Santa Compaña. Un análisis.

*Por Verónica Pedemonte.
Escritora

Lo primero que debemos preguntarnos es qué papel desempeña el título Santa Compaña en esta novela.

Dediegos, un personaje tierno y caótico, tiene la imperiosa necesidad de ser escritor, una necesidad que lo sitúa entre  Quijote y El Buscón a partes iguales, que lo hace levitar e ir a parar a un limbo imposible de elucubraciones propias de la filosofía existencialista, un surrealismo naif, y el teatro del absurdo con personajes que escapan de la tutela del autor rebelándose contra su creador. Teatro del absurdo que se caracteriza por tramas que parecen carecer de significado, diálogos repetitivos y falta de secuencia dramática que  crean una atmósfera onírica de corte existencialista que cuestiona a la sociedad y al ser humano. La incoherencia, el disparate y lo ilógico, lo otro y los otros  como espejos de sí mismo, a través de los que llegar a un principio de conciencia en ese otro lado que nos remite al Lewis Carroll más complejo. Así en una de sus delirantes reflexiones y a modo de un Platón en el mercado , Dediegos se acerca a un carnicero y le pide que con las mitades de dos animales haga uno solo. Dediegos como el individuo, indefenso y creador al mismo tiempo, el carnicero como Dios, destructor y creador a la par.

En toda la novela hay una continua oscilación entre lo sublime y lo grotesco , entre la reflexión más profunda, la lírica ingenua, y lo escatológico. Y se sitúa, como también lo hace el teatro del absurdo, entre la fantasía, el sueño y la pesadilla.

 Dediegos, pese a su cabeza a pájaros en vuelo intermitente, busca una ética del no sentido en una sociedad del sinsentido . La presencia de la muerte y sus ángeles exterminadores(Santa Compaña) como referente de fondo, es generadora de ansiedad, compromiso y nihilismo a partes iguales.

 Hombres como bestias y bestias como hombres en la más pura evocación de un Ionesco o un Kafka.

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La filosofía existencialista es una filosofía sin sistema (nada que ver con categorías kantianas) como Dediegos Gracia es un personaje irracional asistemático que va contra el sistema. Y que en la imposibilidad de encontrar una verdad absolutamente probable desea hallar algo verdadero sobre lo que jugarse la existencia.

Un huérfano con más en común con un Raskolnikov de Dostoiesvski y su Crimen y castigo, que con un Rinconete  porque carece del realismo visceral del huérfano español. Pero, si para  Rodya los superhombres eran como Napoleón, para Dediegos son esos próceres de la literatura a los que a la vez odia y pretende emular, pero que, en el fondo, desprecia, tal vez porque, según su punto de vista, lo alejan de la ética. Dediegos, como Rodya, empeña también los ahorros de una anciana, pero esta muerta es una muerta amada que muere de muerte natural, con lo que el delito, como todos los de García, encuentra la expiación del dilema moral en su conciencia.

Menos consistente que un huérfano de Dickens, parece estar hecho de aguas de borrajas, o como muy bien diría Rimbaud de “las escurriduras” que viene a ser la Literatura con respecto de la vida.

Excepto en el amor y la pasión, donde podríamos aplicar la frase de Lacan que Sartre pronunció de forma irónica cuando dijo “El ser humano es cósmico” y sustituyó la s de cósmico por la S rayada del dólar. Posibilidades de riqueza que atormentan sus relaciones amorosas llevándolo a ensueños imposibles donde convive  a la vez el idealista desinteresado con un furibundo predador que tiene su alter ego en Piojo, y de quien de Dediegos, a la vez víctima, héroe y victimario, intenta continuamente zafarse hasta el final del zafarrancho

Nuestro protagonista es a la vez “un ser en el mundo” y un ser fuera del mundo,  y aquí lo volátil es virtud que puede en sus delirios hacerlo salir de sí mismo y mirarse desde fuera. Y ese verse a sí desde fuera, lo hace más sartriano que heiddegeriano, en su compromiso con la libertad individual y colectiva. Porque es la libertad  a un mismo tiempo una conquista y una condena encadenada a la responsabilidad. El infierno está en la mirada del otro, “el infierno son los demás” pero esos demás cohabitan todos en Dediegos hasta la apoteosis final. En donde todo se consume en un recuerdo a las últimas páginas del Quijote, apareciendo y desapareciendo diversos personajes de la historia propia y de la Historia de la Cultura. En “los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. La batalla que se desarrolló en la mente del protagonista ha tocado a su fin.

