LA COHERENCIA DE UNA VIDA

LUDWIG HOHL, LA COHERENCIA DE UNA VIDA

Camino nocturno
Ludwig Hohl
Traducción de Rosa Pilar Blanco
Minúscula, Barcelona, 2010, 124 págs.

por Anna Rossell

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«[…] la obra –como quiera que la definamos- no puede entenderse si no se entiende como un todo unitario. No es una colección de aforismos.“ Esta afirmación de Ludwig Hohl, referida al conjunto de textos de cualquier autor, resume su modo de concebir no sólo la literatura, sino cualquier producción artística, y tanto su vertiente creativa como hermenéutica. Conviene así leer estas palabras del escritor suizo también como una recomendación al lector.
Acercarse a Ludwig Hohl (Netstal –cantón suizo de Glarus-,1904; Ginebra, 1980), gran desconocido aún de la literatura suiza, a pesar de ser considerado por algunos junto a Robert Walser y Friedrich Dürrenmatt como uno de los grandes, supone conocer su mundo, su vida, su método de trabajo, su filosofía. Fiel al principio neorromántico de que el verdadero conocimiento y el utilitarismo se excluyen, seguro de que la fama es inversamente proporcional a la calidad del artista, conformó toda su existencia en función de esta convicción. Autoexiliado, primero en Francia, luego en Austria y Holanda, regresó a su país en 1937 y se instaló en un sótano de la periferia -en Ginebra-, donde desarrolló su filosofía De los márgenes infiltrados, como reza uno de sus títulos -el “brillo irrumpe y aflora del detalle, no del conjunto”, afirma en sus Apuntes-. Allí vivió hasta su muerte y llevó una vida ascética y marginal. Hohl, para quien “todo es obra” -vida, trabajo y creación son sinónimos-, niega que una obra esté concluida. Su método, laboriosamente calvinista, es un larguísimo proceso de depuración –de ahí su hábito de destacar algunas palabras con cursiva-. Así va elaborando a lo largo de cincuenta años su obra axial, Los apuntes o De la reconciliación irreflexiva (1943). Hohl entiende la creación como una negación de la muerte, se desvive en su celoso afán por encontrar la palabra exacta, y con el mismo celo reordena constantemente sus notas, escritas en toda suerte de papeles, que cuelga con pinzas de la ropa en el taller donde escribe y filosofa, su sótano-habitáculo. Hohl es un escritor de lo marginal, del detalle, del que extrae todo su poder simbólico –titula una de sus obras Matices y detalles (1939)-. Concibe su quehacer como una pugna por objetivar lo subjetivo. Sus textos, que se resisten a la clasificación genérica –también esta antología de nueve cuentos, Camino nocturno (1943)- incitan a la reflexión filosófica, y su lectura no puede ser convencional. Las historias que nos ofrece son a veces parábolas de la talla de las de Kafka (La hoja, El erizo, El buscador, Boceto de un boceto del mundo); otras, carentes de hilo narrativo, semejan meras observaciones aparentemente inconexas acerca del brumoso y monótono paisaje holandés, que compara con la nitidez de los escarpados perfiles de los Alpes (Paisajes); o bien son minuciosas descripciones de un atento observador de su entorno que fija su mirada en personajes, actuaciones u objetos, a primera vista intrascendentes (Tres viejas de un pueblo de montaña), algunos textos parecen inconclusos (La borracha), de acuerdo con el concepto productivo del autor, cercano a la estética romántica del fragmento. La importancia narrativa reside tanto en la historia en su conjunto como en las frases que la componen, susceptibles a menudo de ser ordenadas de otro modo sin perder sentido, significativas por sí mismas por lo escueto, sentencioso y contundente de la verdad que encierran: “[…] porque la niebla misma es sólo una figura dentro del día, no impide el día”, “[…] la llegada de la desgracia no dependía de él”, “Para encontrar son necesarias dos cosas: primero, perder; segundo haber encontrado”, o bien “Yo no puedo reconciliarme con usted, pues así lo negaría a usted”. Hohl, que mereció la atención de escritores como Jürg Federspiel, Adolf Muschg, Johannes Beringer –su más profundo conocedor-, Christoph Geiser, Kurt Marti y Friedrich Dürrenmatt, de artistas como Rolf Looser o Hans Aeschbacher y filósofos como Hans F. Rütter o Hans Saner, encarnó la otra Suiza y se perfila como icono de la literatura suiza de rango internacional. Del autor se han publicado, además, en España Escalada y Matices y detalles (Minúscula y Dvd, 2008, respectivamente).

