Conquista de lo inútil (Werner Herzog)

Conquista de lo inútil, de Werner Herzog

Conquista de lo inútil, nada menos. El título, promete.

Eso fue lo que pensé al encontrarme con este extraño libro, que se anuncia como un diario de rodaje del cineasta Werner Herzog y en el que a al postre el rodaje tiene un papel muy secundario, absorbido por el agobiante, infernal ambiente de la selva, ese organismo vivo que todo lo corroe y todo lo puede, sepultando en un exceso de vida cada brote de esa misma vida que pretende considerarse único y autónomo.

Conquista de lo inútil es la historias de una obsesión: la del director alemán Werner Herzog, que quiso rodar a su vez la historia de otra obsesión: Fitzcarraldo. El rodaje duró dos años. Dos años de mosquitos, peligros, enfermedades, distintas vicisitudes en las relaciones con los indios, con el gobierno peruano, con el gobierno ecuatoriano, con actores tan apocados como el primer protagonista, Jason Robarss, que no pudo soportar el rodaje y fue sustituido pro el demencial Klaus Kinski, quizás el único capaz de vivir en aquella locura de moscas, humedad, moho y demencia reconcentrada.

Esto es lo que cuenta el libro, que al fin y al cabo es un diario: las experiencias diarias y el diario combate contra las fiebres, la locura, la hostilidad de la selva a los europeos y la voluntad de subir, de veras, un barco a la montaña, porque Herzog no pensaba conformarse con rodar semejante escena sobre una maqueta. Tenía que subir realmente un barco, y tenía que ser en medio de la selva.

El resultado es una obra tremenda, casi dantesca, compuesta con tintes wagnerianos que llegan a lo lírico en muchos párrafos, pero a esa lírica germánica del crepúsculo de los dioses y la cabalgata de las Walkyrias, del Triunfo de la Voluntad y de los concierto de Brandeburgo de Bach sonando en el abandono de un lugar que bien pudiera estar en otro planeta.

Todo es nuevo, todo es distinto. Todo tiene su propio peso y su nuevo sabor, desconocido para las escalas europeas. Lo único que es universal es la obsesión y la voluntad. Aunque no sirva para nada. Aunque sea una conquista de lo inútil.

Grandioso.

UNA POESÍA CARGADA DE FUTURO

Sobras en una servilleta

Pepa Ortiz Moreno

Ed. Emboscall, Vic, 2008, 71 pp.
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La infantil metralla de tu lengua. Treinta y siete de-presiones menores

Pepa Ortiz

Ed. La Cabuda Cartonera, El Salvador, 64 pp.

Por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com/

Para quien no haya leído sus poemarios diré que en la contraportada de sus dos libros de poemas, editados en papel, ella misma se presenta como sigue:

«pedagoga y poeta, las dos personalidades al mismo tiempo pero predomina más la de poeta. Tengo dos libros publicados Sobras en una servilleta (Editorial Emboscall, 2008) y La infantil metralla de tu lengua (Editorial la Cabuda Cartonera de El Salvador, 2010) y en ebook (Emooby, 2011). ‘Existe en la obra de esta poeta una clara intención comunicativa y de ahí los temas que aborda: el erotismo, la justicia social y la urbanidad’, afirma Eleazar Rivera, poeta salvadoreño. Durante 14 años trabajé en Salud Mental y recuerdo con ternura el taller de Escritura Creativa que llevé a cabo en el Hospital de Poble Sec. En la actualidad trabajo de maestra interina y el curso pasado llevé a cabo un taller de poesía para alumnos de tercero y cuarto de Primaria”.
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La poesía de Pepa Ortiz (Barcelona, 1972) no es una poesía más, ni es sencillamente buena poesía, la suya es una poesía extraordinaria, que permite intuir que detrás hay una personalidad humana extraordinaria. Y esto en el sentido más literal y etimológico de la palabra.

