La espada rota (Poul Anderson)

espada_rotaEsta verdadera fantasía heroica sobre la Tierra de los Elfos de las antiguas leyendas noruegas fue publicada en un tiempo en que las novelas de literatura fantástica de cualquier tipo eran una mercancía rara en los Estados Unidos (aunque los libros de «Conan», de Robert E. Howard fueron publicados por una pe­queña imprenta norteamericana a comienzos de los años cin­cuenta) . La novela de Anderson estuvo agotada durante una década y media antes de ser resucitada (y revisada) para la serie «Adult Fantasy» de Ballantine Books en 1971. Pese a la escasa atracción que tuvo, se ha convertido en una obra influyente, gracias al entusiasmo de Michael Moorcock y otros pocos auto­res de obras de espada y hechicería.

The Broken Sword [La espada rota] es la trágica historia de dos hermanos cambiados uno por otro, uno nacido humano, Skafloc, y otro nacido elfo, Valgard. Aunque idénticos en aparien­cia, y al principio cada uno ignorante de la existencia del otro, tienen naturalezas muy diferentes: ambos son excelentes gue­rreros, pero Skafloc es cortés y afectuoso mientras que Valgard es sanguinario y cruel. Skafloc, aunque humano, aprende toda clase de habilidades de sus guardianes elfos. «Aprendió las can­ciones para desencadenar o aplacar tormen-tas, provocar cose­chas buenas o malas, o suscitar la cólera o la benevolencia en un pecho humano. Aprendió cómo obtener de sus minerales los metales, desconocidos por los humanos, que en el mundo de las hadas reemplazaban al acero. Aprendió el uso del man­to de la obscuridad y de las pieles que debía ponerse para adop­tar la forma de un animal. Cerca del fin de su enseñanza apren­dió las poderosas runas, canciones y encantos que permitían le­vantar a los muertos, leer el futuro e imponerse a los dioses …»

Mientras tanto, el malvado e inhumano Valgard asesina a la mayor parte de su familia adoptiva, secuestra a su media her­mana Freda y huye de las tierras de los hombres. Se pone al ser­vicio de Illrede, el rey troll, quien ha jurado destruir la dominación de los elfos en la Tierra de las Hadas: «Ahora, durante tres días y sus noches los barcos de Valgard navegaron en un venda­val permanente … Estuvo casi todo el tiempo en la proa de su embarcación, envuelto en una larga capa de piel, con la sal y la escarcha encostradas en el cuerpo, y meditando sobre las aguas. Una vez un hombre se atrevió a contradecirlo, y lo mató allí mismo y lo arrojó por encima de la borda. Hablaba poco, lo que satisfacía a la población, que no deseaba sentir aquella extraña mirada sobre ellos».

Hubo una guerra entre los elfos y los trolls, un feroz conflic­to en la Tierra de las Hadas que permaneció invisible para los seres humanos, y Skafloc y Valgard surgieron como los cam­peones de cada bando. Inevitablemente, se encontraron y com­batieron una y otra vez. Su hermana Freda se convirtió en el trofeo de la batalla. Skafloc se enamora de ella, sin saber que es una parienta cercana de él, y ella le corresponde en su amor. La pecaminosa unión provoca la condena de Skafloc, pero no an­tes de que Valgard sea destruido. Es una sombría y sangrienta historia de parricidio, fratricidio e incesto, frecuentemente ab­surda y llena de excesos, pero relatada con una furia lírica de asombrosa fuerza emocional. A menudo la prosa está cargada de aliteraciones, pero apropiadamente: «The wind skirled and bit at them. Sleet and spindrift blew off the waters in stinging sheets, white under the flying fitful moon. The sea bellowed inward from a wild horizon, bursting onto skerries and strand … The night was gale and sleet and surging waves, a racket that rang to the riven driven clouds». [El viento silbaba y los golpeaba. Aguanieve y rocío del mar brotaban de las aguas en capas punzantes, blancas bajo la veloz luna intermitente. El mar bramaba en su interior desde un ho­rizonte borrascoso, estallan-do sobre las islas rocosas y la costa … La noche era tormentosa con aguanieve y agitadas olas, cuyo al­boroto resonaba en las nubes hendidas y a la deriva.] Es una historia misteriosamente mágica, como pocas obras de la litera­tura fantástica más cercanas en el tiempo lo son. Poul Anderson (nacido en 1926) quizás embelleció su material, pero permane­ce fiel al espíritu esencial de esas antiguas sagas nórdicas que inspiraron su notable novela.