Dediegos supera el orteguiano “Yo soy yo y mis circunstancias” porque él es él y todas las circunstancias. No es la realidad externa la que cae ante sus ojos como un sistema decodificado, que a su vez lo deja íntegro ante sí mismo, es su propia realidad la que se desmorona y lo deja solo frente a la nada. La nada Nadin personaje femenino al que él invoca y ama porque sabe que es lo único seguro a lo que paradójicamente puede aferrarse. Abrazar el vacío para no caer en el vacío, todo un compendio de filosofía oriental navegando entre las máscaras del teatro del absurdo. Porque al punto en que se halla hoy el llamado Primer Mundo es más probable que Siddharta nazca al pie de un centro comercial de una ciudad de Occidente, que en un palacio del Oriente lejano hacia donde parece encaminarse, por mor de la economía, el Imperio. Entonces Siddhartha no sería otra cosa que la conciencia que surge del fango, del embrollo, y del caos de un sistema de valores (a la vez éticos y bursátiles) que cae inexorablemente.

En definitiva, una sonora bofetada al universo cartesiano que parte de la conciencia de un personaje singular.

*Verónica  Pedemonte  Morillo-Velarde

El Puerto de Santa María       mayo de 2011

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KIRMEN URIBE

KIRMEN URIBE
Bilbao – New York – Bilbao

“Vojtech (Jasny) me dijo una frase: “Nada ocurre en vano””. (Bilbao-New York-Bilbao. Editorial Seix Barral S.A. 2009, página 156). La lectura de esta sabia sentencia, con la cual se puede, o no, estar de acuerdo, me hizo pensar en Ernesto Sabato y en todas las veces en que ha insistido en que la casualidad no existe. Este libro, cuya acción transcurre en un vuelo transoceánico, lo adquirí en el aeropuerto de Barcelona, mientras hacía una escala técnica. Primera “coincidencia”. Lo leí en el 2010 con el fin de darme una especie de vacaciones de un estudio que en ese momento estaba realizando sobre un autor ya desaparecido. En uno de sus libros emblemáticos el tema central gira alrededor del mar, de los barcos y de los marineros. Segunda “coincidencia”; por lo demás bastante extraña. Al ver el libro en la librería me asaltó el recuerdo de haber escuchado en TV española que había obtenido dos premios bastante importantes, nada menos que el Premio Nacional de Narrativa 2009 y el Premio Nacional de Crítica 2008 en lengua vasca, euskera, como prefiere nombrarla Kirmen Uribe (Ondarroa, Viscaya, 1970). También obtuvo el Premio de la Fundación Ramón Rubial y el Premio del Gremio de Libreros de Euskadi.
Conozco muy poco del pueblo vasco, a pesar que la región cafetera colombiana está llena de sus descendientes, o de descendientes gallegos como es mi caso, aunque siempre prefiera decir que mis raíces están ancoradas en África y en los pueblos indígenas y no en España. Simplemente soy el producto de una mezcla de culturas, como la escena de las dos niñas que juegan a cazar mariposas con una sábana, al final del libro de Kirmen Uribe. Una es blanca y la otra negra. Una es descendiente de marineros vascos y la otra es descendiente de marineros senegaleses. Una historia común las une más allá de cualquier línea divisoria de odios racistas, la pesca, y los avatares de la vida en el mar, y por supuesto una lengua: el euskera, hablada en la actualidad solamente por una comunidad de 250.000 personas.
