LETRAS ALEMANAS DESDE LA POSGUERRA

*
INCISIONES
PANORAMA CRÍTICO DE LA NARRATIVA EN LENGUA ALEMANA DESDE 1945
Cecilia Dreymüller
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2008, 392 págs.

por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
____________________________________________________________________

No es tarea fácil la que se propone Cecilia Dreymüller (1962, Nohn, Eifel, alemania) con este ensayo, que, como reza el subtítulo, quiere ofrecer al lector hispano un panorama crítico de la narrativa en lengua alemana desde 1945. Presentar una visión de sesenta años de producción literaria sin caer en la soporífera e inútil enumeración etiquetada, de la que pecan a menudo este tipo de libros, ya es mérito suficiente. Pero Incisiones no sólo no se deja llevar por esta tendencia, sino que logra mantener hasta el final el interés de un texto que se lee con inusual placer.
En tres grandes apartados, que subrayan los momentos más significativos de esta literatura, “Ninguna hora cero”, “La repercusión del 68” y “La caída del muro”, Dreymüller nos ofrece una selección de autores y obras altamente depurada, que en sí misma supone ya un virtuoso ejercicio de equilibrio y objetividad y que osa romper “la reverencia académica”. En este amplio recorrido la autora se plantea cuestiones fundamentales y busca las respuestas escrutando las trayectorias creativas de los narradores: estudia con mirada crítica y revisionista a autores consagrados, reflexiona sobre la influencia de la historia y la política en la recepción de algunos y se pregunta por el papel que jugó el Grupo 47 en el ostracismo de autores no afines a él. Ajena a modas y clamorosos éxitos, Dreymüller dibuja el paisaje de las buenas letras alemanas con trazo decidido y minucioso. Más allá de los más grandes, que figuran en el índice y que Dreymüller trata con mayor detenimiento, la autora se sirve de los subcapítulos -cuyos epígrafes, sopesadamente definitorios, reflejan el constante diálogo con la historia que caracteriza a esta literatura– para hacer la oportuna introducción a cada uno de los momentos significativos de una cesura, al tiempo que aprovecha para presentar la correspondiente pléyade de escritores notables que no puede tratar tan extensamente, sin dejar por ello de hacerlo a conciencia. Dreymüller, hispanista de formación afincada en España, que ejerce la crítica literaria en medios españoles y alemanes, muestra en esta obra la misma soberanía que denotan sus reseñas literarias, domina la materia que aborda y mantiene una exigencia de criterio que sabe transmitir afinadamente gracias al uso magistral de la lengua española que la caracteriza. Dreymüller consigue realmente incidir, con la exactitud de un cirujano, en la anatomía de la literatura en la que opera. La preciosista y diferenciada prolijidad con que la autora analiza cada una de las obras seleccionadas, testimonio indiscutible de que conoce de primera mano y en profundidad cada una de ellas, logra condensar en cuatrocientas páginas, con su precisa concisión, más de medio siglo de panorama narrativo.
El libro, que no pretende ser ni un manual al uso ni una historia de la literatura, es finalmente mucho más que esto, pues, más allá de proyectar una idea global de la narrativa en lengua alemana desde 1945 hasta nuestros días, intenta responder a las preguntas esenciales que se han ido planteando en su evolución, incita a la lectura de los textos y autores que analiza y sirve a la vez de obra de consulta. De gran utilidad para el lector hispano resulta, además, la relación de autores y títulos citados donde se especifica si existe traducción al español.
Uno de los muchos méritos de este trabajo reside en el hecho de que Dreymüller afronta su tarea sin los prejuicios con que se suelen tratar a autores mitificados y, en su objetivo y ponderador celo analítico, señala tanto los aspectos más encomiables como los puntos más débiles de autores y obras.
En el epílogo, conciso y contundente, en el que Dreymüller diagnostica la desaparición de aquella raza de escritores que han influido en la realidad de su tiempo, de los que hoy no se avistan sucesores, la autora pasa revista a algunos de los factores que impiden que medre la literatura de calidad, señalando como causas el cambio de orientación de la política editorial y los métodos actuales de incentivación de la literatura creativa, causas que lamentablemente no afectan sólo a la literatura en lengua alemana. Una obra indispensable de la que es probablemente una de las voces más acreditadas de este ámbito en España.

© Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO »
TÍTULO=»LETRAS ALEMANAS DESDE LA POSGUERRA»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «LETRAS ALEMANAS DESDE LA POSGUERRA»

PDF

FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

ENTREVISTA A MARCEL BEYER

*
por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
____________________________________________________________________
Anna Rossell: Usted ha dicho que William S. Burroughs era uno de sus escritores favoritos. ¿Qué es lo que le gusta de él?
Marcel Beyer: De esto hace mucho tiempo. A principios de los años noventa quise escribir una tesis doctoral sobre él. Me impresionaba su modo de narrar, no se correspondía con la manera de novelar típica del siglo XIX, su modo de yuxtaponer y desarrollar escenas a partir de palabras aisladas o de combinaciones de palabras. Después dejé de leerlo, pero hace unos años surgió la idea de hacer una pieza de teatro musical con un compositor, Enno Poppe. Yo quería una ópera, pero el término “ópera” impone a los compositores y Poppe quería trabajar sobre un texto de Burroughs, uno que se titula Word, que es un pequeño conjuro de la palabra y del poder de la palabra, así que escribí un libreto y volví a leer a Burroughs. Y me di cuenta de que con el tiempo me he distanciado de este autor.

-¿Qué autores son significativos para usted ahora?
-Escritores que descubrí hace veinte años o más siguen gustándome, libros que me llevo cuando voy de viaje o cuando paso un tiempo fuera. Por ejemplo me entusiasman los recuerdos de juventud de Elias Canetti. En los últimos dos o tres años he leído muchos relatos de autores que narran su vida porque estoy trabajando en una novela cuyo narrador ronda los setenta años y cuenta sus recuerdos de infancia; me pregunto cómo son los relatos auténticos en comparación con los que yo novelo. Un autor que me cautivó a principios de los ochenta y me sigue cautivando es Paul Celan. He escrito ensayos breves sobre su obra, al principio lo admiraba y lo leía, pero no me atrevía a escribir nada sobre él, ahora puedo, poco a poco. También autores franceses que no narran de modo tradicional, para mí son un estímulo: por ejemplo Michel Leiris, etnólogo, que miraba su propia vida con ojos de etnólogo. Trabajó de los años treinta a los setenta u ochenta en su autobiografía, no una autobiografía de los acontecimientos interesantes, a veces son disquisiciones sobre palabras o expresiones. Sueña con una expresión y se pregunta: ¿por qué? Proviene del círculo de los surrealistas y aplica métodos y perspectivas surrealistas, y siempre da con algo importante, existencial. Y un español, Rafael Chirbes, a quien conocí hace poco, en Madrid. Fue un encuentro muy bonito y empecé a leer sus obras. Es uno de mis grandes descubrimientos en lo que va de siglo. Al levantarme por las mañanas tengo que leer algo que me incite a escribir y leo una página de Chirbes; tiene una mirada especial, un construcción peculiar de las frases, un modo particular de tratar las palabras, se pueden asir, oler.

-Con Norbert Hummelt actuó en bares, hizo performance literaria –Postmodern Talking-. ¿Qué aporta la performance a la literatura?
-En la segunda mitad de los años ochenta la literatura en alemania estaba algo oxidada, iba por caminos muy disciplinados; era una manera de romper, y era muy divertido, después vino la slam poetry. Los bares dan mucha energía, allí el público es distinto y hay que imponerse de modo diferente: cuando uno tiene que actuar ante un público que quiere beber y charlar, cuando tiene que llamar su atención, debe recurrir a estrategias distintas. Yo tocaba la batería sin tener ni idea para incorporarla a la lectura de los textos, y con aquella presencia acústica en primera fila la gente sabía que allí pasaba algo diferente que cuando uno lee un poema para sí. Fue una experiencia escénica muy especial, recitar un texto a un público, y me sirvió para otras actuaciones de lectura en otros marcos. Algunos autores leen en público como si no les gustara su propio texto, pero, aunque uno sea tímido, debe aceptar que en el escenario no se puede esconder. El público observa con mucha atención, todo se percibe como si se tratara de una actuación teatral.

-¿Significó más una experiencia personal que una manera diferente de comunicarse con el público?.
-Cuando leo mis textos en público estoy muy concentrado, aun así oigo lo que sucede: si alguien empieza a pelar caramelos significa que comienza a perder interés, y hay que interpretar más allá: ¿es sólo esta persona o es general?, lo cual revierte en lo que yo leo, porque entonces me digo “mejor que abrevie este párrafo” y leo otro capítulo para recuperar la atención de la gente; lo veo como un diálogo con el público.

-De 1992 a 1998 colaboró con la revista de música Spex. ¿Ve una conexión íntima entre música y literatura?
-Es difícil responder. Me gusta que son dos mundos diferentes. Claro que mi entusiasmo por la música ha influido en mi escritura, por ejemplo en la importancia que le doy al sonido de las palabras o al ritmo en la frase.

-¿También en las novelas?
-Sí. Leo en voz alta lo que escribo, la impresión del sonido es esencial; escribo pensando que un día lo leeré a un público, esto viene de la experiencia de los años ochenta. Entonces eran textos inéditos, escribíamos para las actuaciones. Uno se hace consciente de la cualidad acústica del texto. Me gusta estar en el mundo de la literatura por un lado y por otro tomarme tiempo para pasear por las tiendas de música. Hace poco, en Sofia, estuve una hora charlando con un joven propietario de una tienda de música sobre el hip hop en Bulgaria. En esto soy un profano interesado, no tengo por qué ser un profesional, en cambio sí debo serlo en literatura. La música me da un respiro.