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El cuerno de caza (Sarban)

cuernocaza_0_previewEsta breve novela de terror pertenece a la gran tradición britá­nica de relatos horripilantes contados junto a la chimenea. El narrador, Alan Querdilion, cuenta la historia a un amigo que fuma su pipa mientras están sentados, a altas horas de la noche, ante un hogar lleno de leños crepitantes. Pero las experiencias de la guerra que relata están lejos de ser agradables. Sarban es el seudónimo de John W. Wall (nacido en 1910), escritor conoci­do por sus historias de fantasmas. En una introducción escrita para la edición americana, Kingsley Amis arguye que El cuerno de caza (The Sound of his Horn), aunque en gran medida situado en un futuro cuidadosamente imaginado, es literatura fantásti­ca más que ciencia ficción: «el universo para-lelo en el que se sitúa el cuento principal no debe ser abordado mediante nin­gún género de técnica científica»; además, el encuadre es rural (y neofeudal), mientras que los horrores característicos de la ciencia ficción comúnmente son urbanos.

Alan Querdilion cuenta su fuga de un campamento alemán para prisioneros, y su viaje a través de los bosques de pinos de Europa Oriental. Bajo la brillante luz de la luna, llega a un fres­co y atractivo paisaje: «¡Eran bosques tan diferentes!; no mo­nótonos bosques de pinos, sino un bello bosque verde de robles, hayas y espinos de flores blancas». Corre hacia un pe­queño lago que estaba entre estos árboles, pero tropieza con una barra de energía mágica y queda inconsciente: «Mis ojos fueron horadados por el dolor que me causó una luz amarilla, y mi cuerpo, despojado de todo su peso y cohesión, salió gi­rando y describiendo una espiral hacia arriba, como un gas en la obscuridad». Se despertó y se encontró otra vez cautivo, en el hospital anexo a un lujoso pabellón de caza, donde era aten­dido por sirvientes mudos. Después de una conversación con el médico, descubre que ha llegado a un mundo futuro donde los nazis han ganado la segunda guerra mundial y donde se ha hecho volver a una gran extensión de Europa a la condición de un bosque primitivo, un lugar de juego salvaje de su gobernante, el conde Von Hackelnberg, Gran Guardabosques del Reich.

La narrativa de Querdilion se convierte en una gran pesadi­lla. De noche, oye el cuerno de caza del conde, «tocado a largos intervalos, cada nota tan solitaria en la obscuridad y el silencio total como una sola vela en mar abierto». Se le permite observar una caza a la luz del día, y queda horrorizado al descubrir que la presa no es algún animal desdichado sino una muchacha casi desnuda, con la cabeza y la espalda engalanada con plumas como «una de las diosas con cabeza de pájaro del Antiguo Egipto». Pero lo peor viene luego: el conde no sólo persigue presas humanas sino que también utiliza «sabuesos» humanos. El lugar de honor en esta horrible colección de fieras se otorga a los gatos–mujeres–muchachas que han sido «buscadas y selec­cionadas con cuidado de experto entre todas las granjas criadoras de esclavos del gran Reich … (ellas) eran totalmente inhumanas: eran mujeres transformadas, mediante una demo­níaca habilidad en la crianza y la preparación, en grandes gatos ágiles, rápidos y peligrosos». Estas criaturas salvajes son bellas y aterradoras: Querdilion ve cómo destrozan dos conejas con ga­rras y dientes. Luego es llevado al bosque por los hombres del conde, para convertirlo en la presa de la si-guiente cacería.