Porque las temáticas y el lenguaje poético que gasta Pepa son, a pesar de la juventud de la autora, lacerante testimonio de una existencia intensa, vivida a fondo y rastreada a fondo, una vida que no se lo pone fácil y que ella mira de cara, directamente a los ojos, recogiendo el guante del desafío que le propone. De la vida ella asume con valentía cualquier reto. Su poesía documenta su actitud firma ante cualquier situación -no rehúye ningún tema; todo la afecta, responde a todo, le importa todo, no pasa indiferente ante nada ni nada pasa que la deje a ella indiferente-. La temática de su poesía abarca la vida en todas sus facetas, como ella misma subraya dividiendo significativamente sus poemarios en tres partes: Sobras de amor, Sobras del yo y Sobras en sociedad (Sobras en una servilleta) y Primer acto –nosotros, ese barranco colectivo-, Segundo acto –los trámites de la ausencia- y Tercer acto –abriendo la imagen de la sima- (La infantil metralla de tu lengua. Treinta y siete de-presiones menores).

No, Pepa no es poeta de un solo aspecto de la vida; su poesía es sinónimo de la vida misma con toda su riqueza, con toda su crudeza. Sus poemas tratan -como algunos títulos avanzan claramente- desde aspectos familiares, íntimos y personales –Lucha, Mi padre, El devenir de un ronroneo (del poemario Sobras en una servilleta)-a temes socials de caire reivindicatiu o acusador –Armando una educación para la ciudadanía, Escuela cadàver, De pateras a las puertas de palacio, De tipos de rencor, Para zares de puño y letra de los cronopios, El General Mutilado, Oración del ateo… (del poemario Sobras en una servilleta)-, pasando por aquellos en que la atención del yo poético se dirije hacia las relaciones amorosas, eróticas o sexuales –Lo que supe de ti, Fuga de amor, En la cabaña, Tu ya no (del poemario La infantil metralla de tu lengua)- o nos ofrece a golpe de verso, como si disparara metralla, la radiogradfía de una sociedad deshumanizada donde el amor y la familia son valores en extinción y la solidad, las tarjetas de crédito y los centros comerciales valores al alza –Privatización del amor, Homo modernus (del poemario Sobras en una servilleta)-.

No es sencillo definir el lenguaje poético que emplea Pepa Ortiz, porque Pepa crea una lengua propia, inusitada, extraordinariamente original; su poesía irradia -como la propia autora- una personalidad imponente, lleva sello propio con mayúsculas.

Cada frase suena como una sentencia y -paradógicamente- no tiene nada de sentencioso, no tiene nada de pedante. La contundencia de sus aseveraciones emana de la convicción que otorga la experiencia vivida a fondo y por la piel, una piel extraordinariamente sensible a la percepción por minúsculo que sea el estímulo. Pero a pesar de la profunda subjetividad de la vivencia, Pepa tiene la cualidad de objetivar lo vivido y hacerlo universal. Sus vivencias le sirven para analizar, para diseccionar el mundo. Y lo hace a corte afilado de bisturí, de manera directa y sin ambages ni amortiguadores. Su mirada -vuelta objetiva- es crudamente analíotica, dice las cosas por su nombre y tal cual las percibe; la realidad es la que es, y habitualmente es dura. La voz poética es alérgica a los subterfugios y a las palabras dulces: salvo raras excepciones, de lo que habla no es de su deseo sino que habla de lo que ve y es. Y lo que ve y es es el mundo del siglo XXI, que no promete precisamente ser mejor que el del XX ni da señales de haber aprendido de la historia. Yo diría que la poesía de Pepa Ortiz sabe captar lo más esencial de la tendencia del siglo XXI para avanzarnos lo que nos espera, pero que ya es un poco o bastante nuestra actualidad. Con la generalización de un estilo de vida y de unas situaciones que ya son una realidad cada vez más frecuente en nuestro presente, yo diría que la poesía de Pepa es de cariz futurista, de modo comparable a como lo es el cómic moderno (tanto por las imágenes gráficas como por la lengua que emplea), al que tanto me recuerda la poesía de Pepa:

Hay un hombre que bebe solo / en el bar de un lujoso hotel / no es verdad que una nave nodriza lo salve / de la mirada viciosa de la camarera mona / ni que se vea obligado a esquivar / una charla con los que fueron amigos // Hay un hombre que duerme solo en la habitación 666 de un hotel / con vistas al Big Ben / no es verdad que se duerma / con la mano en la polla / mientras Peter Pan ondea la ciudad // Y es que no es verdad que se busque la eternidad […] (Homo modernus, del poemario Sobras en una servilleta).