© Anna Rossell

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APRENDER VIVIENDO

COMO AGUA ENTRE LOS DEDOS
Miguel F. Villegas
Ediciones Aljibe, Málaga, 2010, 302 págs.

por Anna Rossell

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Encantadora y principal esta nueva novela de Miguel F. Villegas. Encantadora en el sentido literal, pues atrapa al lector como por arte de encantamiento –aunque nada en ella sea sobrenatural, aunque todo se deba a las virtudes tangibles de la buena capacidad para la escritura y la fabulación de historias-. Principal, porque todo en ella es esencial para una cuestión fundamental en toda sociedad responsable y civilizada: la educación de sus jóvenes.

Miguel F. Villegas (Jerez de la Frontera –Cádiz-), maestro, licenciado en geografía e historia, músico y escritor, cuenta a sus espaldas con una larguísima experiencia como profesor de instituto en Sevilla. Su dedicación a la escritura se nutre de esta experiencia, que ha ido forjando su convicción y su fe en el ser humano y sabe de la trascendencia de la etapa adolescente para la vida de todo individuo. El autor reúne las cualidades de un verdadero maestro, el que sabe enseñar aprovechando las cualidades positivas de cada cual, en las que cree y por las que apuesta firmemente. Como agua entre los dedos destila este espíritu por los cuatro costados. La novela, cuyos protagonistas son chavales de instituto de quince años, apunta y ha de atraer a un público lector más amplio aún -aún más joven-, con lo cual asegura un mayor impacto educativo, objetivo que el libro se propone claramente. El autor sabe manejar a las mil maravillas todos los ingredientes que han de sazonar, en sus justas cantidades, un libro así para surtir el efecto deseado en sus lectores. Frescura, simpatía, suspense y tensión dramática son los aderezos para un texto que toca en mayor o menor medida los problemas más acuciantes de nuestra actualidad: la democracia, la homosexualidad, los fanatismos, la violencia gratuita –incluida la de género-, la ecología y las graves consecuencias de una conducción irresponsable. Y, aunque fácilmente pudiera haber caído en el tópico recetario maniqueo del clásico pedagogo teórico, Miguel F. Villegas sabe evitarlo. Si a veces tiende a tratar las situaciones con cierto esquematismo, lo hace en su justa medida como tributo al público al que se dirige en primera línea (aunque también es de interés para profesores), para captar su empatía, algo que a buen seguro logra. La historia de Como agua entre los dedos – aunque el nombre del centro, Mercadante de Bretaña, insinúe su ubicación en Sevilla, ciudad en cuya catedral trabajó el escultor bretón del siglo XV al que hace honor el título-, transcurre en un instituto de enseñanza secundaria que pudiera ser el de cualquier ciudad del mundo de nuestra órbita cultural. La iniciativa del profesor de filosofía, Samuel, un educador nato en buena sintonía con los chavales, juvenil, luchador, optimista y positivo, consigue poner en marcha en el instituto un proyecto de participación democrática e implicación de los alumnos que cambiará por completo sus vidas y los redimirá de su apatía. El texto da vida a una amplia palestra de caracteres que Villegas recrea con verosimilitud: la variopinta plantilla de profesores, la matizada idiosincrasia de los adolescentes, cuya psicología sabe pormenorizar hábilmente, sus enfrentamientos, su honradez, su agresividad, sus simpatías y sus odios, sus miedos y frustraciones… .La rutina del instituto se ve alterada por el revitalizador proyecto de Samuel y la historia axial de suspense detectivesco en que acaban envueltos los protagonistas, una historia genialmente pergeñada alrededor del intento de asesinato de un alumno homosexual a manos de ultras. Encomiable la maestría del autor en el manejo del argot juvenil, que sabe matizar a discreción según la psicología de cada personaje, encomiable también la genialidad de las imágenes -casi siempre simpáticas, a menudo poéticas- de que hace gala la voz narradora. Por su parte, la editorial acierta en la tipografía y en las ilustraciones, de estética cómic muy en consonancia con la frescura de la historia. Falla sólo un poco en la revisión del texto, que contiene algunos errores dactilográficos que habrá que corregir en la segunda edición.
De Villegas se han publicado, además, La isla de los espejos (6ª edición), El monasterio perdido (3ª edición), Tocata y fuga con Bach (agotada la 2ª edición). Es también autor de poemas, obras de teatro para jóvenes y relatos. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura 2008, publicado por la Federación de Editores de España, es el segundo autor español más leído, entre lectores de 10 a 13 años.