Kirmen Uribe ha escrito un hermoso libro sobre el país vasco y sobre la historia de una familia. Es un relato que abarca tres generaciones. La del marinero Liborio Uribe, su hijo, patrón del barco Dos Amigos, y el nieto Kirmen, filólogo de formación, con estudios de postgrado en literatura Comparada en la Universidad de Trento, escritor de profesión. Pero también está el hijo de su compañera Unai, a quien le rinde un cálido homenaje con un emotivo poema: “Naciste a mis ojos con trece años./ Así, de repente./ Fue un parto muy original,/ pues naciste mientras cenábamos una pizza”. La presencia de Unai deja la obra abierta, con la posibilidad de continuar más tarde con su propia historia. Es como un rond-point donde coinciden diversos caminos, pero que también se abre a nuevas y desconocidas rutas.
Y aunque es una historia de hombres, está siempre iluminada por un faro que no los deja perderse en las tempestades marinas o en las tempestades metafísicas. Ese faro es la mujer. Bien sea la abuela, la madre, la tía, o Nerea, la compañera de Kirmen y madre de Unai, son personajes femeninos que dan una fuerza vital a la creación de la ficción, o la descripción de la realidad, como quiera llamarse al libro de Uribe.
Sin embargo, no es la parte lírica de la obra la que me ha llamado la atención, sino la construcción misma de la novela, o de la biografía o de la autobiografía, o de la historia reciente de un pueblo que se negó a desaparecer bajo la dura dictadura franquista. Bilbao-New York-Bilbao es, incluso, una reflexión sobre la creación literaria, un manual, o guía, sobre la construcción narrativa. Concepto que luego encontré en una crítica de Jon Kortazar: “Me interesa más el mundo conceptual y la configuración teórica que propone que el argumento mismo del texto. Es decir, prefiero el aspecto del libro que me ha llevado a pensar sobre él, que la forma en que emociona, que es una de las virtudes que los lectores subrayan en la novela”.
Kirmen Uribe, con su obra Bilbao-New York-Bilbao, se impone como un referente obligado en las letras hispanas contemporáneas. No obstante, ésta no es su única obra. Hasta el 2008 era más conocido por sus libros para niños, siempre escritos en euskera, y por su poesía. Incluso el año pasado Patxi López, en su posesión como Lehendakari, leyó uno de sus poemas: Mayo.
Mira, ha entrado mayo,
Ha extendido su párpado azul sobre el puerto.
Ven, hace tiempo que no sé de ti,
Se te ve tembloroso, como esos gatitos que ahogamos siendo niños.
Ven, y hablaremos de las cosas de siempre,
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglárselas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro.
Ven, siente en tu rostro la mañana,
Cuando estamos tristes, todo nos parece oscuro;
Cuando estamos fuertes, el mundo se desmigaja.
Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas,
Sea un secreto, un error o un gesto.
Ven y pondremos verdes a los vencedores,
Saltaremos desde el puente riéndonos de nosotros mismos.
Contemplaremos en silencio las grúas del puerto,
Porque estar juntos en silencio es
La mejor prueba de la amistad.
Vente conmigo, quiero cambiar de país,
Dejar este cuerpo mío a un lado
Y meterme contigo en una concha,
Con nuestra pequeñez, como los bígaros.
Ven, te espero,
Continuaremos la historia interrumpida hace un año,
Como si no tuvieran un círculo más
los abedules blancos de la rivera.
Una deferencia respetuosa para el escritor Kirmen Uribe; pero sobre todo un hermoso homenaje a las raíces de un pueblo que se niega a ahogarse o a fundirse en otra identidad. No en vano Kirmen Uribe, como Fernando Savater, aboga por una educación bilingüe. Es decir, aboga por una identidad vasca, pero sin dejar a un lado la lengua castellana y la tradición inherente a ella.
Blog (Google): vocesdelsilencio.estrada

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LA COHERENCIA DE UNA VIDA

LUDWIG HOHL, LA COHERENCIA DE UNA VIDA

Camino nocturno
Ludwig Hohl
Traducción de Rosa Pilar Blanco
Minúscula, Barcelona, 2010, 124 págs.

