Revistas Literarias Españolas

Aunque con precedentes en el siglo anterior, las publicaciones periódicas, revistas propia­mente dichas, se inician en España en la primera mitad del siglo XVIII. Surgen, pues, con el alborear del neoclasicismo y entran a formar parte de la fisonomía pe­culiar de esta centuria puesta bajo el signo noticioso y polémico de la «Ilustración». Entre las primeras de tales publicaciones, las más de ellas titubeantes y no bien defi­nidas aún con respecto a la forma que adoptarán después, cabe citar las empren­didas por dos religiosos: el Diario histórico, político, canónico y moral, cuyos trece cua­dernos o entregas fueron publicados en Madrid por fray José Álvarez de la Fuente, de 1732 a 1734, y el Duende de Madrid, curioso periódico clandestino escrito a ma­no, de fray Manuel de San José.

A poca distancia de éstas aparece la primera re­vista importante, el Diario de los Literatos de España, a la que, por su significación y ejemplaridad dentro del género, corres­ponde con toda justicia el papel de inicia­dora. Pese a lo que cabría colegir de su título, era trimestral y empezó a salir en enero de 1737, teniendo por redactores prin­cipales a Juan Martínez Salafranca, Leo­poldo Jerónimo Puig y Francisco Manuel de Huerta; fue concebida a semejanza del Journal des Savants, de París, y llegó a contar con la protección de Felipe V, si bien este apoyo, por achaque frecuente en em­presas de esta índole — también en ello constituye el precedente más antiguo —, ¿<no pudo resistir más que dos años escasos al furor vengativo de sus enemigos, que se complacían en las persecuciones y adversi­dades de sus redactores». Entre otros lite­ratos de la época, colaboraron en el Diario: Mayans, Juan de Iriarte, que publicó, en colaboración con Salafranca, un ponderado y certero examen de la Poética de Luzán — con cuya fecha de aparición había coin­cidido el primer número de la revista—, y José Gerardo de Hervás, de quien, bajo el pseudónimo de «Jorge Pitillas», se insertó la famosa Sátira contra los malos escritores de este siglo, compuesta sobre la falsilla del Discours sur la satire de Boileau.

Contem­poráneos del Diario fueron los papeles pe­riódicos Memorias eruditas, a las que za­hirió Hervás en la primera redacción de su sátira, el Mercurio Literario y el Mer­curio histórico y político de Madrid (1738), que luego se transformaría en el Mercurio de España; éstas, como otras de la época, así las confeccionadas por Francisco Ma­riano Nifo, Diario Noticioso, Curioso, Eru­dito y Comercial (1758) y Diario Extranjero (1763), podrían ser calificadas de mono revistas dado el carácter unipersonal de su redacción. Las dos últimas citadas tienen interés por su actitud polémica frente a otra revista, El Pensador (1762), un tanto ins­pirada en el Spectator de Addison, en la que su redactor, el célebre Clavijo y Fa­jardo— célebre, sobre todo, por sus amores con la hermana de Beaumarchais —, dirigió fuertes ataques contra ciertas manifestacio­nes literarias nacionales, en particular el auto sacramental. En esta polémica, que atrae el interés de otros escritores y a tra­vés de la cual pueden seguirse algunas de las ideas literarias predominantes en la época, participa también la revista El es­critor sin título, traducido del español al castellano (1763-1764), que con el anagrama de «Vicente Serrallar y Amor» publica el escritor Juan Cristóbal Romea y Tapia, asi­mismo impugnador de Clavijo.