© Anna Rossell

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NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE

NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE
Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria

“No hay silencio que no termine”, es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace aproximadamente dos años están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura; el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa. Sin embargo, es sólo ahora que lo he leído. La razón de la espera es muy simple, deseaba hacerlo en la lengua en la que originalmente fue concebido, el francés; por lo que debía esperar para poder adquirirlo. Lo que fue posible ya que desde hace unas semanas estoy en Francia. Lo leí en un espacio de 7 días, no le dediqué las horas de lectura que normalmente hago cuando el libro me apasiona. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de “Même le silence a une fin”, Ediciones Gallimard, 2010.
Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas, primero de una gran admiración por su valentía, me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. Seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando viajé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.
“No hay silencio que no termine”, es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. No obstante, no pude sumergirme en él como yo lo hubiese esperado. Creo que le falta “alma”, es posible que sea a causa de la lengua en el que originariamente fue escrito. Es como si la autora hubiese querido utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio. No hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano. Y al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.
“No hay silencio que no termine”, nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir. Aunque todos conocemos la verdadera razón. Sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.

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Ernesto Sábato o el laberinto de la soledad

ERNESTO SÁBATO O EL LABERINTO DE LA SOLEDAD

Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria
El sábado 29 de abril murió en su casa de siempre, en Santos Lugares, Buenos Aires, Argentina, el gran poeta, pensador y ensayista, Ernesto Sábato, Premio Cervantes 1984. El próximo 24 de junio hubiera cumplido la edad legendaria de 100 años. Es por eso que su muerte no me tomó por sorpresa, al igual que él, yo sabía que su partida era más que inminente; aunque Sábato la esperaba desde hacía más de veinte años. Murió prácticamente ciego, como si su enfermedad hubiese sido una consecuencia directa de su portentoso texto “Informe sobre ciegos”. No en vano Sábato decía que las coincidencias no existen, como si en el fondo todo tuviese un sentido predeterminado, pero ante todo trágico. Y es que la obra de Sábato, como su vida, está signada por el dolor y el sufrimiento. Él mismo decía que siempre sintió estar viviendo en el cuerpo de otro, ese otro era su hermano mayor que había muerto antes de los dos años y al que su madre había bautizado Ernesto. Cuando el Ernesto del que hablo nació, su progenitora decidió llamarlo así para reemplazar al hijo que había perdido. Es posible que eso haya influido en el hecho de querer sobreproteger al hijo; puesto que durante toda la infancia Sábato miraría la vida a través de una ventana, de esa forma vería jugar a los demás niños, los vería correr, caerse y volver a levantarse, los vería pelear y reconciliarse; por lo que la realidad para él era algo que se veía a través de un vidrio, no algo que se vive. Ese sentimiento de soledad y aislamiento aparecerá más tarde en su obra “El Túnel” (1948), publicada inicialmente por la Revista El Sur.
