HERMANN BROCH: UN ESPÍRITU ROMÁNTICO EN TIEMPOS DEL HOLOCAUSTO

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Hermann Broch, En la mitad de la vida. Poesía Completa
Prólogo de Clara Janés. Traducción y epílogo de Montserrat Armas y Rafael-José Díaz. Editorial Igitur. Barcelona, 2007. 135 págs.

por Anna Rossell
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Cumple felicitar a la editorial Igitur por la apuesta filológica, filosófica y humanística que supone la publicación de la poesía completa de uno de los autores en lengua alemana del siglo XX que forman parte del canon literario occidental. El hecho de que estemos ante la primera traducción, a cualquier lengua, de los poemas que Hermann Broch (Viena 1886- New Haven –Connecticut-, 1951) escribió a lo largo de su vida –entre 1913 y 1949- infunde respeto y llama al propio tiempo la atención. Que el autor nunca concibiera estas composiciones como un conjunto destinado a formar una antología probablemente pueda servir de alguna explicación -los poemas fueron viendo la luz de manera esporádica en revistas de la época y sólo se publicaron después de la muerte de Broch en forma de libro dentro de su obra completa-. Sean cuales fueran las razones, lo cierto es que se trata de una verdadera primicia.
Quien aún no conozca a Hermann Broch y espere encontrar en este poemario una introducción al autor y a su obra probablemente sufra una decepción. La visión que ganamos de Broch a través de estos textos poéticos es en realidad parcial y puede llevar a engaño, pues lo esencial, que sí contienen, no da idea cabal de lo polifacético del autor. Si algo caracteriza la obra de Broch es su naturaleza críptica, la densidad y la dificultad, por lo que tiene de cifrada. Pero justamente por ello se hace más difícil de comprender y evaluar, si no es en su conjunto, la obra y el hombre. Por ello los estudiosos de Broch, que ya se hayan adentrado antes en las oscuras cifras de su literatura y conozcan las claves esenciales de su pensamiento encontrarán en este poemario un complemento enriquecedor. Nada define mejor a este autor judío vienés, matemático, psicólogo y filósofo de formación, que la idea de la totalidad y, en rigor, también ésta debe ser el criterio que se aplique al conocimiento de su obra. Él, que, heredero del más puro espíritu del primer romanticismo alemán -el de Friedrich Schlegel y Novalis-, creía que sólo el arte capaz de reproducir la totalidad del mundo es verdadero arte, convencido como los románticos de la capacidad del mito para condensar y representar esta totalidad y admirado precisamente por eso nada menos que por Hannah Arendt, ilustre pensadora de totalitarismos, apostó con su obra por lograr este objetivo. Ésta es la razón de que sus textos escapen a una definición genérica tradicional; lo que llamamos sus novelas, son en realidad un compendio de prosa poética, poesía, ensayo y filosofía; lo que llamamos sus ensayos, un ejercicio de profundo calado filosófico al tiempo que periodístico y sus poemas, composiciones metafísico-literarias, pura filosofía poética. Broch bebió directamente de la teoría de Schlegel que declara el arte como la forma más absoluta de la manifestación de lo espiritual, que identifica la tendencia a la metafísica con el impulso de la creación artística y apunta a lo infinito como la meta común que persiguen el arte y la filosofía. Al igual que Schlegel, también Broch reclamaba para su tiempo la recuperación del mito, cuya pérdida lamentaba como signo de la decadencia cultural de su tiempo y su obra refleja el empeño que puso en su recuperación, recogiendo en la práctica literaria el más genuino testigo de Novalis. De modo parecido a lo que evoca la obra del consagrado autor romántico, también la novela más emblemática de Broch, La muerte de Virgilio, que el autor empezó a escribir en el campo de concentración a donde le llevó la persecución nazi, es un conglomerado de prosa y poesía, a caballo entre la realidad y la alucinación, un texto denso y lingüísticamente complejo, de difícil lectura. Con todo, su tendencia a la metafísica no fue nunca una máscara para el escapismo; entre 1937 y 1938 abandonó sus proyectos literarios y trabajó activamente para frenar el auge del nazismo. En sus ensayos y novelas trató el tema del totalitarismo (La muerte de Virgilio), la decadencia de los valores culturales en alemania (Los sonámbulos; Espíritu y espíritu del tiempo), el ascenso del nazismo y la apatía política (Los inocentes) y el fenómeno de la sicología de masas relacionado con él (Sicología de masas; El hechizo, esta última inconclusa).