Sucesiva­mente aparecen el satírico Belianis Litera­rio (1765), de López Sedaño; el Memorial literario y curioso de la corte de Madrid (que tiene tres etapas: 1780-90, 1793-97 y 1801-08); El Censor — título que se repetirá posteriormente —, revista semanal de la que salieron 165 números entre 1781 y 1786; el Correo Literario de Europa (1781-87), el Se­manario Erudito, publicado por Valladares y Sotomayor de 1787 a 1791, y que tendría una continuación en 1816 con el título de Nuevo Semanario Erudito; el Espíritu de los mejores diarios literarios que se publi­can en Europa (1787), el Diario de las Mu­sas (1790), y con intención francamente sa­tírica o proponiéndose «la aniquilación de las preocupaciones supersticiosas», El Apo­logista Universal, El Correo de los Ciegos y El Corresponsal. También diversas provin­cias españolas se suman al auge creciente que van tomando las publicaciones perió­dicas, de las que pueden servir de expo­nentes el Diario Pinciano, histórico, litera­rio, legal, etc., que publicaba semanalmente en Valladolid el mexicano José María Beristain; el Semanario de Mallorca (1778) y, ya en la última década del siglo, el Diario político y económico de Sevilla y el Sema­nario de Salamanca, uno de cuyos colabo­radores fue el poeta Iglesias de la Casa.

De inspiración enciclopedista es la Revista de Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, que se publicó en Madrid de 1803 a 1805 y en la que colabora el poeta Quintana; por los mismos años aparecen Minerva o El Re­visor General, que duraría hasta 1818, y el Correo Literario de Sevilla, dirigido por el médico, erudito y poeta Justino Matute, publicación importante por su calidad de «órgano de la nueva escuela poética sevi­llana», en la que colaboran Blanco White, Reinoso, Arjona y Lista, entre otros. Du­rante la guerra de Independencia la re­vista más señalada es El Semanario Pa­triótico, que empezó a publicarse en Madrid dirigida por Quintana, el sumo poeta del momento, y que después, aunque siempre bajo su inspiración, fue redactada en Se­villa por Isidoro Antillón y Blanco White. Con este último escritor se iniciará un tipo de publicaciones a las que darán ocasión frecuente las guerras civiles y enconadas luchas políticas del siglo XIX y tiempos posteriores: las revistas de los desterrados, escritas en el idioma propio pero aparecidas en otros países. De Blanco White son las entregas mensuales de El Español (1810-15) que empezó a editar a poco de su llegada a Inglaterra, como más adelante, en 1822, pu­blicaría el triménsuario Las Variedades, o El Mensajero de Londres, mientras Reinoso, Lista y Miñano publicaban en Francia su Gaceta de Bayona. El Español, por las ideas vertidas en él acerca de las relaciones de la Península con sus posesiones de Ultramar, se prohibió que circulara en España y sus colonias, y Blanco fue declarado reo de lesa nación.

Otra publicación interesante es la Crónica Científica y Literaria (1817-19), en la que Juan José de Mora y Antonio Al­calá Galiano combaten desde una postura liberal y enciclopedista la «reversión com­pleta a lo español tradicional» de que se había erigido en adalid el alemán gaditano Bóhl de Fáber. Por esta época en Barcelona empieza a surgir una serie de revistas de la mayor importancia, entre ellas: el Perió­dico Universal de Letras, Ciencias y Artes, fundado por el erudito Ignacio Sanpons y que, aunque sólo duró medio año, tuvo am­plia repercusión como «poderoso ariete contra la ignorancia», y, sobre todo, El Europeo y El Vapor, revistas en las que, frente al neoclasicismo imperante en Ma­drid, se inaugura ya la escuela romántica en aquella de sus ramas que se calificó un tiempo de «romanticismo espiritualista». El Europeo, cuyo principal animador fue Bue­naventura Carlos Aribau, se publicó desde octubre de 1823 hasta finales de 1824; El Vapor, fundada en 1833 por Ramón López Soler, contó entre sus colaboradores a Ru­bio y Ors, Piferrer, y Milá y Fontanals, y en sus páginas apareció la famosa oda, en lengua catalana, A la Patria, de Aribau, considerada como el punto de partida del renacimiento literario de Cataluña. Ha­cia las mismas fechas se publica en Madrid el semanario Cartas Españolas — al que su­cederá después la Revista Española — dirigi­do por José María Carnerero, en el que bajo el epígrafe genérico de «Costumbres» se fueron dando a conocer las escenas cos­tumbristas de «El Curioso Parlante» (Meso­nero Romanos) y «El Solitario» (Estébanez Calderón).