A veces son realidades condenables que arrastra el mundo desde que es mundo, como por ejemplo el lastre de las actitudes patriarcales, de tan arraigadas incluso interiorizadas por la propia mujer: Sara no está desnuda tal cual es / Sara está desnuda cuando tú la ves. / Sara que sea la última vez que te bañes desnuda / Sara tapa tus vergüenzas con una hoja de palma / Machete pene / Sara voluntaria carne del diablo / Machete pene / machete pene / […] (Sara al desnudo, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

El mundo que reconocemos en la poesía de Pepa como si nos mirásemos en un espejo sólo es soportable con la coraza del sarcasmo, y la ironía del sarcasmo sirve al propio tiempo opara señalar el lugar exacto donde radica el mal, como un dedo que apunta, acusador: Padre nuestro que estás en algunos pueblos / […] / líbranos del mal de pensar / concédenos un abogado / para acogernos al paraíso eterno / y prométenos 100 vírgenes y dinero a raudales / para fabricar en cadena los sueños / y no nos dejes caer en la tentación de luchar / líbranos de actuar / y por los siglos y los siglos de ignorancia / y porque la oscuridad no nos deje ver más muertes / Así sea. (Oración del ateo, del poemario Sobras en una servilleta).

Este mundo cuyo paradigma es la gran ciudad: ¿Y ella me vería si no caminara como ida guardando sus puños / en los bolsillos al transitar por los pasillos del metro? / ¿Y qué me diría cuando comemos juntas si no fuera por la tele? / […] / Soy amante y mi barco flota a la deriva, hacia muertes / prefabricadas, hacia laberintos con fauces cíclicas. / Todo se me desordena en la gran ciudad donde los clones de / ella me atraviesan y me hace sentir desnuda al no formar parte / de ese gigantesco puzle de la nada. / ¿Y por que no se pueden hacer preguntas? / […] // ¿Y si ella me viera amanecer en los contáineres de basura ante / la mirada de tanto ciego? / El Sistema le abre las puertas para robarle el tiempo, robarnos / el tiempo de hacernos preguntas. / […] / Y sé que no me ves porque soy yo quien me ahogo en / preguntas y me pierdo entre tanto decorado y la tele vuelve a salvarnos del llanto de los gemelos del piso de arriba y / una mueca se dibuja en tu cara cuando ves a una pedagoga / televisiva que enseña a jugar a una madre con sus hijos. (Alma de ciudad, del poemario Sobras en una servilleta).

O describe sin piedad una manera de vivir despiadada, un ritmo trepidante y robótico que el ser humano se autoimpone y que a pesar de su cualidad de racional, supuestamente liberadora, lo hace equiparable a los animales salvaje: […] / Y todo es prisa / organizas tu agenda / como un campo de exterminio / tienes citas a ciegas con corredores de bolsa / […]. Te lleva días maquillarte / para tapar las arrugas / y que no se le vea el culo a tu sensibilidad. / Y todo es prisa / le pones trampas al tiempo / […] / después sales a la calle / a hacerle cortes al territorio / y a emborracharte con los de la propia manada. / […] / bailas con el silbido / y a veces vives / y a veces mueres / y a veces vives. (El silbido, del poemario La infantil metralla de tu lengua)

Pero, como he dicho, Pepa Ortiz no se limita a un solo aspecto de la vida, no hace sólo denuncia social con la intención de describir y diagnosticar la enfermedad, también tratya, con el mismo interés e intensidad, temas de la esfera privada como una herramienta para digerir relaciones de tipo personal o no tan personal, relaciones interpersonales, en cualquier caso en clave universal. El poema Mi padre (de Sobras en una servilleta) le sirve para describir la historia de toda una generación: Tu morada linda los pies de tu infancia de monaguillo / beso a la fuga entre los raíles de una carretera repleta de emigrantes / tu morada eligió campo a colegio / padre a maestro, esposa a madre, ciudad a campo […].

O bien se recrea en el recuerdo de un pasado cargado de historia emocional: Le abro el párpado al pasado / y mi abuela aparece en mi cocina / del brazo de sus migajas de hambre / y de una fruta que le robó a hurtadillas / al tendero de la esquina. / […] / Y el tiempo se insinúa / en cada detalle adormecido / de la culpa heredada / como se desparrama también en la caza / del bocado de fruta fresca de pecar gozando. (El detalle adormecido, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