“El Túnel”, narrado en primera persona, presenta algunas semejanzas con esa otra joya literaria de Albert Camus, “El Extranjero” (1942), obra existencialista, donde la incapacidad de mostrar los sentimientos lleva a Mersault, su protagonista, a ser condenado a muerte por un asesinato, que en otras circunstancias le habría valido sólo una ligera pena de prisión. En el caso de Juan Pablo Castel, protagonista de “El Túnel”, él mismo afirma, desde el principio de la obra, que mató a la única mujer que amaba y la única que lo comprendía. Camus, como lo había hecho antes Marguerite Yourcenar con la obra de Virginia Woolf y de Constantino Kavafis, dio a conocer a Ernesto Sábato en los círculos intelectuales de París; y en alemania es Thomas Mann quien lo elogió.
Según Sábato la existencia humana se desarrolla en un túnel en el que hay pequeñas ventanas, en las cuales nos detenemos a mirar otros túneles, y de vez en cuando nos tropezamos con la mirada de otra persona que se ha detenido al mismo tiempo que nosotros y que también nos observa; es entonces cuando hacemos gestos inútiles que buscan establecer una comunicación con ese otro ser que vaga perdido en un túnel paralelo al nuestro. En la obra que nos ocupa, Juan Pablo Castel conoce a María Iribarne, la única persona que se detiene a mirar el pequeño detalle que ha pintado en una obra, “Maternidad”, en la que hay una mujer que observa jugar a un niño, pero en un extremo de la obra hay otra pequeña escena, una mujer mira el mar a través de una pequeña ventana; detalle que ha pasado inadvertido para todos los asistentes a su exposición, menos para ella. Y es que Sábato es, ante todo, el escritor de la soledad y de la incomunicación humana. Su obra metafísica narra el dolor humano, pero también la incomprensión y el desconocimiento que cada uno de nosotros tiene en cuanto a su propio ser se refiere. Para entender mejor esta idea en “Sobre Héroes y Tumbas” (1961), Sábato habla de las máscaras que cada uno de nosotros se pone para ocultarle a los demás nuestros verdaderos sentimientos; dice que para cada ocasión y para cada interlocutor utilizamos una máscara diferente, y que sólo nos despojamos de ella cuando estamos solos o cuando creemos estarlo.
“Sobre Héroes y Tumbas” es también una epopeya, ya que Sábato narra una parte de la historia argentina; pero también es una discusión filosófica y literaria. Hay un capítulo, que debería ser lectura obligatoria en las clases de literatura, en el que dos de sus personajes, Martín y Bruno, hablan de Borges. Pero sobre todo hay una frase que considero maravillosa y que resume muy bien lo que debería ser considerado buena literatura, en ella Bruno le dice a Martín, palabras menos, palabras más, que no entiende porque en Europa le piden a la literatura latinoamericana hablar de gauchos o de la pampa, cuando hablar de una pareja que se besa en un parque, hace que la narración deje de ser local para convertirse en universal. Pero a Martín y a Bruno también los une el fantasma de una mujer, Alejandra. Heredera de una vieja y rancia familia de abolengo, Alejandra termina inmolándose en la casa de sus ancestros junto con su padre, Fernando Vidal Olmos; acto premeditado que busca, a través del rito del fuego, purificar el incesto en el que viven desde hace muchos años. No obstante, Sábato siempre deja abierta una posibilidad hacia un futuro mejor, por ello, al final del libro, hace alusión a una luz encendida en medio de la noche, y luego Martín viaja el sur como una posibilidad de renacimiento y de esperanza. “Sobre Héroes y Tumbas” es, también, una obra surrealista, completamente onírica. No hay que olvidar que Sábato, luego de obtener un Doctorado en Física, había viajado a París en el año de 1938 con una beca para seguir sus estudios en el Instituto Juliot-Curie; pero su encuentro con André Bréton le mostró que había otra senda diferente a la ciencia. Esa senda era la literatura y Sábato se sumergió en ella como si fuese un mar insondable, donde nadaría siempre en busca de una orilla en la cual pudiese descansar; aunque era consciente de ese imposible.
