Tertius Lydgate

Personaje de Middlemarch (v.), novela de George Eliot (1819- 1880). En su primera aparición, Lydgate es un joven ardoroso y lleno de ingenio, de noble origen pero sin medios de fortuna; a pesar de ello, profesa la medicina desinteresadamente, atento sólo a ampliar los confines del saber y lleno de desprecio por las recompensas mundanas que su ca­rrera le permitiría obtener.

Un matrimonio mal combinado con Rosamunda Vincy, cuya belleza le ha seducido, sin que llegara a comprender demasiado bien el carácter de la que habría de ser la compañera de su vida, señala el punto crucial de su histo­ria. Su vida y sus ideales se enturbian por su coexistencia con una persona que no siente ninguna simpatía por los objetivos por él anhelados y que vive en un mundo de mezquinos prejuicios. Y al final de la novela, Lydgate es un médico a la moda, que ha perdido todo interés por los descu­brimientos y se contenta con poseer una brillante clientela. Con extraordinaria agu­deza la autora nos pinta el progresivo des­arrollo de esa mutación: asistimos a la ma­terialización del espíritu del doctor bajo la influencia de una serie de pequeñas cir­cunstancias, de ligerezas, de imprudencias y de equívocos, a la vez que por falta de una voluntad racionalmente neta y precisa.

Pero aun a través de sus transformaciones reconocemos el carácter original, ya que el punto flaco del personaje nos fue mostrado desde el principio-: su aversión a someterse a lo desagradable, aunque fuera útil y ne­cesario; debilidad esencial que en los mo­mentos difíciles quita toda eficacia a sus mayores ambiciones. Así, Lydgate adapta sus principios a las circunstancias, retiene sus escrúpulos para evitar actos desagrada­bles y violentos y se reduce a ser el hom­bre a quien vemos en su última fase. «Mu­rió a los cincuenta años, dejando bien pro­vista a su mujer. Había adquirido una ex­celente clientela… había escrito un tratado sobre la gota, enfermedad predilecta de los ricos. Sus aptitudes eran apreciadas por nu­merosos enfermos acomodados, pero siem­pre consideró que su vida había sido un fracaso».

M. Praz