-Uno de los temas literarios que usted trata más es el recuerdo, trabaja con la historia. Y la percepción sensorial tiene gran importancia: el oído, la vista, el olfato…
-Subrayar la relevancia de lo sensorial es en mí una actitud esencial, tiene que ver con mis preferencias literarias, con mi mirada hacia el mundo. Las grandes palabras, las abstractas, nunca están en mis textos, “libertad” o “esperanza” no se pueden asir ni percibir, ninguno de estos grandes conceptos que tienen significado diferente en función de quién las pronuncia y de qué retórica se oculta detrás. La percepción sensorial es como una garantía de realidad, aunque luego es interesante observar cuándo esta percepción deja de ser esta garantía. Por ejemplo, a menudo uno recuerda con nitidez cosas que son falsas -esto me interesa mucho-, también les sucede a los personajes de mis libros. Ocurre en la vida real: la acción de la novela en la que trabajo transcurre en Dresden y, muchos testimonios, entonces niños o jóvenes, me han contado historias de cuando la ciudad fue bombardeada, el 13 de febrero de 1945; dicen recordarlo, están absolutamente convencidos, pero yo sé que no son recuerdos reales. Hay una historia, por ejemplo, que en mi novela jugará un papel, porque me fascina: cuando el bombardeo la gente se refugió en un parque de la ciudad. Al lado está el zoológico, y se cuenta que los animales salvajes huyeron del zoo y pasaron la noche plácidamente con los fugitivos. Esto no es cierto. Es una escena bíblica: la calma reinaba entra las criaturas divinas. Había instrucciones de matar a los animales peligrosos si esto sucedía, y así se hizo. Sin embargo se cuenta aquella historia, y yo no puedo negársela al que me la explica, forma parte de su recuerdo y de su identidad, aunque yo sepa que no es cierto. Uno se da cuenta de que trabajar con la memoria es peligroso.

-En sus novelas no hay narrador, tenemos probabilidades, perspectivas subjetivas…
-Para mí es esencial, considero al lector como parte implicada. La perspectiva es la de la primera persona, pero este yo es un personaje que juega un poco con el lector. El lector debe estar tan implicado en el texto como este personaje, y en algún momento nota que quizá no debe creerse todo lo que le cuenta el personaje. Y yo, como autor, observo desde fuera por así decirlo el juego que se traen uno con otro.

-No hay narrador y tampoco narración, o poca. Se trata más bien de montaje, monólogo interior. ¿Le interesa más la filosofía?
-Sí, es curioso; en realidad hubiera querido evitarlo, hubiera deseado reflejar sólo impresiones sensoriales, pero quizá los autores que vemos el mundo de ese modo tengamos en el fondo un interés filosófico. Tras lo que ahora estamos hablando hay reflexiones y tras las escenas que escribo muchas convicciones, una idea del lector como alguien responsable de sus propias percepciones y opiniones. Quizá es un filosofar sin sentenciar. No me gustan los aforismos.

-¿No es ésta una tendencia en la literatura actual en lengua alemana? Lo vemos en W. G. Sebald, Norbert Gstrein, Ulrich Woelk…
-Sí. Tiene que ver seguramente con el hecho de que con la historia europea del siglo XX se ha planteado la pregunta sobre la posibilidad de narrar. Sebald, por ejemplo. Para él la experiencia más importante es siempre, o casi siempre, el nacionalsocialismo y el holocausto, y él, o su narrador, se encuentran con supervivientes. Y surge la pregunta: ¿cómo contarlo? Y va dando rodeos, es decir, que no lo cuenta, pero el tema está absolutamente presente. ¿Por qué emigró alguien en los años treinta? Es una pregunta clave. También para Semprún: los prisioneros se preguntan cómo van a contar lo que han vivido en el mismo momento en que salen del campo de Buchenwald. Se dirigen a la ciudad y uno dice que nunca deben hablar de aquello, que no se puede contar, y el otro opina que tienen que contar cuanto puedan para que todo el mundo lo sepa, pero ¿quién lo cuenta de la manera debida? Así nacen historias muy diferentes, con perspectivas diferentes.