La breve novela de Sarban es una obra de horror hábilmen­te elaborada, con imágenes convincentes y una trama muy ten­sa. Socava las ideas sentimentales, especialmente caras a cora­zones ingleses, del bosque como un lugar tranquilo y de la caza como deporte de caballeros. En un plano es directamente un cuento sobre la bestialidad nazi, aunque perturbador en sus implicaciones sexuales. En otro plano, es una fantasía intem­poral sobre los seres humanos como cazadores y cazados, sobre la humanidad brutal y la naturaleza bruta.

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Pincher el náufrago (WILLIAM GOLDING)

golding«Luchaba en todas las direcciones, su cuerpo se retorcía y deba­tía denodadamente. No había arriba ni abajo, ni luz ni aire …» La tercera novela de Golding puede ser considerada como una «fantasía póstuma», es decir, un cuento, no tanto sobre la vida futura, como del momento de la muerte. He tomado este útil término del crítico John Clute. En su recensión de Compañía de Sueños Ilimitada [68] (Foundation 19, junio de 1980), escribió: «Lo que yo llamaría la fantasía póstuma, aunque tal vez pronto pue­da encontrarse una expresión mejor, se parece mucho a los cuentos como «Un suceso en el puente sobre el río Owl» de Ambrose Bierce o «Mr. Arcularis» de Conrad Aiken, relatos don­de los hombres, literalmente al borde de la muerte, escapan a una alternativa imaginada y comprenden gradualmente que el mundo de los sueños está desapareciendo, por lo general al son de un ritmo insistente y horrorífico, quizás el del corazón que fa­lla». El libro de Golding sigue exactamente este paradigma.

El protagonista, el teniente Christopher Martin (llamado Pincher [«tenaza»] por sus colegas), es un marino británico a punto de ahogarse en el océano Atlántico. Esto sucede durante la segunda guerra mundial, y su barco acaba de ser torpedea­do por un submarino alemán. Entramos en la conciencia de Martin y seguimos sus pensamientos y sentimientos con minu­cioso detalle mientras lucha contra el océano frío. En las pri­meras veinte páginas de la novela va a la deriva, agitándose lo­camente, tragando agua salada, con la mente sumida en una confusión de recuerdos, esperanzas y lamentaciones. Nadie lo rescata, pero divisa un trozo de tierra, una roca solitaria cubier­ta de algas, que es su salvación (temporal). Se arrastra hacia la costa «en este único punto rocoso, el pico más alto de una ca­dena montañosa, un diente de la antigua mandíbula de un mundo sumergido, sobresaliendo en la inconcebible vastedad de todo el océano», donde permanece el resto de la novela; un hombre solo, símbolo de todo el espanto de la condición humana.

 

Es poco lo que sucede, pero la narración es extraordina-ria­mente vívida. Como en otros libros de Golding, somos espías privilegiados de la brillante creación preternatural de Dios. Es como si fuésemos testigos de todo mediante los efectos de una droga que acrecienta las facultades de la mente. Seguimos al pobre Pincher cuando trepa a la cúspide del islote desier­to, cuando busca alimento, bebida y refugio, y cuando mira fi­jamente el abismo que tiene dentro de él. Es una suerte de Robinson Crusoe disminuido, mínimo. Mantiene conversacio­nes imaginarias con viejos conocidos, lucha contra la locura y padece ocasionalmente delirios de grandeza. «»Soy Atlas, soy Prometeo.» Se siente como una aparición gigantesca sobre la roca.» Pero al fin no puede encontrar paz ni gracia celestial. Todo el delirio de supervivencia, mantenido por el poder de la voluntad, se derrumba de pronto, y Pincher y vuelve a lo que es: un marino que se está ahogando y enseguida estará muerto.

William Golding (nacido en 1911) es el más reciente galardo­nado británico con el premio Nobel de Literatura. Gran parte de su obra tiene un carácter alegórico y la forma de la novela histórica, o la ciencia ficción o, como en este caso, la fantasía metafísica. Otra de sus más hermosas novelas es La construcción de la torre (1964), que trata de la acuciante obsesión de un cléri­go medieval que desea construir una aguja de catedral de cien­to veinte metros, aparentemente para mayor gloria de Dios, pero posiblemente para satisfacción del Diablo. Al igual que Pincher el náufrago (Pincher Martin), pero de manera más mani­fiesta, trata del problema siempre presente del mal que habita en el corazón humano.

