana. Su obra metafísica narra el dolor humano, pero también la incomprensión y el desconocimiento que cada uno de nosotros tiene en cuanto a su propio ser se refiere. Para entender mejor esta idea en “Sobre Héroes y Tumbas” (1961), Sábato habla de las máscaras que cada uno de nosotros se pone para ocultarle a los demás nuestros verdaderos sentimientos; dice que para cada ocasión y para cada interlocutor utilizamos una máscara diferente, y que sólo nos despojamos de ella cuando estamos solos o cuando creemos estarlo.
“Sobre Héroes y Tumbas” es también una epopeya, ya que Sábato narra una parte de la historia argentina; pero también es una discusión filosófica y literaria. Hay un capítulo, que debería ser lectura obligatoria en las clases de literatura, en el que dos de sus personajes, Martín y Bruno, hablan de Borges. Pero sobre todo hay una frase que considero maravillosa y que resume muy bien lo que debería ser considerado buena literatura, en ella Bruno le dice a Martín, palabras menos, palabras más, que no entiende porque en Europa le piden a la literatura latinoamericana hablar de gauchos o de la pampa, cuando hablar de una pareja que se besa en un parque, hace que la narración deje de ser local para convertirse en universal. Pero a Martín y a Bruno también los une el fantasma de una mujer, Alejandra. Heredera de una vieja y rancia familia de abolengo, Alejandra termina inmolándose en la casa de sus ancestros junto con su padre, Fernando Vidal Olmos; acto premeditado que busca, a través del rito del fuego, purificar el incesto en el que viven desde hace muchos años. No obstante, Sábato siempre deja abierta una posibilidad hacia un futuro mejor, por ello, al final del libro, hace alusión a una luz encendida en medio de la noche, y luego Martín viaja el sur como una posibilidad de renacimiento y de esperanza. “Sobre Héroes y Tumbas” es, también, una obra surrealista, completamente onírica. No hay que olvidar que Sábato, luego de obtener un Doctorado en Física, había viajado a París en el año de 1938 con una beca para seguir sus estudios en el Instituto Juliot-Curie; pero su encuentro con André Bréton le mostró que había otra senda diferente a la ciencia. Esa senda era la literatura y Sábato se sumergió en ella como si fuese un mar insondable, donde nadaría siempre en busca de una orilla en la cual pudiese descansar; aunque era consciente de ese imposible.
“Abbadón, el exterminador” (1974), es tal vez su obra más compleja y densa, pero también la más perturbadora de su trilogía literaria. Podría decirse que es una continuación de “Informe sobre ciegos”, ese relato prodigioso que hace parte de “Sobre Héroes y Tumbas” *. En este libro, Sábato bucea en realidades y mundos diferentes. Se pasa de la historia argentina y de la historia del siglo XX a mundos aún más oníricos, si cabe la expresión, que en su obra anterior; es una búsqueda del absoluto y una lucha contra fuerzas ocultas que acechan al ser humano. También encontramos crítica literaria y a un Sábato que hace gala de una inmensa erudición y reflexión existencial, donde él se convierte en un personaje más de la ficción. Con dicha obra ganó en Francia, en 1976, el premio a la mejor obra extranjera.
Pero Sábato no sólo fue un excelente novelista, sino un excelente ensayista, que de una u otra forma creó una corriente filosófica, la “cosificación” del hombre contemporáneo. Para Sábato, la angustia y la soledad del hombre del siglo XX, y porque no decirlo del XXI, se debe a una eterna expiación que estaría pagando, por haber dejado a un lado la época de la espiritualidad que imperaba en el Medioevo, donde el mundo giraba en torno a Dios, lo que comúnmente se conoce como teocentrismo; para dar paso al Renacimiento, donde el mundo olvidó a ese ser superior y entronizó a la razón.
Sábato también jugó un papel decisivo en política, en su juventud fue comunista y anarquista. Fue, también, un gran defensor de los Derechos Humanos. En 1984, al año siguiente del derrumbe del gobierno de facto (1976-1983); Raúl Alfonsín creó una comisión, la CONADEP, encargada de investigar el horror de esa larga y tenebrosa noche que fue la dictadura argentina; con el fin primordial que los 30000 desaparecidos, y el horror de las torturas a las que fueron sometidos muchos más, no quedaran en el olvido ni en la impunidad, un esfuerzo heroico para el rescate de la memoria y que aún hoy sigue dando frutos con la condena a perpetuidad, en una prisión común, el pasado 22 de diciembre de 2010, de Jorge Rafael Videla, presidente de facto de la junta militar; el mismo que Ernesto Sábato visitara al comienzo de la dictadura. La comisión en cuestión fue presidida por Sábato y nueve meses después se publicó el informe “Nunca más-Informe de la CONADEP- Septiembre de 1984”, con un prólogo escrito por él.
Para terminar con esta breve presentación de una parte de su extensa obra, quisiera reseñar su último libro “España en los diarios de mi vejez” (2004). Oda a ese país al que los latinoamericanos estamos unidos por sentimientos de rencor y de amor; es una obra lírica e intimista, cuya lectura me produjo un inmenso placer y me hizo recordar ese gran poema de Pablo Neruda, “España en el corazón” (1937).
Es de anotar que la primera vez que escribí sobre Ernesto Sábato, fue en 1980 y 1981, cuando con un gran entusiasmo y pasión leí su obra y escribí una monografía para obtener el diploma universitario en la Universidad Javeriana. Trabajo que fue dirigido por el gran docente y crítico literario Cristo Rafael Figueroa, alguien a quien respeto y admiro profundamente. La lectura y análisis del universo sabatiano, tuvieron una fuerte influencia en mi desarrollo y madurez; nunca más volví a ser la misma, Sábato, sin saberlo, me cambió la vida para siempre.