-La acción de su último relato, Vergesst mich (Olvidadme), transcurre en España, la historia de España juega un papel importante.
-En mi anterior novela Espías, la guerra civil española ya está presente; el personaje del abuelo fue miembro de la Legión Cóndor y luchó en España del lado de Franco. Mientras trabajaba en la novela me dije que no iría a España hasta que no la hubiera terminado; la historia tenía que ser imaginada, la realidad no debía interferir. Espías es del 2000. En 2002 estuve en Barcelona y después fuimos a Madrid. Allí conocí a Rafael Chirbes. Nuestra conversación me dejó una huella muy profunda. El domingo siguiente por la mañana mi mujer y yo íbamos dando un paseo y de repente observamos mucha presencia policial. Quisimos saber qué sucedía. Había tensión, la que percibo siempre en los textos de Chirbes, aunque trate de temas cotidianos. Flotaba en el ambiente un miedo encubierto y nos topamos con una manifestación de partidarios de Franco, había puestos que vendían artículos conmemorativos. Pensé que había leído los libros de Chirbes cuya acción se desarrolla en 1975, cuando Franco estaba a punto de morir, y ahora yo estaba en esa ciudad casi treinta años más tarde y unas ancianas compraban postales de Franco: ¿no había pasado el tiempo? Me pareció interesante ver cómo se disolvía la manifestación y la gente desaparecía en la ciudad y a nuestro alrededor muchos se quedaban observando escépticos, con una actitud reservada, como si aún llevaran muy dentro todo aquello. Fue una percepción intensa, seguramente influida por mis lecturas anteriores. Éste es el marco de referencia de mi relato Vergesst mich. Hay dos perspectivas encajadas. Es la historia de un amigo que se pierde. Se encuentra con una foto suya, de cuando era niño. En una revista española ve un anuncio de chocolate infantil y se reconoce en la foto del niño del anuncio; él no sabe cuándo ni por qué se hizo esta foto. Se van intercalando las conversaciones entre este amigo y el narrador en primera persona y el amigo se obsesiona cada vez más: ¿Dejaron mis padres que me fotografiaran? ¿Por qué se sigue usando esta foto actualmente? De esto hace cuarenta años. ¿Por qué me encuentro con la foto precisamente en España? La foto es sólo el desencadenante, hace que este hombre se pierda a sí mismo, en un momento determinado desaparece de la vida del narrador y se dan dos movimientos opuestos: con la ayuda de las fotos de Franco unos intentan aferrarse a algo que ya no existe desde hace tiempo, y otro empieza a perderse a sí mismo por causa de una foto.

-En su obra Nonfiction afirma que el humor no debe formar parte de las vanguardias literarias…
-¿Eso dije? Bueno, seguramente fue una ironía. Creo que la ironía es lo divertido. Hay muchas voces en alemania que opinan que la vanguardia es aburrida, adusta. En alemania hay dificultades para tomar en serio el juego. En Francia, por ejemplo, tenemos a Georges Perek, un autor importantísimo, que siempre juega, lo cual no significa que no se tome las cosas muy en serio, lo que hace no es baladí. Una de sus historias tiene que ver con el holocausto, se trata de conformar la propia identidad, de encontrarla, no le viene dada y el autor busca constantemente nuevas combinaciones lingüísticas, hasta que encuentra su propio lenguaje.

-Entonces humor y seriedad no se excluyen.
-En absoluto. En alemania se piensa que el juego equivale a bufonada, yo no lo creo; y esto se aplica al arte y a la vida en general. Pero resulta aburrido saber exactamente cómo será el futuro. Precisamente cuando escribo me gusta no saber qué ocurrirá al día siguiente, en qué dirección se moverá el texto.

-¿Cuando escribe no parte de una estructura cerrada?
-No. A veces, cuando estoy al borde de la desesperación, construyo una estructura, pero apenas la he terminado, tengo que destruirla.

-¿Cómo maneja un escritor de ficción los hechos históricos?
-Investigo mucho; me gusta saber de qué hablo. Después me baso en lo que he investigado para poder desviarme de los hechos. Si tomamos la novela en la que estoy trabajando, ésa cuya acción se desarrolla en Dresden entre 1945 y la actualidad, hay años que yo no he vivido. Tampoco crecí en la RDA. Esto significa que tuve que indagar mucho sobre la vida cotidiana. Algunos autores escriben crónicas que acompañan los hechos históricos, esto a mí no me interesa, prefiero leer un buen libro de historia. Cuando investigo busco en la historia aquellos momentos en que un pequeño giro hubiera bastado para que todo derivara en el absurdo más estrepitoso. Y hay muchos de estos momentos. De modo que parto de algo real y sólo he de exagerarlo un poco, darle ese pequeño giro para hacerlo grotesco. En esta exageración radica para mí algo así como lo trágico de la historia, aunque trágico es una palabra demasiado clásica.