Los poemas que nos ocupan son el fiel reflejo de este espíritu que emana de toda su obra. Es mayoritariamente una poesía en la línea de la Naturlyrik, heredera también ella del espíritu romántico, que ya cultivaron incluso antes Goethe y Klopstock. Sus motivos se inspiran en los fenómenos naturales –paisajes, ambientes atmosféricos, el mundo animal y vegetal-, devienen cifras de altísima densidad metafórica. El volumen reúne, ordenados cronológicamente, los cincuenta y tres poemas que Broch escribió por sí mismos, que no forman parte de ninguna de sus obras. Esta ordenación facilita el seguimiento de la evolución del autor desde el punto de vista formal-literario y anímico-intelectual.
Emana de estas composiciones la firme convicción de aquella idea del verdadero arte como expresión de la totalidad del mundo, una fuerte pulsión hacia la unidad de todo con todo, la férrea voluntad de conciliar ciencia y metafísica, una obsesión romántica por la superación de la dualidad y el convencimiento de que la naturaleza es, en sí y por excelencia, la fuente de imágenes con mayor potencial simbólico, casi mítico. Se desprende de muchos de sus títulos: Misterio matemático, Sobre la peña escarpada, Tormenta nocturna, En el rostro ardiente de la Tierra, Paisaje, Prado de verano… O bien los más decididamente filosóficos: Cuatro sonetos sobre el problema metafísico del conocimiento de la realidad, De lo creativo, Ya que volvemos a encontrar el ayer…
Los poemas de Broch transportan una obsesión por superar la limitación del Yo, un ansia de aprehender lo absoluto en lo divino. Así en Maldición de lo relativo (Cuatro sonetos…): ¿Siento asombro? ¿Se asombra mi yo? / ¿De qué frontera vienes tú, / Pensamiento, ¡profundísima casualidad! / Me balanceo en el espacio de la muerte. O en el segundo soneto, Eros triste: De la dualidad de nuestra vida cotidiana ha de surgir / La unidad del todo, los esfuerzos más humanos / Y la espera sosegada en las jerarquías de Dios, / Que en el sentimiento quiere mostrarse presintiendo. La voz poética nos revela una tormentosa tensión entre el Yo y el Todo, su profunda inquietud por encontrarse a sí mismo para inmediatamente diluirse y fundirse en algo así como un magma universal: Y conociendo buscamos un Yo, siempre oculto, / Que sólo tiene el poder de borrar fronteras, […] // En él la unidad puede desplegarse en el todo / Y una dualidad formar el mundo de Dios… […] (Niveles del éxtasis). Se observa en el transcurso cronológico de los versos brochianos una especial sensibilidad por el paso del tiempo, la viva conciencia de la cualidad perecedera del ser humano, que infunde temor, en una variada y matizada palestra de registros: Paisaje que jamás encuentro / hasta que una última tarde arda / y la muerte, igual que un niño, / me lleve en su alma (Antes de que yo despertara). O bien: y ese miedo que invade al hombre cuando descubre / que grito y eco […] / es como algo regalado para siempre que de repente puede / extinguirse, y que él está solo (En la mitad de la vida). Y cada uno de ellos es una ponderada reflexión sobre lo esencial de la naturaleza humana: el amor, la creatividad, la fantasía, la vida. La edición tiene además el acierto, tan recomendable en poesía, de ser bilingüe, lo cual permite al lector no perder de vista el original. Tratándose de poemas tan crípticos como los de Broch no cabe duda de que la traducción representa un esfuerzo de titanes y valientes, y el resultado arroja, no tanto en el fondo como en la forma, un producto algo desigual.

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MATERNIDADES FRUSTRADAS

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Julia Franck, La mujer del mediodía.
Traducción de Belén Santana,
Tusquets, Barcelona, 2009, 432 págs.