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El tambor de hojalata (Gunther Grass)

tambvorDurante la primavera y el verano de 1952 recorrí Francia de arriba abajo pidiendo viajes a los vehículos que pasaban. Vivía de casi nada, dibujaba sobre papel estraza y escribía sin parar: el lenguaje me había afectado como una diarrea. Además de ciertos cantos bastante epigonales (creo yo) sobre él difunto timonero Palinuro, produje un largo y tumoroso poema en el que Oskar Matzerath, antes de llamarse así, aparece como anacoreta estilista.

Era un hombre joven y existencialista, según los dictados de la moda del momento. De oficio, albañil. Vivía en nuestros tiempos. Sus conocimientos literarios eran desordenados y más bien fortuitos, y no escatimaba las citas. Desde antes de ocurrir el auge de la prosperidad material, estaba harto de ella y enamorado de su propio asco. Por eso, construyó una columna en el centro de su pequeña ciudad (sin nombre), posición que ocupó encadenado. Mediante un largo palo y un cesto, su madre, sin dejar de regañarlo, le pasaba la comida. Sus esfuerzos por incitarlo a regresar eran apoyados por un coro de muchachas peinadas al estilo de figuras mitológicas. El tránsito de la población daba vueltas a la columna, se reunían sus amigos y enemigos; finalmente, la comunidad entera levantaba la vista hacia él. El anacoreta estilista, por encima de todo ello, miraba hacia abajo y cambiaba serenamente el peso de una pierna a la otra; había hallado su perspectiva y reaccionaba con palabras cargadas de metáforas.

Este extenso poema no se logró y fue olvidado en alguna parte; sólo recuerdo unos cuantos fragmentos, que a lo sumo muestran la influencia ejercida simultáneamente sobre mí por Trakl y Apollinaire, Ringelnatz, Rilke y unas traducciones pésimas de Lorca. Lo único interesante era la idea de la búsqueda de una perspectiva apartada: la elevada posición del anacoreta estilita resultaba demasiado estática. El tamaño alcanzado por Oskar Matzerath a los tres años me brindó al mismo tiempo, finalmente, movilidad y distancia. Si se quiere, Oskar Matzerath es un anacoreta estilita de polaridad invertida.

Al finalizar el verano del mismo año, cuando estaba desplazándome, procedente del sur de Francia, vía Suiza hacia Dusseldorf, no sólo conocí a Anna sino que también, como producto de la mera contemplación, fue destituido el anacoreta estilita. En una ocasión banal, por la tarde, vi entre adultos que tomaban café a un niño de tres años, que traía colgado un tambor de hojalata. Llamaron mi atención y se fijaron en mi conciencia: la entrega ensimismada del niño a su instrumento; también, su forma de no hacer caso del mundo de los adultos (dedicados a acompañar su charla vespertina con café).

Durante tres años completos, este «hallazgo» permaneció enterrado. Me mudé de Dusseldorf a Berlín, cambié de maestro de escultura, volví a encontrar a Anna, me casé al año siguiente, saqué a mi hermana, que se había metido en un callejón sin salida, de un convento católico, dibujé y modelé figuras en filigrana, parecidas a aves, langostas y gallinas, fracasé con un primer intento más largo de prosa, que se llamaba La barrera y había tomado a Kafka como modelo y a los primeros expresionistas, como fuente de su aparato metafórico; sólo entonces escribí, un poco más tranquilo, mis primeros poemas eventuales, relajados y puestos a prueba con trazos de dibujo, los cuales se apartaron del autor y ganaron esa independencia que permite la publicación: Die Vorzüge der Windhühner [Las ventajas de las gallinas del viento], mi primer libro.

