Los cuarenta y siete Rōnin son los personajes de una «vendetta» que constituye tal vez el episodio más famoso de la historia del Japón y que ha inspirado a novelistas y dramaturgos, dando origen a abundante literatura.
El hecho, histórico en sus líneas fundamentales, puede resumirse como sigue: Asano Naganori (1667- 1701), daimío de Akō, en la antigua provincia de Harima, actualmente de Hyōgo, había sido encargado, en Yedo, de recibir a unos mensajeros enviados por el emperador, que a la sazón se hallaba en Kyōto, en la corte del Shōgun. Con aquel objeto tuvo que seguir un curso de instrucción acerca del ceremonial adecuado a las circunstancias, y para ello le fue designado como monitor un tal Kira Yoshinaka, hombre venal y arrogante, que ofendió públicamente a Naganori en tal forma que éste, para vengar la afrenta, intentó darle muerte (21 abril 1701).
El culpable fue detenido y condenado a muerte, sus bienes fueron confiscados, su familia fue dispersada y sus samurai se convirtieron en «rōnin», palabra que literalmente significa «hombres ondas» y que servía para designar a los samurai o vasallos guerreros que, ya fuera por su culpa, ya, como en este caso, a consecuencia de la destrucción de la familia y mesnada de su señor, se hacían independientes y rompían todo vínculo con el código moral que gobernaba su existencia. Pero un grupo de cuarenta y siete de esos rōnin, decididos a vengar a su señor, logró, por medio de un plan hábilmente concebido, sorprender a Kira en su casa, la noche del 14 de diciembre de 1702. Tras acabar con él, el jefe de los rónin, Ōishi Kuranosuke (1659-1703) llevó su cabeza a la tumba de Naganori, después de lo cual los cuarenta y siete conjurados se entregaron a la justicia.
En marzo de 1703 todos ellos fueron condenados a darse la muerte mediante el «harakiri» (de «hara» = vientre, y «kiru» = abrir con un cuchillo), esto es, como verdaderos samurais. Los cuarenta y siete rōnin representan a los ojos de los japoneses la encarnación de las virtudes de la más pura lealtad, y su sacrificio expresa una ciega adhesión al código moral que formaba, y aún sigue formando, el más perfecto ideal humano y social. He aquí por qué, desde hace más de dos siglos, el pueblo venera profundamente su memoria y por qué sus tumbas, en el Sengakuji, en Tōkyo, están siempre cubiertas de flores frescas. El episodio conmovió intensamente al Japón entero,, donde, durante largo tiempo, apenas se habló de otra cosa. Los escritores, como es natural, se apresuraron a sacar provecho de él, pero el tema fue tratado en forma más o menos imaginaria.
Durante el resto de la época Tokugawa (1603-1868) se publicaron no menos de ciento cincuenta distintas versiones del hecho. Dos obras tienen especial importancia : la una es un drama titulado Chūshin-gura (v.), en once actos, escrito en 1748 por Takeda Izumo (1688-1756) en colaboración con Namiki Senryū (1693- 1751) y Miyoshi Shoraku (1696-1772?), pero representado por primera vez en el Takemoto-za («za» = teatro) de Ōsaka, en 1789. La segunda es una novela de Tamenaga Shunsui (1789-1842) que lleva por título Iroha Bunko (v.), en cincuenta y dos volúmenes, que empezó a publicarse en 1836 y quedó incompleta. Iroha es el silabario japonés, que consta de cuarenta y siete sílabas, y está aquí usado para indicar este número, que corresponde precisamente al de los rónin. En esta novela y en su continuación, Yuki no Akebono [El alba de nieve], las aventuras de cada uno de los leales rōnin se narran separadamente, y el conjunto constituye un cuadro bastante vivo de la vida japonesa de la época.
M. Muccioli