Poco después se imprimen dos publicaciones que pueden considerarse por­tavoces del movimiento romántico en Ma­drid: El Artista (1834-36), fundada por Eu­genio Ochoa y Federico de Madrazo, cuya dirección artística corrió a cargo de éste, del que son asimismo las ilustraciones que em­bellecieron sus periódicas entregas, y No Me Olvides (1837-38), publicación semanal dirigida por el poeta gallego Jacinto de Salas y Quiroga, con abundante colabora­ción poética, narrativa y, en general, de literatura «de creación». Otra revista impor­tante de la época es el Semanario Pintoresco Español, fundado en 1836 por Mesonero Ro­manos a imitación del Magasin Pittores- que de París y que se propuso «generalizar la afición a la lectura y el conocimiento de las cosas del país». Cabe citar, además, la mono revista de Bartolomé José Gallar­do, El Criticón, Papel volante de Literatura y Bellas Artes (1834), en realidad opúsculos literariopolémicos sin periodicidad fija; la Revista de Madrid (1838-45); las dos publi­caciones del pensador catalán Jaime Balmes, La Civilización (1841-42) y La Sociedad (1843), etc., así como una serie de revistas satíricas en las que se polemiza abierta y destempladamente desde las antagónicas posturas políticas y, en general, ideológicas que ejemplifican la guerra civil permanente en que ha de debatirse la realidad española a lo largo de aquella centuria; exponentes de ellas son, por ejemplo, El Padre Cobos, Periódico de Literatura y Artes — después se declararía también «Político» en su sub­título — que apareció de 1854 a 1856 y entre cuyos redactores figuraron Navarro Villoslada, Selgas, López de Ayala y Nocedal; El Fandango, de Avguals de Izco; Pero Gru­llo (1855-56) y Fray Tinieblas (1855), en la que menudearon los ataques a El Padre Cobos.

Las publicaciones literarias de ca­rácter festivo se desarrollan particularmente en Valencia, donde, junto al semanario El Liceo (1841), de elevadas miras literarias, aparecen El Mole (1837) y La Donsaina (1844), de Bonilla, y El Tabalet (1847), de Bernat Baldoví. En Barcelona surge la pri­mera revista en lengua vernácula, Lo Pare Arcángel (1840), seguida de Lo Verdader Catalá (1843), que se propone «sacar la hermosa parla catalana del estado de pos­tración y de abatimiento en que se encon­traba, y ostentar sus riquezas y belleza», así como de otras publicaciones que se ha­cen eco del creciente sentir restaurador de la lengua y literatura propias; La Violeta de Oro (1849), de Víctor Balaguer; el mo­desto Eco de Euterpe (1859), semanario pu­blicado por Anselmo Clavé para distribuir entre los asistentes a sus conciertos; el humorístico-literario-político Un Tros de Paper (1865-66), de Alberto Llanas; Lo Gat deis Frares (1866); Lo Noy de la Mare (1866); Lo Mestre Tites (1868); La Barre­tina (1868); La Gramalla (1869), semanario en el que Guimerá publicó sus primeros versos; La Campana de Gracia (1869), que tuvo larga vida, y La Renaixenga (1871- 1905), la más importante de todas, dirigida primero por Francesc Matheu, y después, en una de sus varias etapas, por Guimerá.