*Para mayor información sobre Informe sobre ciegos puede leerse en mi blog la entrada titulada: Ernesto Sábato: elementos míticos en Informe sobre ciegos.
Blog: http://beluesfeminas.blogspot.com
Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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«No matéis al gorrión»

«NO MATÉIS AL GORRIÓN» de Antonio Medina Guevara

Antonio es un niño que ya ama a su vecina Isabel desde que la vio por primera vez. La Guerra Civil acaba de terminar y en el pueblo la vida vuelve a su cauce, aunque los dos bandos de la contienda todavía persisten, enconados, en lo cotidiano.
Antonio ayuda a su padre en las tareas del campo… y va creciendo hasta que decide irse a estudiar en la capital.

«No matéis al gorrión» es una historia de amor que va más allá de la muerte. Un pueblo con la naturaleza a flor de piel, una calavera de plata y dos jóvenes amantes, Antonio e Isabel. El odio fratricida, el despertar sexual, el bosque exuberante, los secretos de los masones… Una novela deliciosa, emocionante y trágica a su manera, ambientada en la oscura España de la posguerra, pero con una mirada romántica y una rara y hermosa sensibilidad.

Fragmento de la obra:

Otro día vino Marina. Con mi madre.
Me alegré mucho al verla. Ella es la mejor de mis .
Le agradecí mucho su visita, que venía de lejos; se lo dije,
pero creo que no me oyó.
Se quedó un buen rato llorando después de dejar un ramo de
flores raras y preciosas.
No dijo ni palabra.
Tenía la mirada de una mujer enamorada; le brillaban los ojos
como dos luceros…, y pensé nuevamente en el hombre que esté
a su lado… ¡No sabe la suerte que tiene…!
Se fue como había venido: Llorando.
¡Que bonita que es Marina…!
¡¿Y mi madre…?!
Mi madre tiene su cara igual a la de la madre de Isabel:
blanca y transparente.
¡Que pena de mi madre…!
Con su rostro que es el espejo del rostro de algunas madres.
Tiene la mirada húmeda de niebla, llena de lamentos…,
con una melancólica hermosura que es un retrato de sus
pensamientos.
Sus cabellos siguen siendo negros y sedosos; unas canas,
blancas, como hebras de mármol y plata, ya empiezan a tintarlos.
Al verla, pienso que la tristeza es siempre de color blanco y que
a ella ya le sale por sus cabellos.
Su piel es pálida como el alabastro de las tumbas, pero
rabiosamente bonita, como si por los poros de su piel se filtrara
todo lo que lleva dentro.
Ya perdió sus primaveras, pero aún le brillan los ojos…,
¡como dos estrellas!
Esos ojos tan llenos de sol; tan llenos de antes y de noche,
con lágrimas de cera y cristal…, ¡como a una dolorosa…!
¡Que pena de mi madre…!
Sus días están enterrados en la misma tierra de mis noches:
…¡donde se pudren los huesos!