“Abbadón, el exterminador” (1974), es tal vez su obra más compleja y densa, pero también la más perturbadora de su trilogía literaria. Podría decirse que es una continuación de “Informe sobre ciegos”, ese relato prodigioso que hace parte de “Sobre Héroes y Tumbas” *. En este libro, Sábato bucea en realidades y mundos diferentes. Se pasa de la historia argentina y de la historia del siglo XX a mundos aún más oníricos, si cabe la expresión, que en su obra anterior; es una búsqueda del absoluto y una lucha contra fuerzas ocultas que acechan al ser humano. También encontramos crítica literaria y a un Sábato que hace gala de una inmensa erudición y reflexión existencial, donde él se convierte en un personaje más de la ficción. Con dicha obra ganó en Francia, en 1976, el premio a la mejor obra extranjera.
Pero Sábato no sólo fue un excelente novelista, sino un excelente ensayista, que de una u otra forma creó una corriente filosófica, la “cosificación” del hombre contemporáneo. Para Sábato, la angustia y la soledad del hombre del siglo XX, y porque no decirlo del XXI, se debe a una eterna expiación que estaría pagando, por haber dejado a un lado la época de la espiritualidad que imperaba en el Medioevo, donde el mundo giraba en torno a Dios, lo que comúnmente se conoce como teocentrismo; para dar paso al Renacimiento, donde el mundo olvidó a ese ser superior y entronizó a la razón.
Sábato también jugó un papel decisivo en política, en su juventud fue comunista y anarquista. Fue, también, un gran defensor de los Derechos Humanos. En 1984, al año siguiente del derrumbe del gobierno de facto (1976-1983); Raúl Alfonsín creó una comisión, la CONADEP, encargada de investigar el horror de esa larga y tenebrosa noche que fue la dictadura argentina; con el fin primordial que los 30000 desaparecidos, y el horror de las torturas a las que fueron sometidos muchos más, no quedaran en el olvido ni en la impunidad, un esfuerzo heroico para el rescate de la memoria y que aún hoy sigue dando frutos con la condena a perpetuidad, en una prisión común, el pasado 22 de diciembre de 2010, de Jorge Rafael Videla, presidente de facto de la junta militar; el mismo que Ernesto Sábato visitara al comienzo de la dictadura. La comisión en cuestión fue presidida por Sábato y nueve meses después se publicó el informe “Nunca más-Informe de la CONADEP- Septiembre de 1984”, con un prólogo escrito por él.
Para terminar con esta breve presentación de una parte de su extensa obra, quisiera reseñar su último libro “España en los diarios de mi vejez” (2004). Oda a ese país al que los latinoamericanos estamos unidos por sentimientos de rencor y de amor; es una obra lírica e intimista, cuya lectura me produjo un inmenso placer y me hizo recordar ese gran poema de Pablo Neruda, “España en el corazón” (1937).
Es de anotar que la primera vez que escribí sobre Ernesto Sábato, fue en 1980 y 1981, cuando con un gran entusiasmo y pasión leí su obra y escribí una monografía para obtener el diploma universitario en la Universidad Javeriana. Trabajo que fue dirigido por el gran docente y crítico literario Cristo Rafael Figueroa, alguien a quien respeto y admiro profundamente. La lectura y análisis del universo sabatiano, tuvieron una fuerte influencia en mi desarrollo y madurez; nunca más volví a ser la misma, Sábato, sin saberlo, me cambió la vida para siempre.