por Anna Rossell

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«[…] la obra –como quiera que la definamos- no puede entenderse si no se entiende como un todo unitario. No es una colección de aforismos.“ Esta afirmación de Ludwig Hohl, referida al conjunto de textos de cualquier autor, resume su modo de concebir no sólo la literatura, sino cualquier producción artística, y tanto su vertiente creativa como hermenéutica. Conviene así leer estas palabras del escritor suizo también como una recomendación al lector.
Acercarse a Ludwig Hohl (Netstal –cantón suizo de Glarus-,1904; Ginebra, 1980), gran desconocido aún de la literatura suiza, a pesar de ser considerado por algunos junto a Robert Walser y Friedrich Dürrenmatt como uno de los grandes, supone conocer su mundo, su vida, su método de trabajo, su filosofía. Fiel al principio neorromántico de que el verdadero conocimiento y el utilitarismo se excluyen, seguro de que la fama es inversamente proporcional a la calidad del artista, conformó toda su existencia en función de esta convicción. Autoexiliado, primero en Francia, luego en Austria y Holanda, regresó a su país en 1937 y se instaló en un sótano de la periferia -en Ginebra-, donde desarrolló su filosofía De los márgenes infiltrados, como reza uno de sus títulos -el “brillo irrumpe y aflora del detalle, no del conjunto”, afirma en sus Apuntes-. Allí vivió hasta su muerte y llevó una vida ascética y marginal. Hohl, para quien “todo es obra” -vida, trabajo y creación son sinónimos-, niega que una obra esté concluida. Su método, laboriosamente calvinista, es un larguísimo proceso de depuración –de ahí su hábito de destacar algunas palabras con cursiva-. Así va elaborando a lo largo de cincuenta años su obra axial, Los apuntes o De la reconciliación irreflexiva (1943). Hohl entiende la creación como una negación de la muerte, se desvive en su celoso afán por encontrar la palabra exacta, y con el mismo celo reordena constantemente sus notas, escritas en toda suerte de papeles, que cuelga con pinzas de la ropa en el taller donde escribe y filosofa, su sótano-habitáculo. Hohl es un escritor de lo marginal, del detalle, del que extrae todo su poder simbólico –titula una de sus obras Matices y detalles (1939)-. Concibe su quehacer como una pugna por objetivar lo subjetivo. Sus textos, que se resisten a la clasificación genérica –también esta antología de nueve cuentos, Camino nocturno (1943)- incitan a la reflexión filosófica, y su lectura no puede ser convencional. Las historias que nos ofrece son a veces parábolas de la talla de las de Kafka (La hoja, El erizo, El buscador, Boceto de un boceto del mundo); otras, carentes de hilo narrativo, semejan meras observaciones aparentemente inconexas acerca del brumoso y monótono paisaje holandés, que compara con la nitidez de los escarpados perfiles de los Alpes (Paisajes); o bien son minuciosas descripciones de un atento observador de su entorno que fija su mirada en personajes, actuaciones u objetos, a primera vista intrascendentes (Tres viejas de un pueblo de montaña), algunos textos parecen inconclusos (La borracha), de acuerdo con el concepto productivo del autor, cercano a la estética romántica del fragmento. La importancia narrativa reside tanto en la historia en su conjunto como en las frases que la componen, susceptibles a menudo de ser ordenadas de otro modo sin perder sentido, significativas por sí mismas por lo escueto, sentencioso y contundente de la verdad que encierran: “[…] porque la niebla misma es sólo una figura dentro del día, no impide el día”, “[…] la llegada de la desgracia no dependía de él”, “Para encontrar son necesarias dos cosas: primero, perder; segundo haber encontrado”, o bien “Yo no puedo reconciliarme con usted, pues así lo negaría a usted”. Hohl, que mereció la atención de escritores como Jürg Federspiel, Adolf Muschg, Johannes Beringer –su más profundo conocedor-, Christoph Geiser, Kurt Marti y Friedrich Dürrenmatt, de artistas como Rolf Looser o Hans Aeschbacher y filósofos como Hans F. Rütter o Hans Saner, encarnó la otra Suiza y se perfila como icono de la literatura suiza de rango internacional. Del autor se han publicado, además, en España Escalada y Matices y detalles (Minúscula y Dvd, 2008, respectivamente).

© Anna Rossell

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APRENDER VIVIENDO

COMO AGUA ENTRE LOS DEDOS
Miguel F. Villegas
Ediciones Aljibe, Málaga, 2010, 302 págs.

por Anna Rossell

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Encantadora y principal esta nueva novela de Miguel F. Villegas. Encantadora en el sentido literal, pues atrapa al lector como por arte de encantamiento –aunque nada en ella sea sobrenatural, aunque todo se deba a las virtudes tangibles de la buena capacidad para la escritura y la fabulación de historias-. Principal, porque todo en ella es esencial para una cuestión fundamental en toda sociedad responsable y civilizada: la educación de sus jóvenes.