por Anna Rossell
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Inspirándose en una leyenda de Lausitz (al sur de Brandeburgo), cuya protagonista es una misteriosa figura femenina armada de una guadaña, Julia Franck (Berlín, 1970) da título a su última novela, La mujer del mediodía, con el que pretende remitir al maleficio que aquella fábula contiene: la mujer, que se aparece al mediodía, amenaza con condenar a la gente a la locura y a la muerte si no es capaz de contar, durante una hora, historias sobre el trabajo del lino. El libro de Franck, como sucede con casi toda la narrativa alemana del pasado siglo y hasta hoy, da cuenta de la historia de alemania. Si bien basada en la biografía del padre de la autora, a través de la biografía ficticia de corte realista de Martha y Helene, hijas de padre alemán y madre judía, en la pequeña localidad de Bautzen (noreste de Sajonia), la autora traza un amplio recorrido que abarca desde poco antes de la Primera Guerra Mundial hasta los años cincuenta. Acompañando a las dos hermanas desde su desgraciada infancia en su ciudad natal de provincias hasta su juventud en Berlín y la edad madura en Stettin, asistimos a los avatares históricos del país germano: la hostilidad hacia los judíos, la grave crisis económica consecuencia de la Gran Guerra y el crac del veintinueve, el esnobismo y la decadencia de ciertos ambientes berlineses, el renovado acoso y la persecución -ahora nacionalsocialista- de los judíos, los delirios de grandeza imperialista nazi, las penalidades de la gente sencilla en la guerra y las violaciones del ejército soviético a su entrada en la capital del país ya derrotado. Sin embargo no es la historia el tema sobre el que trabaja Franck en primera línea. Siguiendo una ancestral tradición literaria ya iniciada en la misma Biblia con Moisés y continuada en la literatura alemana en el siglo XIX, a la autora le interesa indagar sobre las causas que pueden llevar a una mujer sensible a abandonar a su hijo. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Helene, la protagonista, con el pretexto de mudanza, se deshace de su hijo en la estación de Scheune, cerca de Stettin. Así comienza la novela en el prólogo introductorio, que presenta los hechos, y se adentra a continuación en la explicación de las causas –a modo de justificación- dando marcha atrás en el tiempo. Helene, una niña intelectualmente inquieta que sueña con estudiar medicina, ve frustrado su anhelo, víctima de la época en que le ha tocado en suerte vivir. A Helene le ha faltado el amor de una madre, que desatiende a sus hijas, sumida en un delirio rayano en la locura a causa de la muerte de sus dos hijos varones al nacer y del rechazo social al que se ve sometida. Muy pronto huérfana de padre, que regresa lisiado a casa de la Primera Guerra Mundial sólo para morir, ella y su hermana dejan a la madre al cargo de una sirvienta y marchan a Berlín donde se prometen mayores oportunidades. Allí Helene conocerá a Carl a quien amará profundamente y con quien se promete. El accidente mortal que sufre su prometido es el desencadenante de un cambio radical en la vida de Helene, que a partir de este momento sólo vive ausente, como una autómata. Un nuevo pretendiente, Wilhelm, ingeniero en la construcción de las autopistas hitlerianas y fanático del Tercer Reich, lleva a Helene a un matrimonio de inercia, que fracasa ya la misma noche de bodas. Franck dibuja el eje temático de su novela a partir del leitmotiv del abandono madre-hijo y el desamor, que no se agota en la acción de su protagonista hacia su hijo, sino que ya comienza en la carencia de amor hacia ella por parte de su propia madre y que acaba en el desentendimiento de Peter, el hijo de Helene, hacia ella al terminar la historia. La autora insinúa una cadena de causas y efectos derivados de situaciones extremas, que conducen a comportamientos supuestamente execrables. La temática parece responder a la intención de reaccionar a la marea de noticias de maltrato infantil por parte de sus madres que invaden desde hace tiempo los periódicos alemanes, o al menos de suscitar una polémica a fondo sobre el tema. La novela, Premio de los Libreros Alemanes 2007, pierde el norte narrativo en la primera parte, gana sin embargo mucho en calidad en la segunda, gracias a la minuciosa y lograda descripción del matrimonio Wilhelm-Helene, una pintura precisa y llena de matices de un prepotente nazi y una mujer de voluntad debilitada. Las irregularidades estilísticas, también de la primera parte, de que se ha hecho eco un amplio sector de la crítica alemana, pasan desapercibidas en la traducción de Belén Santana, que sabe trasladar el texto con acierto literario y fluidez. De la misma autora se han traducido a las lenguas de nuestro país Lagerfeuer (Zona de tránsito –2007-) y La mujer del mediodía, esta última también en catalán.