-¿Hasta qué punto es nueva en la literatura esta dialéctica entre recuerdo y hecho histórico, si lo comparamos con la literatura que se hacía en este sentido en los años ochenta?
-Algo nuevo hay, en el sentido de que escriben al mismo tiempo la generación de los abuelos, la de los hijos y la de los nietos. Y cada una tiene una perspectiva diferente. Por ejemplo Kertész, un húngaro que por ser judío pasó un tiempo en un campo de concentración alemán; él pertenece a la generación de los hijos, es decir, a la de mis padres, que no podemos decir que lo hayan oído contar, pero sí que conocen los hechos por documentos, y yo los conozco sólo como historia de los abuelos. Estas generaciones escriben al mismo tiempo y se da a veces la confrontación, sobre todo cuando el testimonio de la época insiste en su calidad de tal. Pongamos por caso aquella historia de los animales salvajes en el parque; yo, el nieto, digo: puede que tú recuerdes eso, pero no fue así; y entonces ya tenemos la dialéctica, y es difícil, yo no quiero hablar desde una posición moralmente superior. Esto lo hizo la generación de mis padres, moralmente siempre estaban del lado de los que tenían razón. Yo lo veo con gran escepticismo, porque el que cree que siempre tiene razón no observa con atención. Hay muchas imágenes superpuestas o clichés de personas, o por ejemplo el caso de Günter Grass, el hecho de que perteneciera a las SS, todo este revuelo. Esto le convierte ahora en un tipo muy determinado de persona. Yo creo que los nietos tienen un trato diferente con los abuelos y por ello les escuchan de otra manera y también creo que los abuelos les cuentan las historias a los nietos de modo distinto a como se las contaron a sus hijos, esto hace que estas imágenes preconcebidas ya no funcionen.

-Este escepticismo es una tendencia en la literatura actual en lengua alemana, probablemente porque las tres generaciones se ocupan de esta problemática.
-Sí, esto es algo nuevo, también porque se busca marcar el propio límite con respecto a las generaciones anteriores, pero hay un respeto hacia ellas y una mirada atenta. Antes la generación joven pisoteaba la de sus mayores y punto.

-La línea divisoria entre lo auténtico y lo simulado es a veces difícil de definir -lo hemos visto claramente a raíz de las falsas biografías de Binjamin Wilkomirski o en España las de Enric Marco o Antonio Pastor-: ¿No existe el peligro de relativizarlo todo? Se tiene la impresión de que llegar a la verdad y transmitirla es imposible. Esto parece en sus novelas El técnico de sonido o Espías, o en las de Norbert Gstrein, El negocio de matar o Los años ingleses. El perspectivismo que impregna los textos, ¿no puede inducir a pensar que sólo hay impresiones subjetivas?

-Esto sucedió quizá en la literatura de los años ochenta, pero de repente la historia mundial, el final de la guerra fría, nos dio un aviso: los hechos históricos están ahí, suceden, habrá quien lo vea como una cuestión de mera interpretación, pero no es cosa de perspectiva, porque, sencillamente, ocurrió. Cierto que la línea divisoria entre los hechos y la ficción es muy tenue, incluso a veces se diluye y se producen trasvases en las dos direcciones, pero esto no significa que todo sea arbitrario y que uno pueda inventarse lo que quiera.
Los autores que se proponen falsear la historia no actúan así. Ellos insisten en la integridad del personaje, en el hecho de que han vivido lo que cuentan, de que es verdad. Sin embargo es una mentira de principio a fin. Nunca dirían: aquí tenéis una perspectiva y aquí otra, porque lo que quieren es precisamente ignorar las otras perspectivas. Así que iluminar el tema desde distintos ángulos impide que se olvide la problemática. Pero yo diría que mantengo la separación entre el arte y la vida: la literatura puede experimentar con las cosas y también dejar las cosas en suspenso, pero si me ponen delante a un oficial de la Stasi y a una víctima de la Stasi yo nunca permitiría que el oficial dijera “yo veo las cosas así y tengo el mismo derecho que la víctima”, ahí yo separo claramente el arte de la vida. Hay gente que niega la existencia de las cámaras de gas, esto es inadmisible, de éstos debemos protegernos, hay que ofrecerles resistencia, esto no es cuestión de opiniones.

-Usted también escribe poesía y trabaja con la historia en sus poemas, ¿hay un género más apto que otro para transmitir la memoria?
-No. Si me pregunto en qué se distinguen la poesía y la prosa, yo diría que un poema se debe poder recitar de memoria y ya estamos a vueltas con la memoria, el recuerdo; en cambio una novela no, uno se sienta a leerla en silencio. A menudo algún tema o un aspecto nuevo se me presentan a partir de un poema, pero luego siento que debo tratarlo por otro camino, indagar sobre ello por otra vía. De la novela me gusta que el narrador es en realidad un seductor, induce al lector a interesarse por cosas por las que quizá nunca se hubiera interesado. También el hecho de que al lector le quede siempre alguna duda: ¿Será esto cierto o no?, ¿De verdad habrá vivido esto el personaje?, ¿Ha sucedido en la historia real? La actitud del lector frente a la novela me la imagino muy distinta que frente a la poesía, pero en mi opinión poesía y prosa están estrechamente relacionadas. El nacionalsocialismo lo traté primero en poesía, no sé por qué; de repente estaba ahí y yo no sabía a dónde me conduciría aquello. Pensé que serían cuatro o cinco poemas, pero después me di cuenta de que no había agotado el tema y proseguí con la prosa y acabó siendo El técnico de sonido. En 1996 me fui a vivir a Dresden y casi automáticamente se me impuso el tema del este en poesía y supe que pronto derivaría hacia la prosa, primero fueron artículos cortos, pero sabía que quería crear un personaje de novela que hubiera pasado su vida en la RDA.