Miguel F. Villegas (Jerez de la Frontera –Cádiz-), maestro, licenciado en geografía e historia, músico y escritor, cuenta a sus espaldas con una larguísima experiencia como profesor de instituto en Sevilla. Su dedicación a la escritura se nutre de esta experiencia, que ha ido forjando su convicción y su fe en el ser humano y sabe de la trascendencia de la etapa adolescente para la vida de todo individuo. El autor reúne las cualidades de un verdadero maestro, el que sabe enseñar aprovechando las cualidades positivas de cada cual, en las que cree y por las que apuesta firmemente. Como agua entre los dedos destila este espíritu por los cuatro costados. La novela, cuyos protagonistas son chavales de instituto de quince años, apunta y ha de atraer a un público lector más amplio aún -aún más joven-, con lo cual asegura un mayor impacto educativo, objetivo que el libro se propone claramente. El autor sabe manejar a las mil maravillas todos los ingredientes que han de sazonar, en sus justas cantidades, un libro así para surtir el efecto deseado en sus lectores. Frescura, simpatía, suspense y tensión dramática son los aderezos para un texto que toca en mayor o menor medida los problemas más acuciantes de nuestra actualidad: la democracia, la homosexualidad, los fanatismos, la violencia gratuita –incluida la de género-, la ecología y las graves consecuencias de una conducción irresponsable. Y, aunque fácilmente pudiera haber caído en el tópico recetario maniqueo del clásico pedagogo teórico, Miguel F. Villegas sabe evitarlo. Si a veces tiende a tratar las situaciones con cierto esquematismo, lo hace en su justa medida como tributo al público al que se dirige en primera línea (aunque también es de interés para profesores), para captar su empatía, algo que a buen seguro logra. La historia de Como agua entre los dedos – aunque el nombre del centro, Mercadante de Bretaña, insinúe su ubicación en Sevilla, ciudad en cuya catedral trabajó el escultor bretón del siglo XV al que hace honor el título-, transcurre en un instituto de enseñanza secundaria que pudiera ser el de cualquier ciudad del mundo de nuestra órbita cultural. La iniciativa del profesor de filosofía, Samuel, un educador nato en buena sintonía con los chavales, juvenil, luchador, optimista y positivo, consigue poner en marcha en el instituto un proyecto de participación democrática e implicación de los alumnos que cambiará por completo sus vidas y los redimirá de su apatía. El texto da vida a una amplia palestra de caracteres que Villegas recrea con verosimilitud: la variopinta plantilla de profesores, la matizada idiosincrasia de los adolescentes, cuya psicología sabe pormenorizar hábilmente, sus enfrentamientos, su honradez, su agresividad, sus simpatías y sus odios, sus miedos y frustraciones… .La rutina del instituto se ve alterada por el revitalizador proyecto de Samuel y la historia axial de suspense detectivesco en que acaban envueltos los protagonistas, una historia genialmente pergeñada alrededor del intento de asesinato de un alumno homosexual a manos de ultras. Encomiable la maestría del autor en el manejo del argot juvenil, que sabe matizar a discreción según la psicología de cada personaje, encomiable también la genialidad de las imágenes -casi siempre simpáticas, a menudo poéticas- de que hace gala la voz narradora. Por su parte, la editorial acierta en la tipografía y en las ilustraciones, de estética cómic muy en consonancia con la frescura de la historia. Falla sólo un poco en la revisión del texto, que contiene algunos errores dactilográficos que habrá que corregir en la segunda edición.
De Villegas se han publicado, además, La isla de los espejos (6ª edición), El monasterio perdido (3ª edición), Tocata y fuga con Bach (agotada la 2ª edición). Es también autor de poemas, obras de teatro para jóvenes y relatos. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura 2008, publicado por la Federación de Editores de España, es el segundo autor español más leído, entre lectores de 10 a 13 años.

© Anna Rossell

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Ernesto Sábato o el laberinto de la soledad