Con ese equipaje —el material acumulado, algunos proyectos imprecisos y una ambición precisa: yo quería escribir mi novela, Anna buscaba un ejercicio más estricto de ballet— abandonamos Berlín a principios de 1956, sin recursos y sin preocupaciones, y fuimos a vivir a París. Cerca de la Place Pigalle, Anna encontró a su estricta matrona rusa de ballet, en forma de Madame Nora; yo aún estaba puliendo la obra de teatro Los malos cocineros, cuando comencé el primer borrador de una novela que tendría diversos títulos de trabajo: Oskar, el tambor, El tambor, El tambor de hojalata. Y exactamente aquí es donde se bloquea mi memoria. Sé que gráficamente diseñé varios planes, los cuales resumían todo el material épico, llenos de palabras sucintas, pero estos planes fueron anulados y perdieron su valor mientras progresaba el trabajo.

No obstante, también los manuscritos de la primera y la segunda versiones, y finalmente de la tercera, sirvieron para alimentar el calentador en mi cuarto de trabajo, el cual volveré a mencionar más adelante.

Con la primera frase: «Pues sí: soy huésped de un sanatorio…», se disolvió el bloqueo, me apremió el lenguaje, fluyeron libremente la capacidad de recordar y la fantasía, el placer lúdicro y la obsesión con los detalles, un capítulo derivó de otro, supe dar brincos cuando inesperadas depresiones contenían la corriente del relato, me ayudó la historia con ofertas locales, las latas reventaron para soltar olores, fui adquiriendo una familia reproducida espontáneamente, me peleé con Oskar Matzerath y sus anexos sobre los tranvías y la disposición de las líneas, sobre los procesos simultáneos y la absurda coacción ejercida por la cronología, sobre el derecho de Oskar a hablar en primera o en tercera persona, sobre su pretensión de engendrar a un hijo, sobre sus faltas verdaderas y su culpa fingida.

De esta manera, mi intento de adjudicar al solitario Oskar una maliciosa hermanita fracasó debido a las protestas de aquél; es posible que la hermana haya insistido, posteriormente, en su derecho a la existencia literaria, en forma de Tulla Pokriefke.

Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: un agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. El cuarto servía también para calentar nuestro minúsculo departamento de dos habitaciones en la planta siguiente. Mi actividad de fogonero se engranó con la de escribir. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por coque, con dos cubetas, a un cobertizo del sótano en el edificio al frente. Mi habitación olía a moho y, acogedoramente, a gas. Las goteras de las paredes estimulaban mi imaginación. Es posible que la humedad del cuarto haya activado el ingenio de Oskar Matzerath. Una vez al año, durante los meses de verano, tenía la oportunidad de escribir al aire libre en Tesino durante un par de semanas, por ser Anna de Suiza. Me sentaba a la mesa de piedra debajo de una pérgola de vid, contemplaba el paisaje centelleante, propio de una decoración teatral, de la zona del sur, y describía, bañado en sudor, el helado mar Báltico.

 A veces, para cambiar de aire, garabateaba los borradores para los capítulos en los bistros de París, tal y como se les conserva en las películas: entre parejas de enamorados trágicamente abrazados, ancianas escondidas dentro de sus abrigos, paredes de espejos y ornamentos Art Nouveau, algo sobre afinidades electivas: Goethe y Rasputín.

A pesar de ello debo haber vivido intensamente, al mismo tiempo, cocinado con esmero y bailado de gusto, a la menor provocación, por las piernas bailadoras de Anna, pues en septiembre de 1957 —me encontraba en medio de la segunda versión— nacieron nuestros hijos gemelos, Franz y Raoul. Un problema no de naturaleza literaria, sino financiera. Al fin y al cabo, vivíamos de unos 300 marcos mensuales, repartidos minuciosamente, los cuales ganaba casi sin fijarme en ello. A veces creo que me protegió el simple hecho —si bien afligiera a mi padre y mi madre— de no haber terminado el bachillerato. Con un bachillerato, seguramente hubiese tenido ofertas, me hubiera convertido en guionista para programas nocturnos de radio, hubiera guardado el comienzo de un manuscrito en el cajón y un rencor creciente, de escritor impedido, contra todos los que escriben libremente, sin preocuparse, y aun así los alimenta nuestro Padre en los Cielos.

La última versión del capítulo sobre la defensa del Correo polaco en Danzig hizo necesario un viaje a Polonia en la primavera de 1958. Hôllerer sirvió de intermediario, Andrzej Wirth escribió la invitación y vía Varsovia me dirigí a Gdansk. Sospeché que aún debían existir algunos antiguos sobrevivientes de la defensa del Correo polaco y pedí informes en el Ministerio polaco del Interior, el cual contaba con una oficina en la que se apilaban los documentos sobre los crímenes de guerra cometidos por los alemanes en Polonia. Me proporcionaron los domicilios de tres antiguos empleados del Correo polaco (la referencia más reciente era de 1949), pero con el comentario restrictivo de que los supuestos supervivientes no eran reconocidos por el sindicato polaco de trabajadores del Correo (ni en los círculos oficiales en general) porque, según las versiones alemana y polaca, en el otoño de 1939 se dio a conocer públicamente que todos habían muerto fusilados. Por eso se habían cincelado sus nombres en la lápida conmemorativa; y el que haya sido cincelado en piedra ya no puede estar vivo.

Fui a Gdansk en busca de Danzig, pero encontré a dos de los antiguos empleados del Correo polaco; entretanto, habían conseguido trabajo en los astilleros, ahí ganaban más que en el Correo y en realidad estaban contentos con su estado de no reconocimiento. No obstante, sus hijos querían ver a los padres convertidos en héroes y estaban tramitando (sin éxito) su reconocimiento como luchadores de la resistencia. De ambos empleados del Correo (uno había distribuido giros postales) obtuve descripciones detalladas de los sucesos ocurridos en el Correo polaco durante su defensa. Me hubiera resultado imposible inventar esas rutas de evasión.

En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad y hojeé colecciones del Danziger Vorposten, olí el Mottlau y el Radaune. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos y aquel gran edificio de alquiler del Labesweg, entre la plaza Max Halbe y el mercado nuevo; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico.

Y un día me encontré en la cocina comedor de mi tía abuela cachuba, Anna. Sólo al mostrarle mi pasaporte terminó de creerme: «Vaya, Guntercito, cómo has crecido.» Ahí me quedé por un tiempo para escucharla. Su hijo Franz, un antiguo empleado del Correo polaco, efectivamente había sido fusilado después de capitular los defensores. Hallé su nombre cincelado en piedra sobre la lápida conmemorativa: reconocido.

En la primavera de 1959, después de concluir el trabajo del manuscrito y corregir las galeras y las pruebas, recibí una beca por cuatro meses. Otra vez había intervenido Hóllerer. Debía viajar a Estados Unidos y contestar, de vez en cuando, las preguntas de estudiantes. Sin embargo, no logré el permiso. En aquel entonces aún había que someterse a un meticuloso examen médico para obtener la visa, lo cual hice y averigüé que en algunos puntos de mi pulmón habían aparecido tubérculos, una especie de nodulos: cuando los tubérculos revientan, producen agujeros.

Por eso, y también porque en Francia, entretanto, había asumido el poder De Gaulle —después de ser detenido por la policía francesa durante una noche, me entró una verdadera nostalgia de la policía alemana—, dejamos París, al poco tiempo de aparecer El tambor de hojalata como libro (y de abandonarme), y volvimos a establecernos en Berlín. Ahí me obligaron a dormir a mediodía, a abstenerme del alcohol, a hacerme examinar con regularidad, a tomar crema y a tragar tres veces al día unas pastülitas blancas que, según creo, se llamaban Neoteben, con lo cual me volví sano y gordo.

No obstante, estando aún en París había comenzado los trabajos preliminares para la novela Años de perro, que al principio se intitulaba Cascaras de papa y estaba basada en una concepción falsa. Hizo falta la novela corta El gato y el ratón para destrozar ese concepto insustancial. Pero en este tiempo ya era famoso y no tenía necesidad de alimentar la estufa con coque mientras escribía. Desde entonces, escribir me resulta más difícil.

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Siete días en Nueva Creta (Robert Graves)

nuevaEste fascinante libro de un importante poeta y autor inglés de novelas históricas también es conocido por su título americano Watch the North Wind Rise. En el momento de su aparición Graves acababa de publicar su controvertido libro, no de ficción, La diosa blanca: una gramática histórica del mito poético (1948), donde sostiene que toda gran poesía se inspira en lo eterno femenino, la antigua Diosa trina que ha sido desplazada en tiempos moder­nos por la «razón» científica masculina. Siete días en Nueva Creta (Seven Days in New Crete) aborda el mismo tema, en la forma de una fantasía de viaje en el tiempo. El narrador, un poeta del si­glo xx llamado Edward Venn–Thomas, despierta en un lejano futuro para encontrarse en un lugar utópico pero armonioso llamado Nueva Creta. Es una sociedad de hornillos de madera y luz de velas, gobernada por poetas y brujas de magia blanca, donde todo el mundo expresa su creencia en la única verdade­ra diosa. No hay violencia alguna –las guerras se han convertido en torneos amistosos librados en los pastos de la aldea– y hay una sorprendentemente escasa actividad sexual («en casos de total simpatía, nos echamos uno junto a otro, o pie con pie, sin contacto corporal, y nuestros espíritus flotan hacia arriba y vagan en un movimiento a través de la habitación»).

Aparentemente, Edward Venn–Thomas ha sido invocado por las brujas para que responda a sus preguntas acerca de su propio período, la Época Cristiana Tardía. (El conocimiento que tienen sus anfitriones del pasado es brumoso: en un mo­mento se siente mortificado al descubrir uno de sus poemas en un libro titulado El canon poético inglés, que ha sido «torpemen­te reescrito y atribuido al «poeta Tseliot»».) Pero en realidad, como llega a comprender gradualmente, él está allí para reali­zar los designios profundos de la Gran Diosa. Nueva Creta pue­de ser un paraíso no violento, pero es también aburrida y sin vida, y la tarea de Edward es inyectar un poco de maldad y locu­ra en las vidas excesivamente virtuosas de sus ciudadanos. Lo hace, sin ser consciente al principio de lo que está ocurriendo: se ve enredado en amores con dos jóvenes mujeres, despertan­do así sentimientos de celos que luego conducen a actos de ase­sinato y suicidio. Edward dice, en su principal discurso, al final de la novela:

 

–Yo soy un bárbaro, un poeta del pasado … tengo un mensaje que transmitiros; ¡escuchadme bien! La Diosa es omnipotente, la Diosa es de una suprema sabiduría, la Diosa es totalmente buena; pero hay veces en que se pone la máscara del mal y del engaño. Durante demasiado tiempo, nuevos cretenses, ella os ha mostrado su rostro clemente y natural; la costumbre y la prosperidad os han cegado para su belleza. En mi época bár­bara, un tiempo de gran obscuridad, ella llevaba una máscara perpetua de crueldad hacia los incontables renegados de su servicio, y se la quitaba, raramente y en secreto, sólo para los locos, los poetas y los amantes.

»… Ella me ha llamado del pasado, como simiente de des­venturas, para proveeros de una cosecha de aflicciones, pues el verdadero amor y la verdadera sabiduría sólo surgen de la ca­lamidad … ¡Sopla, viento del Norte, sopla! Aleja la seguridad, levanta los antiguos techos arrancándolos de sus vigas, destru­ye las ramas podridas de los alisos, las encinas y los membrillos; rompe las puertas … y pon en libertad a los locos …

 

En esta interesante (y a menudo divertida) fantasía de im­pulsos en conflicto, Robert Graves (1895–1985) no nos pide que nos unamos a su culto de la Diosa, sino que más bien explora todos sus propios sentimientos ambiguos en relación con la poesía, las mujeres, el progreso técnico, la guerra y la civili­zación.

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