-Y ésta es la novela en la que ahora trabaja. ¿Tiene ya un título?
-No, y es curioso, porque en las novelas anteriores tenía uno provisional desde el principio, aun cuando no acabara siendo el definitivo y ahora llevo años trabajando en ésta y todavía no sé cómo se llamará.

© Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
NOTA. La entrevista se realizó originalmente en alemán. La traducción es de la autora.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO »
TÍTULO=»ENTREVISTA A MARCEL BEYER»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «ENTREVISTA A MARCEL BEYER»

PDF

FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

LA MAESTRÍA DE LA SENCILLEZ

*
Friedrich Christian Delius, Retrato de la madre de joven
Traducción de Lidia Álvarez Grifoll,
Sajalín Editores, Barcelona, 2011, 109 págs.

por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/

Como es habitual en este autor alemán –galardonado con el prestigioso premio Georg Büchner 2011-, también en esta novela Friedrich Christian Delius (Roma, 1943) aborda un tema de la historia de su país. Ubicada temporalmente en 1943 y geográficamente en Roma, Delius nos introduce, de la mano de una discreta voz conductora, en los pensamientos de una mujer de veintiún años, eje de la narración.

A partir de una sencilla idea –el paseo a pie de apenas una hora desde su casa hasta la iglesia evangélica de la Via Sicilia, a donde se dirige para asistir a un concierto-, el autor nos permite acompañar a su protagonista. Contada en estilo indirecto libre -lo cual permite a un tiempo empatía y cierta distancia-, Delius consigue un relato magistral en el que retrata a un cierto prototipo de ciudadano alemán –Margarethe-, cuya infancia lleva el sello nacionalsocialista, a la vez que da cuenta del ambiente social y político en alemania y en Roma y del transcurso de la guerra.

Los pensamientos de Margarethe -nacida en una pequeña ciudad luterana, educada por una familia tradicional en esta religión y casada con un pastor evangélico, que ahora sirve en el norte de África- fluyen casi sin interrupción de principio a fin. Sólo los momentos de descanso, a los que la obliga su avanzado estado de gestación, permiten un alto en el camino. Ello se refleja con originalidad en la estructura de la novela, pues Delius construye el flujo narrativo a base de cortos párrafos separados -que pretenden transmitir las pausas físicas y emocionales de su heroína- sin que ello detenga sus reflexiones, que discurren encadenándose, contenidas sólo por la mesurada intervención de la voz narradora, articuladas con comas y un único punto al final de la novela.

Siguiendo los pasos de Wolfgang Koeppen, que también eligió Roma como escenario de alguna de sus novelas, Delius se confirma como un maestro de la asociación: con extraordinario acierto y sin perder de vista la ascendencia de la protagonista, una humilde muchacha de pocos estudios. El hilo narrativo va tejiendo su entramado asociativo a partir de los monumentos romanos del trayecto, que el pensamiento de la heroína relaciona con otros de su contexto histórico-cultural, o incitado por carteles publicitarios o la visión de militares alemanes. Predispuesta por la añoranza de su marido -reclamado a filas a pesar de su lesión en una pierna precisamente cuando ambos iban a iniciar en la capital italiana su vida en común-, la joven esposa se entrega a sus recuerdos y reflexiones. Arropada en el aislamiento que le proporciona la casa de las Diaconisas Alemanas de Kaiserswerth, donde vive, Margarethe se siente insegura y sola en las calles de una ciudad en la que todo le resulta ajeno y hostil. De su discurrir emerge una mentalidad sencilla pero sensible, que en su sincera religiosidad evoluciona desde el adiestramiento de los lemas inculcados por su educación nazi en la Liga de Muchachas Alemanas hasta encontrar su genuino lugar, acorde con su verdadero sentir. A ello contribuyen las contradicciones que la futura madre percibe entre las enseñanzas de la Biblia y las consignas nacionalsocialistas –magnífico el trabajo asociativo del autor al citar salmos y divisas-, en las que se desenmascara la sutil manipulación ideológico-lingüística del Führer, así como el recuerdo de las lúcidas opiniones de su amiga Ilse, que sirve de contrapunto al personaje. La evolución en el sentir y el pensar de Margarethe culmina en las últimas páginas, que Delius –especialmente afecto al arte y a la música- construye como apoteósico catártico final sin faltar a la verosimilitud: en el propicio ambiente de la iglesia evangélica, que la envuelve en el manto familiar de su religiosidad e impulsada por el cuarteto de cuerda en do menor de Haydn y de la Cantata 56 de Bach, la protagonista da rienda suelta a su emoción. En una pormenorizada y extensa descripción el poder de la música conjura el miedo a la guerra y desencadena un pulso entre la muerte y la vida, que culmina en un vehemente clamor de “todos los generales de todos los frentes, cristianos, paganos, judíos, comunistas” por la paz.