ERNESTO SÁBATO O EL LABERINTO DE LA SOLEDAD

Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria
El sábado 29 de abril murió en su casa de siempre, en Santos Lugares, Buenos Aires, Argentina, el gran poeta, pensador y ensayista, Ernesto Sábato, Premio Cervantes 1984. El próximo 24 de junio hubiera cumplido la edad legendaria de 100 años. Es por eso que su muerte no me tomó por sorpresa, al igual que él, yo sabía que su partida era más que inminente; aunque Sábato la esperaba desde hacía más de veinte años. Murió prácticamente ciego, como si su enfermedad hubiese sido una consecuencia directa de su portentoso texto “Informe sobre ciegos”. No en vano Sábato decía que las coincidencias no existen, como si en el fondo todo tuviese un sentido predeterminado, pero ante todo trágico. Y es que la obra de Sábato, como su vida, está signada por el dolor y el sufrimiento. Él mismo decía que siempre sintió estar viviendo en el cuerpo de otro, ese otro era su hermano mayor que había muerto antes de los dos años y al que su madre había bautizado Ernesto. Cuando el Ernesto del que hablo nació, su progenitora decidió llamarlo así para reemplazar al hijo que había perdido. Es posible que eso haya influido en el hecho de querer sobreproteger al hijo; puesto que durante toda la infancia Sábato miraría la vida a través de una ventana, de esa forma vería jugar a los demás niños, los vería correr, caerse y volver a levantarse, los vería pelear y reconciliarse; por lo que la realidad para él era algo que se veía a través de un vidrio, no algo que se vive. Ese sentimiento de soledad y aislamiento aparecerá más tarde en su obra “El Túnel” (1948), publicada inicialmente por la Revista El Sur.
“El Túnel”, narrado en primera persona, presenta algunas semejanzas con esa otra joya literaria de Albert Camus, “El Extranjero” (1942), obra existencialista, donde la incapacidad de mostrar los sentimientos lleva a Mersault, su protagonista, a ser condenado a muerte por un asesinato, que en otras circunstancias le habría valido sólo una ligera pena de prisión. En el caso de Juan Pablo Castel, protagonista de “El Túnel”, él mismo afirma, desde el principio de la obra, que mató a la única mujer que amaba y la única que lo comprendía. Camus, como lo había hecho antes Marguerite Yourcenar con la obra de Virginia Woolf y de Constantino Kavafis, dio a conocer a Ernesto Sábato en los círculos intelectuales de París; y en alemania es Thomas Mann quien lo elogió.
Según Sábato la existencia humana se desarrolla en un túnel en el que hay pequeñas ventanas, en las cuales nos detenemos a mirar otros túneles, y de vez en cuando nos tropezamos con la mirada de otra persona que se ha detenido al mismo tiempo que nosotros y que también nos observa; es entonces cuando hacemos gestos inútiles que buscan establecer una comunicación con ese otro ser que vaga perdido en un túnel paralelo al nuestro. En la obra que nos ocupa, Juan Pablo Castel conoce a María Iribarne, la única persona que se detiene a mirar el pequeño detalle que ha pintado en una obra, “Maternidad”, en la que hay una mujer que observa jugar a un niño, pero en un extremo de la obra hay otra pequeña escena, una mujer mira el mar a través de una pequeña ventana; detalle que ha pasado inadvertido para todos los asistentes a su exposición, menos para ella. Y es que Sábato es, ante todo, el escritor de la soledad y de la incomunicación humana. Su obra metafísica narra el dolor humano, pero también la incomprensión y el desconocimiento que cada uno de nosotros tiene en cuanto a su propio ser se refiere. Para entender mejor esta idea en “Sobre Héroes y Tumbas” (1961), Sábato habla de las máscaras que cada uno de nosotros se pone para ocultarle a los demás nuestros verdaderos sentimientos; dice que para cada ocasión y para cada interlocutor utilizamos una máscara diferente, y que sólo nos despojamos de ella cuando estamos solos o cuando creemos estarlo.
“Sobre Héroes y Tumbas” es también una epopeya, ya que Sábato narra una parte de la historia argentina; pero también es una discusión filosófica y literaria. Hay un capítulo, que debería ser lectura obligatoria en las clases de literatura, en el que dos de sus personajes, Martín y Bruno, hablan de Borges. Pero sobre todo hay una frase que considero maravillosa y que resume muy bien lo que debería ser considerado buena literatura, en ella Bruno le dice a Martín, palabras menos, palabras más, que no entiende porque en Europa le piden a la literatura latinoamericana hablar de gauchos o de la pampa, cuando hablar de una pareja que se besa en un parque, hace que la narración deje de ser local para convertirse en universal. Pero a Martín y a Bruno también los une el fantasma de una mujer, Alejandra. Heredera