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BERLÍN BAJO EL TERROR NAZI

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Sol a Berlín (Solo en Berlín)
Hans Fallada
Traducción al catalán de Ramon Monton
Edicions de 1984, Barcelona, 2011, 695 págs.

por Anna Rossell
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Hans Fallada (Greifswald, Alemania, 1893 – Berlín, 1947), seudónimo de Rudolf Wilhelm Friedrich Ditzen, autor de la denominada “emigración interior”, no sufrió la prohibición de publicar bajo el nacionalsocialismo, a pesar de no pertenecer a la Cámara de Escritores del Reich. Después del fracaso de sus dos primeras novelas se abrió camino a principios de los años treinta con Bauern, Bonzen und Bomben (Campesinos, caciques y bombas) y sobre todo con Kleiner Mann, was nun? (Pequeño hombre: ¿y ahora qué?, I ara què, homenet?), con la que logró reconocimiento internacional, pero supo mantenerse a flote y seguir publicando a base de literatura trivial, evitando el compromiso. Nunca formó parte de ningún movimiento clandestino de resistencia contra Hitler y, sin embargo, Sol a Berlín, versión catalana de Jeder stirbt für sich allein, es un memorable monumento a la resistencia personal contra un terror, que degradó al ser humano potenciando lo más infame y abominable de su naturaleza. Fallada, escritor prolífico cuya obra se encuadra en la Nueva Objetividad, consigue en ésta, su última novela, legarnos un auténtico documento de la vida cotidiana de la gente sencilla en el Berlín de principios de los años cuarenta del siglo XX.
Basándose en actas procesales de la época y respondiendo a la propuesta en 1945 del que más tarde fuera ministro de cultura de la RDA, Johannes R. Becher -cofundador del Kulturbund zur Demokratischen Erneuerung Deutschlands (Asociación Cultural para la Renovación Democrática de Alemania) y de la editorial Aufbau, que publicó la novela en Alemania-, Fallada redacta, en menos de cuatro semanas, ochocientas cincuenta páginas manuscritas que constituyen, por su realismo y su temática, una crónica del día a día berlinés en los años en que el monstruo nacionalsocialista había logrado convertir Alemania en una sociedad de espías espiados, dominada por el pánico a la delación ante cualquier sospecha. Fallada construye magistralmente una trama que nos permite conocer por dentro y desde los entresijos de las miserias humanas el funcionamiento de la maquinaria nazi. A partir de la historia de un matrimonio humilde fiel a las consignas del momento, al que la muerte en el frente de un ser querido devuelve la lucidez, y de otros expedientes reales de la GESTAPO, el autor desgrana una galería de personajes y ambientes diferenciados que conforman el escenario habitual del Berlín de la época. Fallada nos sumerge en la tensa atmósfera de una ciudad dominada por el miedo y hace anatomía del alma humana de la que presenta una lograda gama de matices: el sufrimiento, el temor, la heroicidad, la crueldad, la bajeza. En este sentido el libro constituye un documento histórico impagable, tanto más cuanto que no abundan las novelas que traten la cotidianidad nacionalsocialista. Fallada no idealiza, sus caracteres adquieren a nuestros ojos enorme verosimilitud y, si bien sus personajes preferidos son gente sencilla, no por ello deja de ser objetiva su mirada, al contrario, el autor aborda su descripción con la crudeza a la que obliga el realismo sin obviar los bajos fondos ni la peor depravación. Especialmente logrados son los capítulos en los que Fallada desgrana el sufrimiento físico y psicológico de los reos a la espera de su ejecución. La edición tiene el valor añadido de publicar el texto completo, sin los recortes que sufriera en su día por razones políticas en la RDA, donde vio la luz en 1947 (no gustó la mirada poco amable del autor hacia una pequeña célula de resistencia comunista o que la protagonista hubiera sido seguidora de Hitler). El libro va acompañado de un apéndice, en el que Fallada da cuenta de la gestación del manuscrito, de un glosario de nombres y siglas nacionalsocialistas a los que alude el texto y de un epílogo de Almut Giesecke, relativo a la historia de la edición de la novela.
Además de Pequeño hombre: ¿y ahora qué?, también en versión catalana, y de la novela objeto de esta reseña, en España se han publicado Demasiado íntimo; El hermanito; Un hidalgo de Pomerania; Historia de la chiquillería; Lobo entre lobos; La onza de oro; Pequeño hombre, grande hombre y vuelta a empezar; entre los que destaca, con distancia, Sol a Berlín.
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El escritor alemán Hans Fallada

ENTRE LA HISTORIA DE AMOR Y LA CRÓNICA

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Hans Fallada, Pequeño hombre, ¿y ahora qué?
Trad. de Rosa Pilar Blanco,
Maeva, Barcelona, 2009, 351 págs.