Sobre el autor:

Su niñez, dentro de los míseros tiempos que corrían, fue perfecta. Sus primeros andares por la vida no podían ser mejores: campo, naturaleza y, sobre todo, libertad. A los doce años se trasladó a Granada para entrar en un internado, con una beca de estudios que entonces sólo podían disfrutar algunos privilegiados. Allí empezó Bachillerato a marchas forzadas y gracias a Don Ramón, su gran maestro, tuvo la oportunidad de aspirar a desarrollar carrera.
Más tarde, en 1967, su familia decidió trasladarse a Barcelona. Sin embargo, nunca se despegó del pueblo ni alejó de su memoria aquella tierra. Se considera admirador de la Generación del 27 y del 98, lo cual queda reflejado en sus textos.

En la pestaña de vídeos podéis ver una presentación muy especial de esta novela.

Critica:

Lo que más me ha gustado de esta novela, son sin duda los personajes que le dan vida. Las descripciones que hace el autor tanto de ellos como de los lugares donde se desarrolla la historia son muy buenos. La última parte del libro me ha parecido sorprendente y muy emotivo.

Cuando comencé la novela me acordé de otra historia de un niño y su vida en un pueblo castellano, se trata de El camino, una hermosa historia de Delibes, y también vino a mi memoria otra novela que tiene como protagonista a un niño y su entorno, es El viento de la luna de Antonio Muñoz Molina.

En resumen que me ha gustado y me ha sorprendido.
Os la recomiendo.

Se puede comprar en la editorial, casa del libro y www.zujar2009@hotmail.com
Vídeo de \»No matéis al gorrión\»