Este tipo de publicaciones se muestra muy activo también en Palma de Mallorca, donde José María Quadrado publica en 1840-41 La Palma, excelente semanario de historia y de literatura; a ella siguen El Laurel Lite­rario (1842), El Estudiantón (1843), La Es­trella Balear (1844), la Revista Balear (1872- 1874) y su sucesora Museo Balear de His­toria, Ciencias y Artes (1875). Otro género de revistas que empezó a adquirir gran auge hacia la mitad de la centuria es el del «Magasin», traducido alguna que otra vez literalmente — tal el Almacén de fru­tos literarios (1841) de Quadrado—, reper­torio de lecturas, originales o traducidas, de vulgarización o de vaga y amena literatura hogareña. Entre ellas figuran El Museo de las Familias (1838-51), fundado en Barce­lona por el lingüista Bergnes de las Ca­sas; El Museo Universal (1857), editado por Gaspar y Roig, y en el cual publicó Rosalía de Castro sus primeras poesías; La Ilustra­ción Española y Americana (1869), a la que dio paso la anterior y fue la más im­portante en su género, de gran difusión tanto en la Península como en la América española, y la Revista Ibérica de Ciencias, Política, Literatura, Artes e Instrucción Pú­blica (1861-63). Esta clase de publicaciones periódicas, asentadas siempre sobre bases más firmes que las estrictamente literarias o artísticas en su planteamiento, y a las que no habrá de faltarles la colaboración asidua de los escritores más notables de cada momento, tendrá una continuidad que ha llegado hasta el presente a través de títulos de tan amplia repercusión como: Blanco y Negro (1891-1936, y desde 1957), Nuevo Mundo (1893), Alrededor del Mundo (1899), Hojas Selectas (1902), La Illustració Catalana (1881), Mundo Gráfico (1911), La Esfera (1914), D’Ací d’Allá (1919), Cosmópolis, etc.

En el último tercio de siglo, entre las revistas literarias más destacadas figuran: la Revista Contemporánea, en la que se publicó Humo, de Turguenev, acaso la primera novela rusa traducida al castellano; la Revista de España, desde la que ejercía la crítica Juan Valera; Rabagas (título de un drama de Sardou), publicada por Clarín y Palacio Valdés; Diana, dirigida por el poeta Manuel Reina; la Revista Europea, de la que fue jefe de redacción Palacio Valdés y en la que aparecieron, entre otros trabajos de Menéndez Pelayo, las cartas de La Ciencia Española y el prólogo y plan de la Historia de los Heterodoxos Españo­les; La España Moderna, fundada por José Lázaro Galdeano que, con las ediciones del mismo nombre, realizó la eficacísima tarea de dar a conocer lo mejor de la literatura y el pensamiento europeos de la época, y en la que Unamuno publicó la serie de artícu­los reunidos después bajo el título de En torno al casticismo. Es el momento en que empiezan a dar fe de vida los escritores de la llamada «generación del 98» y del «mo­dernismo», a veces incluso contradictoria­mente, como en la revista Madrid Cómico, en la que se dan a conocer algunos de los miembros de aquélla y se combate el re­cién iniciado movimiento modernista; de éste pueden hallarse atisbos ya en la re­vista La Gran Vía, dirigida por Salvador Rueda, donde se publican versos y prosas de Rubén Darío, algunas pertenecientes a su libro Azul.

En La Saeta, Clarín elogia en 1897 a José Martínez Ruiz — aún no es Azorín—, y en Germinal, dirigida por Joa­quín Dicenta, revista de vaga «filiación so­cialista, apoyada por lo mejor del pensa­miento joven», colaboran, entre otros, Valle Inclán, Baroja, Benavente y Ramiro de Maeztu- Hacia las mismas fechas y en los años siguientes se imprimen: la Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e Hispanoamericanas, que con un amplio propósito de integración ibérica dirige’ Rafael Altamira; Vida Nueva, de Dionisio Pérez, semanario en el que cola­bora el primer Juan Ramón Jiménez; La Vida Literaria (1899), que primero dirigió unos meses Clarín, y luego, dos o tres nú­meros, Benavente; la decenal Revista Nue­va, de Ruiz Contreras, con colaboraciones de Unamuno, Benavente, Cavia y Maeztu, entre otros; La Caricatura, fundada por En­rique Paradas en 1895, en la que empezaron a colaborar Antonio y Manuel Machado bajo los pseudónimos respectivos de «Cabellera» y «Polilla» y en conjunto de «Tablante de Ricamonte»; Arte Joven, publicada en Ma­drid por Picasso y el escritor catalán Soler; Alma Española, Electra, Juventud, Helios (con colaboraciones iniciales de Ortega y Gasset, quien publica en ella bajo el pseu­dónimo de «Rubín de Cendoya»); Europa y El Faro, dirigidas por Luis Bello, en la primera de las cuales aparece la firma de Josep Pía; la Revista Latina, dirigida por Francisco Villaespesa; El Mediterráneo, de Iglesias Hermida; La Lectura, de Francisco Acebal; Renacimiento, de Martínez Sierra; Prometeo, de Ramón Gómez de la Serna; Summa, de Martínez Cuenca; Arlequín, Ate­nea y, cerrando esta etapa, de la que son protagonistas principales los hombres del 98 y del modernismo, la revista España, Sema­nario de la Vida Nacional, tal vez la más representativa en un sentido amplio, que empezó a publicarse en 1915 y tuvo como redactores a Ortega y Gasset, Pío Baroja, Maeztu, Pérez de Ay ala, Zulueta, Eugenio d’Ors, Martínez Sierra y Juan Guixé.