de una vieja y rancia familia de abolengo, Alejandra termina inmolándose en la casa de sus ancestros junto con su padre, Fernando Vidal Olmos; acto premeditado que busca, a través del rito del fuego, purificar el incesto en el que viven desde hace muchos años. No obstante, Sábato siempre deja abierta una posibilidad hacia un futuro mejor, por ello, al final del libro, hace alusión a una luz encendida en medio de la noche, y luego Martín viaja el sur como una posibilidad de renacimiento y de esperanza. “Sobre Héroes y Tumbas” es, también, una obra surrealista, completamente onírica. No hay que olvidar que Sábato, luego de obtener un Doctorado en Física, había viajado a París en el año de 1938 con una beca para seguir sus estudios en el Instituto Juliot-Curie; pero su encuentro con André Bréton le mostró que había otra senda diferente a la ciencia. Esa senda era la literatura y Sábato se sumergió en ella como si fuese un mar insondable, donde nadaría siempre en busca de una orilla en la cual pudiese descansar; aunque era consciente de ese imposible.
“Abbadón, el exterminador” (1974), es tal vez su obra más compleja y densa, pero también la más perturbadora de su trilogía literaria. Podría decirse que es una continuación de “Informe sobre ciegos”, ese relato prodigioso que hace parte de “Sobre Héroes y Tumbas” *. En este libro, Sábato bucea en realidades y mundos diferentes. Se pasa de la historia argentina y de la historia del siglo XX a mundos aún más oníricos, si cabe la expresión, que en su obra anterior; es una búsqueda del absoluto y una lucha contra fuerzas ocultas que acechan al ser humano. También encontramos crítica literaria y a un Sábato que hace gala de una inmensa erudición y reflexión existencial, donde él se convierte en un personaje más de la ficción. Con dicha obra ganó en Francia, en 1976, el premio a la mejor obra extranjera.
Pero Sábato no sólo fue un excelente novelista, sino un excelente ensayista, que de una u otra forma creó una corriente filosófica, la “cosificación” del hombre contemporáneo. Para Sábato, la angustia y la soledad del hombre del siglo XX, y porque no decirlo del XXI, se debe a una eterna expiación que estaría pagando, por haber dejado a un lado la época de la espiritualidad que imperaba en el Medioevo, donde el mundo giraba en torno a Dios, lo que comúnmente se conoce como teocentrismo; para dar paso al Renacimiento, donde el mundo olvidó a ese ser superior y entronizó a la razón.
Sábato también jugó un papel decisivo en política, en su juventud fue comunista y anarquista. Fue, también, un gran defensor de los Derechos Humanos. En 1984, al año siguiente del derrumbe del gobierno de facto (1976-1983); Raúl Alfonsín creó una comisión, la CONADEP, encargada de investigar el horror de esa larga y tenebrosa noche que fue la dictadura argentina; con el fin primordial que los 30000 desaparecidos, y el horror de las torturas a las que fueron sometidos muchos más, no quedaran en el olvido ni en la impunidad, un esfuerzo heroico para el rescate de la memoria y que aún hoy sigue dando frutos con la condena a perpetuidad, en una prisión común, el pasado 22 de diciembre de 2010, de Jorge Rafael Videla, presidente de facto de la junta militar; el mismo que Ernesto Sábato visitara al comienzo de la dictadura. La comisión en cuestión fue presidida por Sábato y nueve meses después se publicó el informe “Nunca más-Informe de la CONADEP- Septiembre de 1984”, con un prólogo escrito por él.
Para terminar con esta breve presentación de una parte de su extensa obra, quisiera reseñar su último libro “España en los diarios de mi vejez” (2004). Oda a ese país al que los latinoamericanos estamos unidos por sentimientos de rencor y de amor; es una obra lírica e intimista, cuya lectura me produjo un inmenso placer y me hizo recordar ese gran poema de Pablo Neruda, “España en el corazón” (1937).
Es de anotar que la primera vez que escribí sobre Ernesto Sábato, fue en 1980 y 1981, cuando con un gran entusiasmo y pasión leí su obra y escribí una monografía para obtener el diploma universitario en la Universidad Javeriana. Trabajo que fue dirigido por el gran docente y crítico literario Cristo Rafael Figueroa, alguien a quien respeto y admiro profundamente. La lectura y análisis del universo sabatiano, tuvieron una fuerte influencia en mi desarrollo y madurez; nunca más volví a ser la misma, Sábato, sin saberlo, me cambió la vida para siempre.

*Para mayor información sobre Informe sobre ciegos puede leerse en mi blog la entrada titulada: Ernesto Sábato: elementos míticos en Informe sobre ciegos.
Blog: http://beluesfeminas.blogspot.com
Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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