*Para mayor información sobre Informe sobre ciegos puede leerse en mi blog la entrada titulada: Ernesto Sábato: elementos míticos en Informe sobre ciegos.
Blog: http://beluesfeminas.blogspot.com
Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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Puerta al verano (ROBERT A. HEINLEIN)

puertaveranoA diferencia de Amos de títeres, esta novela es afable y en­cantadora. Describe un viaje por el tiempo, una niña y un gato, pero no es tan ridicula como puede parecer por esta breve descripción. Escrita aparentemente con gran rapidez –sin que la obra se re­sienta por eso–, Puerta al verano (Door into Summer) primero se pu­blicó por entregas en Magazine of Fantasy and Science Fiction, revista que, a finales del cincuenta, estaba superando a Galaxy como la pu­blicación más importante de cf en los Estados Unidos.

La historia comienza en 1970 (¡el futuro!). El héroe, Dan Davis, es un talentoso ingeniero, diseñador de los robots domésticos «Chica de Alquiler» y «Frank Flexible». También ama a los gatos. Arrui­nado en los negocios por un socio desleal, y traicionado por su novia, decide hundirse en un Largo Sueño en busca de una «puerta al ve­rano». Invierte astutamente su dinero y luego se hace congelar, para despertar tres décadas más tarde, habiendo multiplicado sus inver­siones y en condiciones de empezar una nueva vida. La única per­sona a quien lamenta tener que abandonar es la pequeña Frederica («Ricky»), la hijastra de su socio: «Ricky se había convertido en «mi niña» desde que tenía seis años en Sandia, con lazos en el pelo y grandes y solemnes ojos obscuros. Iba a «casarme con ella» cuando creciera…». También lamenta dejar a su gatito, Petronius Arbiter. Los planes de Dan fracasan. De pronto se encuentra en el año 2000, empobrecido. El mundo está altamente automatizado, un mundo que él mismo contribuyó a crear con diseños de robots treinta años antes, pero en el que no hay sitio para él. Ha sido des­pojado de su «herencia». Desesperado por encontrar una solución, toma contacto con el inventor de una máquina del tiempo que na­die conoce, y consigue que lo devuelva al año 1970. Como en la ma­yoría de los relatos en los que intervienen las paradojas de los viajes por el tiempo, la trama es compleja. Y también deliciosamente ab­surda. Todo termina de una manera feliz: Dan recupera su dinero, a la niña –una vez que se le ha ajustado adecuadamente la edad– y al condenado gato. Los tres regresan al siglo veintiuno para vivir una vida feliz, entre los frutos del trabajo de Dan.

 

En resumen, la novela parece una historia disparatada. Sin em­bargo, es interesante en la medida en que arroja luz sobre las obse­siones centrales de la obra de Heinlein. Igual que su famoso cuento «Todos vosotros zombies», una epopeya de doce páginas sobre via­jes por el tiempo y cambios de sexo, en la que el protagonista se con­vierte en su propia madre y en su propio padre, esta novela ilustra una especie de solipsismo, la creencia de que uno está solo en un mundo irreal y que si pretende ir adelante sólo cuenta con sus pro­pias fuerzas. Convicción que concuerda con la filosofía «política» de Heinlein, confianza en sí mismo y un feroz individualismo, pos­tura que parece más bien triste, y en última instancia, inútil. Hein­lein tiene muchas contradicciones: la textura de esta novela no es triste; por el contrario, es frívola, alegre, de fácil lectura, tal vez la más lograda de toda la producción del autor. Los detalles científicos están muy bien manejados, y la narración, en términos generales, es sorprendentemente convincente. Reco-miendo Puerta al verano, más por su textura que por su sustancia, a todo aquel que no com­prenda el porqué de la fama de Heinlein. La novela revela a un gran escritor popular, a un escritor «nato», en el apogeo de su carrera.

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