Entre­tanto, desde los últimos años del siglo, el movimiento de creación de publicaciones periódicas literarias se ha extendido am­pliamente por todo el ámbito nacional. En Barcelona salen L’Aveng (1882); Quatre Gats (1899), en la que aparecen los prime­ros versos en catalán de Xénius (Eugenio d’Ors); Forma, de Miguel Utrillo; El Gato Negro (1900), Pél i Ploma, de Casas y Utri­llo; Hispania, que iniciada en 1899 se pro­longa en los primeros años del nuevo siglo; Futurisme (1907), de Gabriel Alomar, quien recabaría su título de precursor al adveni­miento de la tendencia italiana del mismo nombre, así como, entre otras muchas, al­gunas revistas publicadas por los catala­nes de Ultramar, como La Llumanera, de Nueva York, y L’Aureneta, de Buenos Aires (entre las aparecidas con posterio­ridad cabe citar Catalunya y Ressorgiment, de Buenos Aires; Germanor, de Santiago de Chile; Quaderns de Vexili y Pont blau, de México). En Zaragoza aparece entre 1900 y 1906 la Revista de Aragón, que luego sería continuada por Cultura Española; en el Norte aparecen la Revista de Asturias, de Atanasio Palacio Valdés; la bilbaína Hermes; las gallegas Numen (La Coruña, 1900), Cartel (La Coruña, 1900), Vida Gallega (Vigo, 1874-1916) y, ya en tiem­pos más recientes y entre otras, Nos (1926- 36), de Vicente Risco; en Valladolid se imprime la Revista Castellana (1919) diri­gida por Narciso Alonso Cortés, en la que publica sus primeras poesías Gerardo Die­go; en el Sur, la granadina La Alhambra (1892-1924), la murciana Orospeda (1916-17), la gaditana Vida Moderna (1919), dirigida por Eduardo de Ory, etc.

En los años de la primera guerra mundial empiezan a fraguarse nuevas corrientes literarias, especial­mente en poesía, de las que serán portavo­ces revistas como Cervantes (1917), la se­villana Grecia (1918), y, más concretamente, las patrocinadoras del movimiento ultraísta, como Tableros — refundición de Grecia —, Reflector (1920), Ultra, que tuvo por mentor a Cansinos-Assens y se publicó en Oviedo (1919), y su homónima madrileña, apare­cida dos años más tarde y en cuyo subtítu­lo — Revista internacional de vanguardia — aparece ya la palabra que ha de agrupar, generalizándolos, todos los movimientos in­novadores de los años veintes y treintas. Mención aparte merece 391, caso aislado de publicación dadaísta, dirigida por el pintor hispano francés Picabia y el marchante ca­talán Dalmau, de la que se publicaron nue­ve números en 1917, imprimiéndose unos en Barcelona y otros en Nueva York. A par­tir de esta época, y más concretamente con la generación denominada por uno de sus miembros, Luis Cernuda, «del 25», las re­vistas de poesía adquirirán un incremento extraordinario, no sólo en Madrid y Bar­celona, sino, como por obra de un decidido movimiento descentralizador, en focos de intensa actividad repartidos por toda la Pen­ínsula y sus islas, siendo ellos a veces los que dan la tónica e influyen sobre lo que se hacía en aquéllas.