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VATHEK, DE WILLIAM BECKFORD

vathek

Wilde atribuye la siguiente broma a Carlyle: una biografía de Miguel Angel que omitiera toda mención de las obras de Miguel Angel. Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre, que destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo. Simplifiquemos desaforadamente una vida: imaginemos que la integran trece mil hechos. Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11 , 22, 33…; otra, la serie 9, 13, 17, 21..; otra, la serie 3, 12, 21, 30, 39… No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo anterior puede parecer meramente quimérico; desgraciadamente, no lo es. Nadie se resigna a escribir la biografía literaria de un escritor, la biografía militar de un soldado; todos prefieren la biografía genealógica, la biografía económica, la biografía psiquiátrica, la biografía quirúrgica, la biografía tipográfica. Setecientas páginas en octavo comprende cierta vida de Poe; el autor, fascinado por los cambios de domicilio, apenas logra rescatar un paréntesis para el Maelstrom y para la cosmogonía de Eureka. Otro ejemplo: esta curiosa revelación del prólogo de una biografía de Bolívar: «En este libro se habla tan escasamente de batallas como en el que el mismo autor escribió sobre Napoleón». La broma de Carlyle predecía nuestra literatura contemporánea: en 1943 lo paradójico es una biografía de Miguel Angel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Angel. El examen de una reciente biografía de William Beckford (1760 1844) me dicta las anteriores observaciones. William Beckford, de Fonthill, encarnó un tipo suficientemente trivial de millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, constructor de palacios y libertino; Chapman, su biógrafo, desentraña (o procura desentrañar) su vida laberíntica, pero prescinde de un análisis de Vathek, novela a cuyas últimas diez páginas William Beckford debe su gloria. He confrontado varias críticas de Vathek. El prólogo que Mallarmé redactó para su reimpresión de 1876, abunda en observaciones felices (ejemplo: hace notar que la novela principia en la azotea de una torre desde la que se lee el firmamento, para concluir en un subterráneo encantado), pero está escrito en un dialecto etimológico del francés, de ingrata o imposible lectura. Belloc (A Conversation with an Angel, 1928) opina sobre Beckford sin condescender a razones; equipara su prosa a la de Voltaire y lo juzga uno de los hombres más viles de su época, one of the vilest men of his time. Quizá el juicio más lúcido es el de Saintsbury, en el undécimo volumen de la Cambridge History of English Literature. Esencialmente la fábula de Vathek no es compleja. Vathek (Harún Benalmotásim Vatiq Bilá, noveno califa abbasida) erige una torre babilónica para descifrar los planetas. Estos le auguran una sucesión de prodigios, cuyo instrumento será un hombre sin par, que vendrá de una tierra desconocida. Un mercader llega a la capital del imperio: su cara es tan atroz que los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados. El mercader vende una cimitarra al califa; luego desaparece. Grabados en la hoja hay misteriosos caracteres cambiantes que burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre (que luego desaparece también) los descifra; un día significan: Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y digno del mayor príncipe de la tierra; otro: Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar. El califa se entrega a las artes mágicas; la voz del mercader, en la oscuridad, le propone abjurar la fe musulmana y adorar los poderes de las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá contemplar los tesoros que los astros le prometieron, los talismanes que sojuzgan el mundo, las diademas de los sultanes preadamitas y de Suleimán Bendaúd. El ávido califa se rinde; el mercader le exige cuarenta sacrificios humanos. Transcurren muchos años sangrientos; Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a una montaña desierta. La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías de un palacio infinito. No le ha mentido el mercader: el Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y en talismanes, pero también es el Infierno. (En la congénere historia del doctor Fausto, y en las muchas leyendas medievales que la prefiguraron, el Infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del Mal; en ésta es el castigo y la tentación.) Saintsbury y Andrew Lang declaran o sugieren que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura . Arriesgo esta paradoja: el más ilustre de los avernos literarios, el dolente regno de la Comedia, no es un lugar atroz; es un lugar en el que ocurren hechos atroces. La distinción es válida. Stevenson (A Chapter on Dreams) refiere que en los sueños de la niñez lo perseguía un matiz abominable del color pardo; Chesterton (The Man who was Thursday, IV) imagina que en los confines occidentales del mundo acaso existe un árbol que ya es más, y menos, que un árbol, y en los confines orientales, algo, una torre, cuya sola arquitectura es malvada. Poe, en el Manuscrito encontrado en una botella, habla de un mar austral donde crece el volumen de la nave como el cuerpo viviente del marinero; Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a dilucidar el horror de la blancura insoportable de la ballena… He prodigado ejemplos; quizá hubiera bastado observar que el Infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla. La Divina Comedia es el libro más justificable y más firme de todas las literaturas: Vathek es una mera curiosidad, the perfume and suppliance of a minute; creo, sin embargo, que Vathek pronostica, siquiera de un modo rudimentario, los satánicos esplendores de Thomas de Quincey y de Poe, de Charles Baudelaire y de Huysmans. Hay un intraducible epíteto inglés, el epíteto uncanny, para denotar el horror sobrenatural; ese epiteto (unheimlich en alemán) es aplicable a ciertas páginas de Vathek; que yo recuerde, a ningún otro libro anterior. Chapman indica algunos libros que influyeron en Beckford: la Bibliothéque Orientale, de Barthélemy d’Herbelot; los Quatre Facardins, de Hamilton; La Princesa de Babylone, de Voltaire; las siempre denigradas y admirables Mille et une Nuits, de Galland. Yo complementaría esa lista con las Carceri d’invenzione, de Piranesi; aguafuertes alabadas por Beckford, que representan poderosos palacios, que son también laberintos inextricables. Beckford, en el primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco sentidos; Marino, en el Adone, ya había descrito cinco jardines análogos. Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia de su califa. La escribió en idioma francés; Henley la tradujo al inglés en 1785. El original es infiel a la traducción; Saintsbury observa que el francés del siglo XVIII es menos apto que el inglés para comunicar los «indefinidos horrores» (la frase es de Beckford) de la singularísima historia. La versión inglesa de Henley figura en el volumen 856 de la Everyman’s Library; la editorial Perrin, de París, ha publicado el texto original, revisado y prologado por Mallarmé. Es raro que la laboriosa bibliografía de Chapman ignore esa revisión y ese prólogo.

Jorge Luis Borges

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