O nos hace la radiografía de una manera deshumanizada de vivir al tiempo que hace crítica lingüística: Y dime / ¿qué cura el tiempo? / tal vez esperes que su mero transcurrir / le quite el polvo a tus días / y ya del todo limpios de pelusa en las esquinas / te otorgue el derecho divino de la suerte // un boleto azaroso / que te salve de vivir de tus tripas / un boleto azaroso / que levante a tu pie izquierdo silbando para ir al trabajo / un boleto azaroso / que libre tus batallas en la calle / con tus amigos y que no te deje / mirarte en el espejo la barba de tantos días. / Y dime / ¿qué cura el tiempo? / […] / Pero dime / ¿de qué tiempo hablabas, cuando decías que el tiempo lo cura todo? (El tiempo lo cura todo, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

El laconismo cortante de aristas afiladas y angulosas que caracteriza la lengua de Pepa Ortiz se hace patente incluso cuando, excepcionalmente, no nos habla de realidades, sino del deseo de la voz poética. Incluso cuando nos habla de amor no se permite licencias azucaradas, no hay engaño, no hay trampa: […] / La noche que yo amo / tiene tu boca / porque cuando besa tiemblo / le gusta travestirse / antes que ponerse / el mismo traje en los entierros / corretea descalza / en las iglesias / antes que masturbarse en el metro / […] / tiene tu mirada risueña / se precipita en mis ingles / no sabe de juez ni de cura / ni espera cadalsos / ni pone grilletes / a mis gemidos / ni me roba / los meses del calendario / ni sabe qué pasará mañana (Canción de noche, del poemario Sobras en una servilleta).

O cuando describe una relación amorosa: […] gruñe ella / cuando le huele el miedo / ante el abismo / de sus piernas abiertas / gimen / por no lisiarse más allá / de lo que son / […] / él entra en ella / […] / y le baila al oído / las cenizas del miedo / se rozan / se tocan / se lamen / y hacen / salir al instinto / de la cueva […] (Ni tú ni yo… nosotros, del poemario Sobras en una servilleta).

O bien una relación de desamor: ¿Cómo pudimos dejar que un perro se llevara el deseo por el que tanto peleamos? / Dime / ¿fue el día que sólo puso un huevo? / Hoy me agarro el ombligo / para dar sepultura a mi caricatura / […] / Hoy guardo la noche agujereada como un colador en una caja de zapatos (Y si te dijera, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

Pero hay aún aspectos del lenguaje poético de Pepa que son cruciales para caracterizar su poesía. Son los que hacen referencia a su cualidad iconoclasta en todos los niveles imaginables: tanto en el más formal como el que afecta a las imágenes que crea la inusual combinación de léxico e incluso la sintaxis, nada ortodoxa:

Comenzando por el aspecto más formal vemos que Pepa Ortiz casi nunca emplea puntos ni comas. Tan extraña es la presencia de estos signos de puntuación que, en algunas ocasiones, he pensado que se trata de errores de imprenta que, si es el caso, deberían corregirse con urgencia, siendo como es en su poesía un recurso estilístico esencial. Porque Pepa juega con la ambigüidad que sugiere la vecindad de las palabras sin comas, cuando es el propio lector por sí mismo quien debe decidír donde colocaría este signo de puntuación. En el caso del punto el margen de juego no es tan amplio, porque la poesta nos marca con letra mayúscula la presencia elíptica del punto. En cualquier caso, el hecho de prescindir de signos de puntuación otorga un ritmo específico al poema, que se ajusta perfectamente al contenido habitualmente crudo, sobrio, seco y flagrantemente actual: un sugerente staccato, que imaginamos a menudo recitado a golpe de hip hop.

También el hecho de alinear los versos a la derecha, al contrario de lo que es habitual, como hace en su segundo poemario, La infantil metralla de tu lengua.

Y siguiendo con las imágenes me gustaría mencionar algunas como ejemplo: el tu, que interpela la voz poética, le cortó los dedos a la noche, o le dice resbalaste en el torso de la duda, o también que un gato mojado se coló por tu escote, o te creció una lombriz; la voz poética afirma: vi a un cangrejo llevarse el mensaje de amor del metafísico o bien Vi como maniobraba la sangre / y los besos de arena correr por tus fotos. (Cautiverio, del poemario La infantil metralla de tu lengua). Las imágenes y el estilo poético beben de las fuentes de las vanguardias más productivas del siglo XX: el existencialismo, el hiperrealismo, la intertextualidad, incluso del erotismo -como ella misma afirma- y el surrealismo, una de las corrientes artísticas que han dado en todos los ámbitos de la creación humana -no sólo el literario- los mejores productos del pasado siglo XX, tanto en cine como en pintura o en poesía.