Mencionaremos a con­tinuación algunas de las más sobresalientes de tales revistas: Alfar, que se publicó en La Coruña desde 1921 a 1927, y a partir de este año en Montevideo, dirigida por el poeta uruguayo Julio J. del Casal; las también gallegas Ronsel (Lugo, 1924), de Correa Calderón y Alvaro Cunqueiro, y Resol. Hojilla volandera del pueblo (1932-35, Santiago.de Compostela); Noreste (1932-36), de Zaragoza, dirigida por Seral y Casas; las catalanas Revista de Poesía (1925), de Mariá Manent; L’Amic de les Arts (Sitges, 1926-28), de Carbonell; Hélix (Villafranca del Penedés, 1929-30), de Juan Ramón Masoliver, revistas estas dos de literatura y arte de vanguardia en general, y Quaderns de Poesía (1935-36), que agrupó lo mejor de la poesía catalana en aquellos años; las valencianas Taula de Lletres Valencianes (1928-30), dirigida por A. Pizcueta; Murta (1931-32), de Descalzo Faraldo, Duyos y Pía y Beltrán; y Alfil (1933), de Andrés Ochando; las andaluzas Litoral (Málaga, 1926) que, dirigida por Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, tuvo después una breve continuación en México, Mediodía (Sevilla, 1926-29, 1935 y 1939), fundada entre otros por Collantes de Terán y Llosent Marañón; Hojas de Poesía (Sevilla, 1935), Nueva Poe­sía (Sevilla, 1935), de Ruiz Peña y P. In­fantes Florido; Gallo (Granada, 1928), de García Lorca; Papel de Aleluyas (Huelva- Sevilla, 1927-28), de Fernando Villalón, Adriano del Valle y Rogelio Buendía, y, fi­nalmente, Isla (Jerez de la Frontera, 1935- 36 y 1937-40), de Pérez Clotet; Verba (Gijón, 1927); Meseta (1928-29), Ddooss (1931) y A la Nueva Ventura (1934), las tres de Valladolid y dirigidas por José María Luelmo y Francisco Pino; Segovia (1923) y Manan­tial (1928-29), avaladas por la colaboración de Antonio Machado, profesor entonces en la capital castellana que da título a la primera; las alicantinas Letras levantinas (1927) y El Gallo Crisis (1934-35), con el contradictorio subtítulo de «Libertad y ti­ranía», que dirigió en Orihuela Ramón Si jé y en la que colaboró Miguel Hernández; La Verdad (1923-27), suplemento literario del periódico murciano del mismo nombre y que en 1927 Juan Guerrero Ruiz y Jorge Guillén convertían en Verso y Prosa; Car­men, Revista chica de poesía española (1928- 29), dirigida por Gerardo Diego desde Gijón, juntamente con Lola. Amiga y suple­mento de Carmen; las madrileñas Horizonte (1922), de Pedro Garfias y Rivas Panedas; Poesía (1930-32) y Héroe (1932), ambas pu­blicadas por Manuel Altolaguirre, y, tam­bién impresa por éste, pero dirigida por el chileno Pablo Neruda, Caballo Verde para la Poesía (1935-36); las tinerfeñas La Rosa de los Vientos (1927) y Gaceta de Arte (1932), dirigida por Eduardo Westerdahl, etc. Por su parte, uno de los astros de pri­mera magnitud en la poesía castellana del medio siglo, Juan Ramón Jiménez, fue dan­do a la imprenta sus revistas índice (1921- 22), Sí (Boletín Bello Español) (1925), Ley (Entregas de Capricho) (1927), modélicas de pulcritud y buen gusto, así como una serie de cuadernos y hojas sueltas más o menos periódicos: Unidad (1925), Obra en Marcha (Diario Poético) (1928), Sucesión (1932), Presente (1934) y Hojas (1935). Mientras, en París, el poeta español Juan Larrea y el peruano César Vallejo publicaron su curiosa y rara revista: Favorables París Poemas (1926).