por Anna Rossell
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“Lo más importante es lo que observamos”, escribía Joseph Roth en el prefacio a su novela Fuga sin fin (1927). Con estas palabras proclamaba su adscripción a la Nueva Objetividad, al tiempo que resumía las intenciones de la tendencia literaria en boga. La literatura alemana de los años veinte recupera la sobriedad estilística, la observación distante, el espíritu de crítica social que había caracterizado la vieja objetividad, el realismo. El narrador se erige en cronista. En esta línea se inscribe el trabajo literario de Hans Fallada, pseudónimo de Rudolf Wilhelm Friedrich Ditzen (Greifswald, 21-7-1893 / Berlín, 5-2-1947), cuya obra más lograda es Pequeño hombre, ¿y ahora qué?. Publicado en 1932, el libro catapultó a su autor a la fama más allá de las fronteras de su país. Su clamoroso éxito –se tradujo a más de veinte lenguas y existen cuatro versiones distintas para el cine y la televisión- se explica por razones no exclusivamente literarias: reúne todos los ingredientes del revulsivo catártico que sin duda significó para el gran público en el momento de su aparición, cuando las consecuencias de la gran crisis económica de 1929 causaban estragos y se cebaban en la población más desfavorecida. Situada a principios de los años treinta, la novela se hace eco de la significativa monografía de Siegfried Kracauer, Los empleados del comercio (1930), a partir de la relación de una joven pareja, Hans Pinneberg y Emma Mörschel, de cuya historia se sirve el autor para dar cuenta del rápido deterioro de la realidad social y política y sus concretas trágicas repercusiones en la vida del ciudadano de a pie. Con la ternura amorosa que se profesan los dos personajes centrales y la minuciosa observación de los ambientes Fallada sabe ganarse a una clase media de asalariados, que simpatiza de inmediato con los protagonistas y encuentra en el realismo de las situaciones descritas un escenario perfecto para la identificación. En torno a la vida de la pareja la narración refleja fielmente -siguiendo el estudio sociológico de Kracauer- los rasgos característicos de aquella aciaga época: el vertiginoso incremento del paro, el rápido desclasamiento de los empleados de cuello blanco, el creciente antagonismo entre estos y los obreros industriales, la animadversión contra los judíos, la decidida pujanza del nacionalsocialismo, todo ello en los contrastados ambientes de una ciudad de provincias y la gran urbe de Berlín, incluido el paso por la nueva industria del ocio de las masas. Sin embargo, como acostumbra a suceder con las obras exitosas, la novela adolece de una descompensación entre lo que sirve a la estricta crónica social -sin duda la primera intención del autor- y el tributo al populismo pequeñoburgués. Pesa más el plato de este último, por lo que el tiempo invertido en la descripción de la primera etapa de la vida del joven matrimonio ocupa un espacio que no se corresponde con el objetivo crítico y obliga por consiguiente, hacia el final, a un desmoronamiento demasiado abrupto. Dividida en cuatro partes –Los despreocupados (Preludio), Una ciudad pequeña (Primera parte), Berlín (Segunda parte) y La vida sigue (Epílogo)- la obra parece responder a la estructura de una pieza teatral clásica, con sus respectivos momentos de planteamiento, nudo y desenlace, una impresión que se mantiene también estilísticamente en todo el recorrido de la novela, donde predominan los diálogos directos y la voz narradora se limita casi siempre a lo absolutamente indispensable y asemeja una acotación teatral. El interés por granjearse la simpatía del lector medio produce algunos momentos rayanos en el kitsch: “Y la consoló y la tranquilizó, y enjugó sus lágrimas, y empezaron a besarse despacio mientras oscurecía y caía la noche…”, así como un final feliz absolutamente inesperado e incoherente con el dramático epílogo que, consiguientemente, debería abocar a la tragedia: “Y de repente el frío se desvanece, una ola verde, de infinita suavidad, la levanta y a él con ella. Se deslizan hacia arriba, las estrellas titilan muy cerca.
-¡Puedes mirarme a mí! –susurra ella-. ¡Siempre! ¡Siempre! Estás conmigo, estamos juntos…”

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CONVERSACIONES DESIGUALES

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Josefine y yo
Hans Magnus Enzensberger
Trad. de Richard Gross. Anagrama, Barcelona, 2008, 158 págs.