El mismo sello editorial publicó el pasado año, del mismo autor, otra pequeña joya: El paseo de Rostock a Siracusa.

© Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO »
TÍTULO=»LA MAESTRÍA DE LA SENCILLEZ»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «LA MAESTRÍA DE LA SENCILLEZ»

PDF

FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

VIAJE DE IDA Y VUELTA A LA LIBERTAD

*
Friedrich Christian Delius, El paseo de Rostock a Siracusa
Traducción de Lidia Álvarez Grifoll,
Sajalín Editores, Barcelona, 2010, 166 págs.

por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
_____________________________________________________________________________________________________

Fiel a su trayectoria novelística, que a menudo pone bajo el punto de mira algún capítulo de la historia de su país, el alemán Friedrich Christian Delius (Roma, 1943) aborda en esta novela corta, como ya hiciera en 1991 con Die Birnen von Ribbeck (Las peras de Ribbeck, Fondo de cultura Económica, 1993), un tema de la República Democrática Alemana. Publicada en alemán en 1995, Delius aprovecha para construir su trama la noticia de un caso real de fuga de un camarero de Rostock (RDA) en 1988, Karl Müller. Como él, que se fugó por cumplir su sueño de seguir los pasos que llevaron hasta Siracusa a su compatriota sajón Johann Gottfried Seume, el protagonista Paul Gompitz abandona su país. Como Seume, que en 1802 escribió la crónica de su viaje sazonada de una buena dosis de crítica política, Delius hace partir a su héroe para dar cuenta de una peripecia que se ajusta como anillo al dedo a sus intenciones: desvelar la absurdidad de un sistema burocratizado y represor y retratar de paso ciertas actitudes pedantes de ciudadanos de la República Federal hacia este sistema. Gompitz, un intelectual de estudios frustrados por negarse a hacer el servicio militar y vigilado desde entonces por la Stasi, anhela llegar a Siracusa, pero –contra toda expectativa- no para abandonar su tierra, sino por gozar de la libertad de ver mundo y realizar así “la primera decisión plenamente libre de cierta importancia”. Inútiles intentos de obtener el obligado permiso no le dejan otra opción que la fuga. Durante siete años planea estratégicamente su viaje, del que no cuenta nada ni a su esposa para protegerla de represalias. El retorcido proceso de su eterna planificación es el reflejo directo del retorcimiento de un sistema político que obliga a sus ciudadanos a “ceder de una vez a la añoranza por lugares lejanos y salir del país para poder permanecer en él”. Porque Gompitz no desea quedarse fuera, “quiere regresar sin falta a Rostock”.
Haciéndose eco del narrador de Döblin en Berlin Alexanderplatz, el de Delius adopta dos registros diferentes: una voz omnisciente, que introduce cada capítulo, avanzando al lector los acontecimientos que se glosarán, y otra, que se identifica con el personaje y logra la empatía que mantiene la tensión lectora hasta el final. Delius sabe sacar buen partido literario al suceso que desde la realidad le venía únicamente bosquejado; desarrolla con pelos y señales y muchos visos de realismo todos los detalles con artesana minuciosidad y consigue lo que cumple alabar como un difícil equilibrio cuando aborda tópicos y comportamientos estereotipados, sin caer nunca en el tópico ni el estereotipo. El autor recrea con atinada verosimilitud y sin maniqueísmo el asfixiante y absurdo universo de la RDA evitando con maestría los lugares comunes que entretanto ya se repiten en la literatura que pasa revista retrospectiva a aquellos años grises. Contrariamente a lo que han opinado críticos como Heinz Czechowski o Reinhard Baumgart, que han reprochado al autor la usurpación de un tema que, como alemán occidental, supuestamente no le corresponde, la de Delius es precisamente por ello una mirada más tranquila, la que desde fuera le proporciona la justa distancia que le permite huir del autocompadecimiento o de una inculpación demasiado fácil. La temática del libro, por otro lado, no se agota en la RDA, es una mirada lúcida hacia las dos alemanias y un poco más allá de sus fronteras. A partir de una trama sencilla, Delius esboza también, con precisas pinceladas, una complicada historia, la de una relación de desamor entre ambas. El lector en lengua española tiene ahora dos oportunidades de leer a un autor nunca antes traducido a nuestro idioma, al tiempo que puede adentrarse en los entresijos de un ambiente social y político poco conocido literariamente en nuestro país, del que estos textos nos ofrecen uno de los mejores retratos.

© Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO »
TÍTULO=»VIAJE DE IDA Y VUELTA A LA LIBERTAD»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «VIAJE DE IDA Y VUELTA A LA LIBERTAD»

PDF

FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

LO QUE QUEDA DE LA UTOPÍA

*
Brigitte Burmeister, Bajo el nombre de Norma
Trad. de Valentín Ugarte,
451 Editores, Madrid, 2009, 285 págs.

por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
____________________________________________________________________
La historia de alemania sigue siendo en el siglo XXI el gran tema de la narrativa alemana, que en los últimos tiempos tantea con mayor o menor acierto la digestión emocional del proceso de reunificación, para muchos no ausente de dolor y tragedia.
Silenciosa resistencia al olvido, fidelidad a la identidad. Ésta es la actitud que defiende Marianne Arends, la protagonista narradora de Bajo el nombre de Norma, frente a la frenética liquidación de valores que se impone a su alrededor. Igual que las de Irina Liebmann, En Berlín y Marion Titze, Pérdida desconocida, publicada en 1994 y ganadora ésta el mismo año del premio de la crítica, la novela glosa, tres años después de la caída del Muro, la vertiginosa desaparición de un mundo a cuyo legado positivo Marianne se mantiene fiel. Trasunto de su propia heroina y dando muestras de esta fidelidad Brigitte Burmeister (Posen, 1940) toma el testigo literario e ideológico de su compatriota Christa Wolf en El cielo dividido. Ahora bajo cielo reunificado, al igual que la Rita Seidel de Wolf, hace regresar a Marianne a Berlín este, tras una breve estancia en alemania occidental donde ha visitado a su marido, quien ha optado por la actitud contraria: mudarse al oeste, olvidar el pasado, hacer carrera profesional y adaptarse a las nuevas condiciones de competitividad. Sin tomar absoluto partido por la RDA, no ausente de crítica en la novela, Burmeister aplica a su literatura las mismas categorías que defiende para la vida, la observación minuciosa a través de los sentidos, el valor de lo tranquilo, menudo y sencillo, que reivindica y siente amenazadas ante la deslumbrante ostentación y superficialidad de la nueva sociedad que se impone a machamartillo. Así los tiempos transcurren de manera absolutamente opuesta en los mundos aún opuestos del este y del oeste, del mismo modo que se entiende de forma completamente distinta el trato personal. A partir del ambiente que se desarrolla en el patio trasero de la humilde escalera del céntrico y crucial barrio de Berlín-Mitte donde vive Marianne, Burmeister sabe transmitir con nostalgia los temas clave que ocupan a los vecinos desde los primeros momentos de la reunificación en 1989 hasta 1992, así como la relación humana entre ellos. La velocidad con que se desvanecen los recuerdos de la vida cotidiana del pasado reciente y la necesidad de rescatarlos del olvido constituye una de las reclamaciones de Marianne, que, a partir de ruidos y observaciones explaya su memoria, que no sigue un esquema lineal. Burmeister desarrolla su técnica narrativa a partir de dos únicos días de narración, muy significativos para la interpretación de la novela: el 17 de junio [de 1953] –día de la histórica insurrección obrera en la RDA contra el gobierno- y el 14 de julio [de 1789], fecha de la toma de la Bastilla, como utopía pendiente, el mismo día en que la protagonista regresa a Berlín este. Un manojo de cartas rescatadas del piso liquidado de las ancianas hermanas König, muertas recientemente, así como las que intercambian Marianne y su marido Johannes, sirven a Burmeister para dar cuenta contrastada de la historia del este y del oeste, y para dar fe de que el poderoso oeste no puede alardear de superioridad moral. Mucho y fundamental es lo que sigue separando a la gente de uno y otro lado; los clichés que aplica la arrogancia del prepotente oeste a los ciudadanos del este serán la causa de la disolución del matrimonio de Marianne, quien, en una fiesta organizada por su marido Johannes se inventa el bulo de que, bajo el nombre de Norma, ella fue colaboradora de la Stasi, un lugar común que su interlocutora occidental está demasiado dispuesta a creer. Las simpatías de Burmeister recaen sin duda del lado de la RDA que pudo ser y no fue. Sin embargo al rechazo de la reunificación que se impone no acierta a oponer una alternativa, que apunta sólo muy vaga y tangencialmente aludiendo a una cooperativa en el sur de Francia donde la vida transcurriría idílicamente en fraterna solidaridad. El revolucionario Saint-Just, cuya biografía -al igual que la propia Burmeister- traduce Marianne, parece esbozar el punto de referencia al que se remite la autora: su elevada idea de la amistad entre dos hombres -en el libro trasladada a las dos mujeres, Marianne y Norma- es lo que queda de la liquidación de la utopía.

© Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO »
TÍTULO=»LO QUE QUEDA DE LA UTOPÍA»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «LO QUE QUEDA DE LA UTOPÍA»

PDF

FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI