«Dia De Venganza/tormenta Silenciosa» de Varios Autores

Por mucho que Rozalyn Sawyer odiara admitirlo, no podía evitar desear que Ford Lancaster se quedara más tiempo junto a ella… y le diera más de aquellos ardientes besos. Rozalyn estaba segura de que alguien había atentado contra su familia, pero no sabía si se empeñaba en averiguar la verdad por miedo o por locura…

Él era el tipo de hombre que un muchacha como Marly Jessop jamás había visto. Deacon Cage llegó a Mission Creek, Texas, como una especie de espectro, furtivo y silencioso… Y con la habilidad de inquietar a Marly como nadie había hecho antes. Pero ella no tenía tiempo para fantasías femeninas. Como ayudante del sheriff, Marly estaba muy ocupada con la investigación de unos misteriosos suicidios…

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«Cuentos españoles de antaño» de Felipe Alfau.

Las hazañas de Salvador, El Príncipe Vanidoso, Urruchu, Rolando o Juanín, descritas con una inusitada fuerza plástica, recuperan hoy para el lector –como lo hicieron para el público americano de los años treinta– toda la magia y la fantasía de una patria convertida por el recuerdo en quimera.

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XXIII Semana Negra de Gijón

   XXIII Semana Negra de Gijón
 

Primeras claves de la SN 2010
De nuevo a las andadas.
En tiempos de crisis, hemos intentado que ésta no incida en la oferta de la Semana Negra, creemos que la cultura debe ser en momentos como estos el gran balón de oxígeno de la sociedad. Hemos enfrentado problemas y recortes con imaginación y solidaridad de decenas de colegas. Por lo tanto, hemos intentado que la 23ª edición de nuestro festival esté a la altura de las anteriores.
La ciencia ficción y la fantasía tienen este año nombres de lujo: Larry Niven, Joe Haldeman, Ian Watson y la gran revelación de la literatura de zombis, David Wellington, a los que acompañarán los mejores narradores del género en español.
Haremos un singular homenaje a Chopin en el 200 aniversario de su nacimiento.
Estará con nosotros el general cubano Fabián Escalante, el hombre clave de la guerra entre la isla y la CIA, autor de tres libros que narran historias al borde de lo increíble; y la colombiana Patricia Lara, quien descubrió las claves del paramilitarismo en su país y fue candidata de la izquierda en pasadas elecciones; ahora llega a Gijón con una novela negra.
En el terreno de la novela policíaca habrá que destacar la presencia del novelista griego Petros Markaris, sobradamente conocido en España, de la rusa Iulia Latinina, de la británica Sophie Hannah, del argentino Guillermo Orsi, de los españoles González Ledesma, Julián Ibáñez y Juan Madrid (cuyo personaje Toni Romano cumplirá 30 años de vida en Gijón justificando el homenaje)
Junto a ellos una nueva generación de narradores de habla española, francamente brillantes, en la que destacan los jóvenes argentinos y españoles (Zanón, Casamayor, Luengo, Márquez Sánchez, Luján, Jurado, Néspolo, Cabezón, Álvarez, Balanzá…) y dos nombres de mujer: Cristina Fallarás y Mercedes Castro.
Como en anteriores ocasiones, la SN es el marco en el que se celebran dos festivales hermanos: la Asturcón, dedicada a la ciencia ficción y la fantasía, y el Encuentro Internacional de Fotoperiodismo. Los programas de ambos se darán a conocer muy pronto.
Además, en colaboración con LABoral Centro de Arte y Creación Industrial y El Gaviero Ediciones, se convoca por primera vez el concurso de Poesía Serie B (poesía de género), cuyas bases se pueden consultar en nuestra página web.
Tres exposiciones este año: Vuelven los soldaditos de plomo del Museo de Valencia con una muestra de la Guerra de los Bóxers; tendremos una gran exposición de reproducciones del Museo Nacional de Antropología de México con muestras de piezas prehispánicas, a la que acompañarán  debates y lecturas sobre la conquista de México, como la de Laura Esquivel, autora de Malinche. Una tercera exposición, 100 balas, con regalo de catálogo incluido el día de la presentación, será la que muestre la obra de dos grandes del cómic, el norteamericano Brian Azzarello y el argentino Eduardo Risso.
Tocaremos temas como la literatura y el ciclismo, el crimen de guante blanco y la corrupción (en una mesa redonda en la que participará el director de análisis de la oficina antifraude y contra la corrupción de Cataluña), la mentira en la narrativa, los monstruos descafeinados, las princesas del narco mexicano, la revisión de La venganza de Don Mendo, el western, el genocidio de un guardia civil en Guinea, la verdadera historia de Jesús de Nazaret, variaciones del rosa al negro, la novela policíaca en la guerra civil.  
En los territorios de la novela histórica tendremos con nosotros a Valerio Manfredi, Gisbert Haefs, y Angus Donald (que aporta una versión radical de Robin Hood que ha causado furor en Inglaterra), a los que suman los experimentos de Hotel Postmoderno y la presencia de autores ya conocidos en la Semana Negra como Julio Murillo, Fermín Goñi y León Arsenal.
Y la lista aún no está completa, habrá nuevas incorporaciones en los próximos días.
Y todo esto en el centro de una fiesta popular casi interminable, donde la música, los mercadillos interétnicos, los chiringuitos, la oferta gastronómica o la feria se combinan en el espacio con la Literatura.
Más información en línea con ampliación de invitados, convocatorias y temas en http://www.semananegra.org/

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EL FARO DE LA ÚLTIMA ORILLA ( Stephen Marlowe)

Lo mejor y lo peor de esta novela es que es necesario conocer la vida y obra de Poe para sacarle todo su verdadero sentido. Es, pues, una novela para eruditos de un tema concreto, aunque los que no lo sean tanto también disfrutarán de su lectura.

Se abre la novela con una cita: ¿Acaso no es todo lo que vemos o parecemos sólo un sueño dentro de un sueño?. Terminada la lectura y pasada su última página, esta frase adquiere todo su significado. EL FARO DE LA ÚLTIMA ORILLA es un texto de una fantasía evocadora; realidad y sueño se confunden, ¿no es acaso lo mismo vivir una realidad que creer que se está viviendo una realidad? Los últimos desgraciados días de vida del literato Edgar Allan Poe, secuestrado literalmente por agentes de cierto partido político; agonizante poco después sobre una cama en el Hospital de Baltimore, es la excusa perfecta que da pie a la narración. Poe se retrotrae y cobija en los recuerdos de su pasada existencia, alumbrando sus vivencias en compañía de amigos, enemigos, amantes y esposa; confundiendo en su lecho de moribundo las verdaderas personas de su vida con los personajes de su vida literaria. Ambas vidas jamás estuvieron del todo separadas. Llegados a un punto, es difícil discernir el límite entre lo sucedido realmente y lo que Poe ha creído en verdad experimentar. Sus conversaciones con C. Auguste Dupin, célebre detective diletante creado por él mismo, son muy reveladoras a este respecto, así como sus viajes a París (en donde el autor jamás estuvo), o a la idealizada isla de Panchatán, escenario de unas surrealistas aventuras en las que él mismo toma a la vez el papel de creador y protagonista. Tal es el deseo de Stephen Marlowe de incidir en su idea, de mostrarnos este maremágnum de realidad distorsionada, que en ocasiones la lectura se hace un poco confusa; es necesario estar atento a cada giro de la trama, y a cada desplazamiento de los personajes dentro de ella. Curiosamente, aunque la novela está abundantemente poblada de personajes, tanto reales como imaginarios, hay uno que se convierte en protagonista casi absoluto, y ése es Edgar Allan Poe. Todo gira en torno a su figura, como en torno a un sol ya moribundo; él es el motor y el alma de la historia. Ya sea en su identidad de Phidias Peacock o en la de Thomas W. Fredericks (lo que puede dar una idea de lo esquizofrénico de la trama urdida) la figura de Poe consume a todas las demás, que no parecen si no pálidos reflejos fantasmales que acompañan al espectro supremo, un Poe que se representa en la novela tan pronto como un volcán de ideas y de ilusiones condenadas al fracaso, como un ente herido y confuso, sepultado por la terrible convulsión de lo que sin duda fue su prodigiosa mente. Stephen Marlowe ha optado por intentar parir una novela genial. La idea es tan hipnótica y el resultado final tan monstruoso como se podría esperar: es una novela brillante, aunque no genial. El texto, formado por multitud de capas, sin duda resulta enriquecedor para el que lo lee; resulta enigmático, a la vez que divertido, pasar cada nueva página, avanzar un tanto más en lo que se cuenta, para ver hacia dónde nos lleva. Al final no nos lleva a ningún terreno nuevo, el juego del autor (ya avisados) lo hemos seguido desde el principio: constatar, según la maravillosa teoría de todo aquel que goce de (y con) las exultantes quimeras de la imaginación, que la vida es sueño. En definitiva, una muy recomendable lectura; considerar también que la prosa de Marlowe es todo lo correcta que se pueda desear, y sus descripciones de escenarios y personajes, más que ilustrativos. Tengo la impresión, de todas formas, de que con una segunda lectura, el libro ganará en riqueza. De aquí a unos años, se verá.

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Herzog (Saul Bellow)

Herzog

Aunque Saúl Bellow había publicado antes seis novelas, algunas de las cuales —The Adventures of Augie March y Henderson the Rain King, sobre todo— fueron bien recibidas por la crítica, fue Herzog (1964) la que lo hizo famoso. El extraordinario éxito de esta novela en Estados Unidos, donde, un cuarto de siglo después de su aparición, todavía se reimprime con frecuencia, es un fenómeno intrigante. Cierto, es la mejor novela de Bellow y una de las más ambiciosas de la moderna narrativa norteamericana, pero no hay en ella, por lo menos de primera impresión, ninguno de los ingredientes que caracterizan al best-seller. Es una novela libresca, atiborrada de citas y referencias filosóficas, científicas, históricas y literarias, muchas de las cuales están fuera del alcance del lector común, ése que no lee para preocuparse, aprender o enriquecerse (ésos son los lectores impuros) sino sencillamente para divertirse. Lo curioso es que ha sido entre los lectores puros donde Herzog triunfó de manera arrolladura, en tanto que los críticos académicos aceptaban la novela con reticencias o la acusaban de nihilista, conservadora, antifeminista o de caricaturizar abusivamente el mundo judío. Tal vez la explicación del misterio resida en el humor que transpiran los monólogos de Herzog aún en sus momentos más dramáticos, en las burlas, juegos de palabras, sabrosas invectivas y grotescas ocurrencias que salpican su desesperación y su angustia, aliviándolas e imprimiéndoles un aire casi juguetón. Ése es uno de los mayores logros de Bellow en el libro: haber conseguido vestir con las alegres prendas de la comedia, una historia que es, de un lado, trágica y, del otro, un severo cuestionamiento de la cultura intelectual —la cultura de ideas— como instrumento para enfrentar la vida corriente, los problemas del hombre común.

Casado dos veces y dos veces divorciado; autor de Romanticismo y cristianismo, un ensayo que causó cierto impacto en los círculos académicos; padre de dos hijos —uno de cada una de sus ex esposas—, Herzog, que tiene 47 años y pertenece a una familia de inmigrantes judíos rusos que se establecieron primero en Canadá y luego en Chicago, es un hombre presa de la ansiedad, en los umbrales del extravío y la paranoia. Su separación de Madeleine, quien lo echó de la casa después de engañarlo con Valentine Gersbach, a quien Herzog tenía por su mejor amigo y confidente, ha sido, por lo visto, demasiado fuerte para él, un golpe que no consigue encajar. La experiencia lo ha descentrado, puesto en un estado de total confusión y confinado en sí mismo. En la soledad de su conciencia, Herzog se desdobla, para entablar un diálogo consigo mismo, haciendo un recuento de su vida, de sus desgracias y errores, o intenta un imposible diálogo —mediante cartas imaginarias— con todas las personas vivas o muertas —familiares, amigos, enemigos, políticos, científicos, celebridades, etc.— a las que de un modo u otro considera responsables de su infelicidad.

La novela está narrada, con breves fugas al mundo objetivo, desde esa intimidad malherida y doliente del personaje, esa subjetividad a la que el sufrimiento y el rencor vuelven a menudo un narrador sospechoso: la conciencia de Herzog. Éste no es el único narrador de la historia, aunque sus monólogos ocupen la mayor parte del relato; hay también un narrador omnisciente que narra a Herzog, desde muy cerca de él y según la técnica del estilo indirecto libre. A menudo la barrera entre el narrador-personaje que monologa en primera persona y el narrador omnisciente que narra desde la tercera se evapora —el yo se confunde con el él— y el lector experimenta una especie de vértigo, pues en esos instantes el mundo ficticio se vuelve absoluto desorden. Se tiene entonces la impresión de que el entrevero de identidades entre quien narra y quien es narrado simboliza el colapso definitivo de la mente de Herzog. Pero son sólo amagos de anarquía; la realidad ficticia pronto se recobra y reaparece, organizada y estable, aunque siempre falaz.

¿Por qué falaz? Porque la lastimosa historia de Herzog nos es contada desde el punto de vista del propio Herzog, quien de este modo hace a la vez de juez y parte de lo que le ocurre. ¿Debemos creerle a pie juntillas, como finge creerle todo lo que dice y cuenta ese narrador omnisciente, discreto y servil, que jamás osa contradecirlo ni enmendarlo aun en los momentos en que a todas luces Herzog exagera o miente? Sí, debemos creerle. Porque, en las falsedades y truculencias de Herzog, en la distorsión de la realidad a la que lo inducen su rencor y su impotencia —como ocurre con las mentiras de que está hecha toda ficción— se esconde una verdad profunda. Una verdad secreta e inasible, huidiza como el azogue, que trasciende lo episódico y no se puede verificar objetivamente, una verdad sutil cuya silueta sólo se delinea a través de las fantasías (las mentiras) que ella misma inspira.

A medida que progresa la historia, el lector va descubriendo, en los melodramáticos lamentos del personaje, en su patética necesidad de ser oído, compadecido y justificado que se transparenta tan claramente en esas cartas que fantasea sin llegar nunca a escribir, que el culpable de su drama no es su ex mujer, como él cree. Ni su desleal amigo Valentine Gersbach, ni el repulsivo abogado Himmelstein, el deshonesto psiquiatra Edvig o las decenas de personas a las que su neurosis acusa de ser cómplices, en la enmarañada conjura para hacerlo desgraciado, sino él mismo. O, mejor dicho, alguien que, sin ser él mismo, se halla tan incorporado a su personalidad, tan absorbido en su ser, que es el rasgo que mejor lo define.

Ocurre que Herzog, antes que cornudo o masoquista, incluso antes que judío, es un intelectual. Su conciencia razonante está siempre en movimiento, ordenando el mundo que lo rodea y las relaciones con los demás, e, incluso, sus propios sentimientos y deseos. Es un hombre hecho de ideas, como otros lo son de instintos o convenciones; en Herzog, las ideas hacen las veces de epidermis, frontera obligatoria que todo debe cruzar antes de llegar a su cerebro o a su corazón. Aunque él no acabe nunca de entenderlo, nosotros, confidentes de su historia, lo advertimos: el fracaso de Herzog no es haber sido incapaz de conservar a Madeleine o de escribir la obra maestra que anhelaba o de establecer una relación creativa y durable, sino su impericia para funcionar normalmente en el mundo, su ineptitud para adaptarse a la vida tal como es. Ésa es la fuente de todas las desgracias que le ocurren; éstas son apenas consecuencias de la desarmonía radical entre Herzog y la sociedad. Su fracaso es el de las ideas que lo habitan y que se han convertido en su segunda naturaleza: ellas no sirven para vivir. El tipo de cultura que él encarna aparece irremediablemente en entredicho con los requisitos básicos para triunfar o tener una vida normal en el mundo de Herzog.

Éste, pues, eligió mal. Sus hermanos, en cambio, hombres de negocios o constructores, como Will y Shura, son ahora ricos y perfectamente adaptados, acaso felices. La pobre familia de inmigrantes no lo ha hecho mal, desde los duros días en que el padre contrabandeaba whisky; en una sola generación ha trepado muchos peldaños en la pirámide social de América. Pero Herzog se equivocó: esa cultura humanista por la que optó —las laboriosas meditaciones filosóficas, los afanes históricos— sólo le hubiera servido, en la realidad que vive, si hacía de ella —como hace el oportunista Gersbach o como, sin duda, hará Madeleine una vez que se doctore— una técnica de promoción, una herramienta para conseguir poder dentro de la jungla académica, es decir, algo que se ejercita, se enseña y se ostenta. Pero el ingenuo de Herzog ha hecho algo distinto: ha creído en ella, ha practicado esa cultura como una religión, la ha convertido en su moral. Ése es el crimen que está pagando: haber transubstanciado en su vida unas ideas que la cultura del mundo contemporáneo volvió ficciones, algo cuya función social es ahora decorativa. La realidad es impermeable a los valores humanistas, a las ideas y creencias que encarna Herzog y la calamitosa historia de su vida ilustra esta otra calamidad: la de una tradición intelectual que, aunque aletea en los recintos universitarios, se conserva en las bibliotecas y entusiasma todavía a algunos excéntricos como el protagonista de la novela, tiene cada vez menos asidero en la vida colectiva e influye menos en la marcha de la sociedad.

Pero resumir Herzog como una novela que describe simbólicamente la muerte lenta de la cultura humanista en la civilización industrial moderna, sería hacerle un flaco servicio. Porque, aunque también es eso, es, sobre todo, una novela, una vida ficticia que seduce al lector por la riqueza de su verbo (algo de ello se ha perdido en la traducción al español), por su ironía y su comicidad y por la densa atmósfera social, espléndidamente dibujada, por la que evoluciona el desbaratado intelectual Moses Elkanah Herzog.

No es cierto que una novela profunda no pueda ser al mismo tiempo pintoresca. Ésta lo es, en abundancia, con sus impresionistas imágenes de Manhattan —su vida callejera, sus tribunales de justicia, sus apartamentos—, de Chicago, de la campiña de Massachusetts, o con la vivida reminiscencia de la aclimatación de una familia judía rusa a la vida norteamericana. El amargo pesimismo que subyace a la historia, está contrapesado por ciertos personajes risueños, como el científico Lucas Asphalter, que trata de salvar de la muerte, haciéndole respiración artificial boca a boca, a un mono tuberculoso, o el malsonante leguleyo Himmelstein, la caricatura más deliciosa y perversa del libro.

Pero la criatura más pintoresca de la novela es el propio Herzog, quien, a la vez que un símbolo, es también una personalidad concreta pletórica de vitalidad. Estrafalario, ansioso, desbocado, impráctico, inteligente, melodramático, cultísimo, tortuoso y tierno, nos deja una impresión muy fuerte, aunque contradictoria. Es imposible no compadecerlo, porque es verdad que sufre, y, sobre todo, porque su desgracia es haber creído en las «grandes ideas» y haberlas usado como norte de su propia vida. Pero, de otro lado, no hay duda que buena parte de sus problemas se los ha buscado él mismo; e, incluso, es probable que no pueda vivir sin ellos. Porque a Herzog le gusta sufrir casi tanto como plañir, qué duda cabe. ¿Por qué seguiría tan enamorado de Madeleine, si no fuera así? Las mujeres que son dóciles y tiernas con él, como la japonesa Sono Oyuki, o que harían cualquier cosa por hacerlo feliz, como Ramona, a él lo dejan tibio, se desencanta de ellas muy pronto. En cambio, Madeleine, que lo domina y lo maltrata, que lo explota, se le ha metido en el fondo del alma y es probable que nunca la saque de allí.

¿Esa vocación masoquista y plañidera es suya o heredada? Buena parte de la autopsia intelectual a que Herzog se somete tiene por objeto averiguar si las raíces de lo que le ocurre se hunden en la tradición judía de la que proviene, una tradición que él ha abandonado sólo a medias, pues ella reaparece continuamente en sus reacciones y en su memoria. ¿O es más bien el choque de aquella tradición con la cultura moderna norteamericana, la difícil coexistencia de ambas en su persona, lo que hace de Herzog el ser escindido y desambientado que es?

La pregunta no tiene una respuesta en el libro. Acaso Herzog no quiera encontrarla, para poder continuar sufriendo, o, más bien, para seguir exhibiendo su dolor. Ambas cosas no son idénticas ni se implican la una a la otra, pero ambas se relacionan en su caso de una manera muy estrecha. Una interpretación posible es que Herzog sufra para exhibir su dolor ante el mundo, que sea —sin darse bien cuenta de ello— ante todo un histrión. Exhibiéndolo, su dolor se neutraliza a sí mismo, se vuelve otro, un dolor público, para los demás, que se ha emancipado de su fuente y convertido en espectáculo. Acaso el intelectual, el masoquista, el desesperado Herzog sea un hombre de teatro que se ignora, alguien que ha hecho de su vida una representación escénica, una tragicomedia que lo distrae (igual que a sus lectores) del mundo real y lo (nos) marea de ficción.

La alusión al teatro no es gratuita. Al terminar la última página de Herzog el lector queda con la misma sensación dulzona y melancólica con la que sale el espectador de una pieza teatral que le gustó. Aquella historia ocurrió, pero, en realidad, no ocurrió: fue sólo teatro. Una brillante y fugaz simulación de la vida, no la vida; una fantasmagoría que nos engañó, al conmovernos como si hubiera sido realidad auténtica. ¿Es un acierto o una derrota del autor que el lector quede con esa sensación de haber leído sólo una magnífica novela?

Tal vez sea injusto formular semejante pregunta. En efecto ¿por qué exigirle a una novela ser algo más que una obra de ficción? Porque hay ciertas novelas —muy pocas, en relación con tantas que se escriben— perturbadoras para el género. Al leerlas son capaces de persuadirnos de que, contaminados y trastornados por la hirviente fuerza de sus páginas, literalmente desertamos la miserable realidad de nuestros días para habitar esa otra, más rica y perfecta (a veces más cruel y temible), nacida de la fantasía y la palabra, que de alguna manera nos cambió. Aunque es imposible demostrarlo, los lectores de La cartuja de Parma, de La guerra y la paz o de Luz de agosto saben que regresaron al mundo real distintos de lo que eran antes de emprender la ficticia aventura. La existencia de ese puñado de anomalías en la historia de la literatura hace que seamos tan injustos como para exigir de las novelas no sólo que sean, como ésta, excelentes novelas, sino todavía algo más.

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