Y aún otra imagenn donde una pecera puede ser una república: […] / Sabes, negro / tiene el amor basura / un arlequín recitando poesía por las calles / la polla en el estómago / cuando una turista se pare frente al boulevard / ¿es que tú negro puedes ser rosa? […] / Negro / […] / rema en el hormigón / ciertos capitalistas llevan sotana […] (Extravío en la ciudad, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

En conjunto -creo interpretar-, signo sintomático de la rebeldía de una poeta que dice no a lo que quiere decir no con todos los recursos de que se puede valer. Y que es sensiblemente consciente del potencial significativo de estos recursos. En este sentido su poesía tiene ecos y el gesto de Charles Bukowski, pero es mucho mejor que la de Bukowski, a mi criterio.

© Anna Rossell
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El cine español está prostituido

Hoy, como excepción, hablaremos de cine, o hablará Tinieblas González, el director más emblemático del cine gótico español. Colocamos aquí esta entrevista por su especial interés parea el mundo de la cultura, y proque lo que cuenta sobre el cine es muy aplicable a otros campos, como los libros.
No apta para ingenuos.

 


 

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Akira Yoshimura

Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria
Akira Yoshimura (1927-2006), ganador de múltiples premios y autor de una obra prolífica, pero poco conocido en Colombia; tal pareciera que estuviésemos condenados a navegar por un pequeño mar de conocimiento, ignorando los inmensos océanos que existen. Acabo de leer uno de los libros del autor en cuestión “Libertad bajo palabra”, llevado al cine por Shohei Imamura, con el título de “La anguila” (Premio a la Mejor Película Extranjera en el Festival de Cannes – 1998). Yoshimura fue Director de la Asociación Japonesa de Escritores y del Museo de Literatura Japonesa Moderna, entre otros cargos de importancia cultural.
“Libertad bajo palabra” (Emecé Editores-2002), es la historia de un hombre condenado a prisión por el asesinato de su esposa. La obra se desarrolla cuando sale libre bajo palabra y decide trabajar como obrero en la construcción de una represa. Hasta ahí la historia pareciera banal, sino fuera porque los trabajos a desarrollar tienen lugar en un valle prácticamente inaccesible rodeado de montañas y espesos bosques. En dicho lugar vive una comunidad de 300 personas que no tiene contacto con el mundo externo y que ha estado allí por generaciones. El libro narra el choque entre la comunidad y los empleados de la compañía encargada de los trabajos y de los empleados estatales, que buscan indemnizar a la población al menor costo posible, sin tener en cuenta, además, lo que podría sucederle después. Es decir, sin llevar a cabo estudios sociológicos que permitan una mejor comprensión de la comunidad y por lo tanto que permitan asegurarle un mejor futuro.
La obra es una pequeña tragedia al mejor de los estilos griegos, contada con un lenguaje simple. El destino del narrador, al cual él no puede ni quiere escapar, se entrelaza con el drama que llega como un huracán devastador a ese valle otrora paradisiaco. Los acontecimientos, que van desde la violación, pasando por el suicidio y el asesinato, son contados con un lenguaje de una poesía sutil, delicada, refinada. El lector observa los acontecimientos detrás de la bruma, a través de la cual ve desfilar el pasado del protagonista y el presente del que es testigo obligado. Esta pequeña obra de arte (173 páginas), nos pone delante de la condición humana y toda la miseria que ella conlleva. Es un libro que invita a la reflexión sobre nuestra propia historia y el drama de los más de tres millones de desplazados por los paramilitares, las FARC, y porque no decirlo por el ejército; en esta guerra fratricida a la que los colombianos asistimos de espaldas, ignorando la tragedia que tiene lugar en el patio de nuestras casas. Pero también me hizo pensar en los pueblos desaparecidos bajo las aguas, bien sea intencionalmente, como es el caso de las represas, o en los pueblos borrados del mapa por el invierno que acabamos de vivir.
Akira Yoshimura murió en la primavera de 2006,él mismo decidió el momento de su deceso; ya que estaba aquejado de un cáncer terminal y prefirió una muerte digna al insoportable tratamiento médico que a veces se realiza con el único fin de alargar más la vida, ya de por si dolorosa, de un paciente condenado irremediablemente a la muerte. Lo hizo en su casa, acompañado de su esposa, Setsuko Tsumura, también escritora. A su hija, y cuidadora, le había anunciado horas antes que partiría para siempre. No obstante, tuvo la fuerza suficiente para trabajar en una novela hasta el último momento. Una hermosa forma de morir.

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LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL NO TERMINÓ EN 1945

La retaguardia
Hans Waal
Traducción de Valentín Ugarte
Lengua de Trapo, Madrid, 2010, 423 págs.

por Anna Rossell

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Muchos han sido los intentos de acercarse al nacionalsocialismo: desde el cine, desde el teatro y desde la literatura, sobre todo por parte de los implicados y de sus herederos, víctimas y verdugos. Y ello en una amplia gama de registros, desde el ensayo, la pura autobiografía o la novela autobiográfica –Jean Améry, Más allá de la culpa y la expiación, Jacov Lind, Autobiografía, Primo Levi, Si esto es un hombre, Ruth Klüger, Seguir viviendo– o la ficción realista –Erich Hackel, Adiós a Sidonie, Bernhard Schlink, El lector– hasta el que narra con distancia irónica o grotesco sarcasmo lo inenarrable –Edgar Hilsenrath, El nazi y el peluquero–, incluso en clave de cómic –Art Spiegelmann, Maus–, por nombrar unos pocos y sólo literatura.
Los años del terror nazi han hecho correr mucha tinta, intento de explicar lo inexplicable. Así la temática sigue siendo productiva y, a pesar de ello, innovadora, también para las jóvenes generaciones. Es el caso de La retaguardia, que vuelve sobre el tema desde una perspectiva original. El autor (alemania, 1968), que es periodista en ejercicio –finalista del premio Egon-Erwin-Kisch– y se estrena con este texto como escritor de ficción bajo el seudónimo de Hans Waal, aprovecha sus conocimientos de la historia de su país y del mundillo en torno al periodismo y la política para pergeñar una buena trama sobre la evolución de alemania desde el nacionalsocialismo. Lo que al principio pudiera parecer una novela populista cocinada con ingredientes que aseguran el fervor del gran público, nos sorprende por la dignidad de su planteamiento y el difícil equilibrio que consigue entre humor y seriedad, frescura y reflexión.
El punto de partida hubiera sido ideal para caer en el recurso fácil: cuatro octogenarios miembros de las SS, entusiastas de la causa reclutados a última hora antes de la caída de Berlín, han vivido sesenta años en un búnker ignorando que la guerra terminó, a lo que ha contribuido la ubicación de su escondrijo, que se halla bajo un campo militar de tiro. Al quedarse sin el último abrelatas de que disponían se ven obligados en 2004 a salir al exterior. Vestidos con sus viejos uniformes y pertrechados con sus fusiles, el grotesco grupo emprende un viaje por la región de Brandemburgo buscando rendir informe a Hitler. Una sucesión de absurdas situaciones, que genera otros tantos malentendidos, revierte en un texto divertido, aunque no superficial, que ofrece no sólo la visión de la alemania actual hacia el nacionalsocialismo, sino –y es lo novedoso– la de la alemania nacionalsocialista hacia la actual. Basada en tres perspectivas, la narración discurre a cargo de uno de los cuatro ancianos, que desde su encierro en el búnker lleva un diario dirigido a su amada en el que anota lo acontecido en su vida cotidiana; la de una ex ciudadana de la RDA, ahora jefa de la unidad especial de policía para combatir a los neonazis y la del ayudante de un afamado reportero de un canal privado de televisión a la caza de primicias y reportajes suculentos.
Waal sale bastante airoso de la dificultad de mantener intacta la verosimilitud a lo largo de más de cuatrocientas páginas. Cierto que a veces sólo con pinzas –a más tardar cuando los SS reencuentran a la familia de uno de ellos debiera deshacerse el malentendido del final de la guerra y la capitulación de alemania, y esto sucede en el primer tercio del texto–. Pero ello puede perdonarse dada la clave humorística, que, si bien es la que predomina, no es ni mucho menos la única: aunque menos frecuentes, los momentos de sobriedad reflexiva destacan por contraste con el registro humorístico predominante. Waal no banaliza; el texto se lee también como un retrato de cómo alemania ha vivido y sigue conviviendo con el nacionalsocialismo desde distintas posiciones ideológicas; es también un recorrido sociológico por todos estos años hasta la actualidad.

© Anna Rossell

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