por Anna Rossell
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“¿Qué impulsa a la gente a interesarse tanto por Josefina? Problema tan difícil de resolver como el del canto de Josefina, y estrechamente relacionado con él”. Esta es la cuestión que se plantea el ratón narrador del cuento de Kafka, Josefine, la cantora o el pueblo de los ratones, una parábola sobre la relación dialéctica entre el artista y su público. Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, Baviera, 1929) se inspira en la pregunta nuclear de este texto kafkiano para seguir fabulando sobre el personaje de Josefine y sobre el nexo entre ella y su admirador. El relato -en forma de anotaciones de diario que abarcan el espacio temporal de un año (de septiembre de 1990 a septiembre de 1991)- compendia las conversaciones mantenidas a lo largo de este tiempo por una anciana burguesa y un solitario economista treintañero, Joachim, dedicado a su rutina profesional y a la escritura de poemas en su tiempo libre. La vieja dama, que recuerda en cierto modo la de la obra teatral de Dürrenmatt, excéntrica ex cantante supuestamente afamada y tres veces casada, convive en un viejo caserón, reflejo deslucido de la vieja gloria, con Fryda, una fiel sirvienta judía de ascendencia polaca, con la que mantiene una recíproca relación de tiranía y amistad. Un incidente inicial, el frustrado robo del bolso de la dama en una calle de Berlín gracias a la intervención de un transeúnte, Joachim, sirve de excusa algo forzada para hacer confluir a los dos personajes. Como agradecimiento la dama invitará al joven a tomar el té en su casa, un ritual que se repetirá a partir de este momento todos los martes hasta la muerte de Josefine.
Al igual que la historia del escritor de Praga, que alude en el título al cuento del flautista de Hamelín, el encantador de ratas, el relato de Enzensberger pretende ser una indagación más amplia acerca de las razones que sostienen cualquier relación entre un líder y sus seguidores en general. A juzgar por las conversaciones que mantienen estos dos improvisados amigos, la intención de Enzensberger es, además, pasar revista a una amplia gama de temas de la vida moderna, fenómenos de la sociedad de masas, cotidianos y no tan cotidianos, como la publicidad, la moda, la probable reelección del canciller Kohl, el dinero, el progreso o la guerra de Irak. A quien conozca la trayectoria de Enzensberger no puede extrañar que el autor construya un personaje que llame a cada cosa por su nombre, guste o no guste a quien lo oiga. Así su vieja dama, de ademán déspota aunque de fondo tierno, niña de los ojos del autor, es una descarada, de absoluta incorrección política, que dispara las verdades a bocajarro, tal como las piensa y siente, y deja fuera de combate a su interlocutor, a quien deslumbra y anonada por la contundente seguridad y clarividencia de cada una de sus sentencias. Sin embargo, y como puede inferirse de la desigual naturaleza de los personajes, la guerra dialéctica que sostienen no reviste profundidad filosófica alguna. Precisamente de esto se trata. Enzensberger parece proponerse como único objetivo decir lisa y llanamente que hay cosas que saltan a la vista, que son sencillas sin más, y que quien le da vueltas a la tuerca es un hipócrita, esconde algún interés o sucumbe a la música del flautista de turno dejándose llevar por su debilidad de carácter. Desde luego el relato del autor alemán sigue teniendo su sello, pero dista mucho de la seriedad que revisten las obras de todo género que caracterizan al penetrante y concienzudo Enzensberger, ganador de tantos y merecidos galardones. En consonancia con la tesis que propugna, la obra no puede ser de calado intelectual ni lo pretende, prueba de ello la constituye la sintomática ausencia en las conversaciones de Josefine y Joachim del tema de la reunificación alemana, a la que no se hace siquiera alusión, precisamente en el año 1991. Con Josefine y yo Enzensberger se ha permitido un divertimento sin complicaciones, un paseo por una galería temática variopinta que entretiene por la desenvoltura y agilidad de su desenfadada prosa, de registro predominantemente deslenguado, que sabe mantener bien la traducción, y la ligereza y la simplicidad del argumento, armado en una estructura igualmente sencilla. Se lee de un tirón este relato exento de complicación, pero no de humor agudo, que a menudo proporciona al lector el secreto y hondo placer de escuchar de la boca de la irreverente dama, al menos por una vez, lo que él, como tantos otros, íntimamente piensa y por falso pudor no se atreve a manifestar.

© Anna Rossell
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