Con más amplio contenido que la mayoría de las citadas, alcanzan singular relieve, entre otras, La Pluma (1920), dirigida por Manuel Azaña y Ci­priano Rivas Cherif; La Gaceta Literaria (1927-31), de Giménez Caballero, quien re­dactaría íntegramente los seis números de la segunda época de la misma («El Robinsón Literario de España»); Cruz y Raya, Revista de afirmación y negación (1933-36), dirigida por José Bergamín, y Los Cuatro Vientos (1933), en cuyo cuerpo de redac­ción figuran Rafael Alberti (éste sólo en el primer número), Dámaso Alonso, Berga­mín, Fernández Almagro, García Lorca, Guillén, Marichalar, Salinas y Claudio de la Torre; pero la de capital importancia entre todas las publicaciones periódicas de este tiempo es la Revista de Occidente (1923-36), dirigida por José Ortega y Gas- set, que viene a asumir una función rectora en el pensamiento español, da a conocer lo mejor y más palpitante del europeo y acoge las producciones literarias últimas y más significativas de las letras contemporáneas tanto nacionales como extranjeras. Algo se­mejante realiza en Barcelona otra publi­cación ejemplar, La Revista (1915-16), de López Picó, que también tiene, como la Revista de Occidente, una esmerada y efi­caz sección de ediciones.

En Barcelona han de citarse, además, la Revista de Catalunya (1924), de Rovira i Virgili, que fue también dirigida por J. V. Foix, y de la cual se publicaron últimamente varios números en París; la Nova Revista (1925), de J. M. Junoy, y Mirador (1929), semanario de gran difusión, dirigido por Just Cabot, que en los años de la guerra daría paso a Meridiá, con otra dirección. En la difícil etapa de la contienda civil sólo dos revistas se des­tacan claramente: Jerarquía (1936), en la zona nacional, y Hora de España (1936-38), en la republicana, iniciándose en este pe­ríodo Destino, que después, con el sub­título de Política de Unidad, será uno de los semanarios de mayor difusión en la postguerra. A partir de 1939, sobre la re­anudación de las revistas poéticas, que al­canzarán tanto o mayor auge que en la etapa anterior, diseminadas también por toda la Península e islas adyacentes, surgen publicaciones periódicas importantes de ca­rácter general y vario y sólido contenido, entre las que pueden citarse: Escorial (en dos etapas, 1940 y 1949), de la que fueron directores sucesivamente Dionisio Ridruejo, José María Alfaro y Pedro Mourlane Michelena; Proel. Verso y prosa (1944-50), que se publica en Santander bajo la dirección de Pedro Gómez Cantclla; Cuadernos His­panoamericanos (1948), dirigida primero por Pedro Laín Entralgo y después por Luis Rosales; Leonardo. Revista de las ideas y de las formas (Barcelona, 1945-46), de Tristán la Rosa; índice (1949), dirigida en su primera etapa por T. Seral y Casas y en la segunda por J. Fernández Figueroa, y más recientemente Papeles de Son Armadans (1956), que dirige en Palma de Mallorca Camilo José Cela.

Revistas importantes ce­ñidas más estrictamente a los temas litera­rios y su estudio son: La Estafeta Literaria (1944-45), de Juan Aparicio; ínsula (1946), dirigida por Enrique Canito; Cuadernos de Literatura Contemporánea (1942) y Cuader­nos de Literatura, Revista general de Letras, ambas dirigidas por Joaquín de Entrambas- aguas; Correo Literario (dos etapas, 1950-54 y 1954-55), en cuya dirección se sucedieron Leopoldo Panero, F. Sánchez Marín, Juan Gich y J. R. Masoliver, y, finalmente, la re­vista de la asociación internacional de his­panismo, Clavileño (1950). Entre las innu­merables revistas de poesía citaremos: Cor­cel (Valencia, 1942-49), de Ricardo Juan Blasco; Garcilaso (1943-46), dirigida por José García Nieto, que se pone al frente también de Poesía Española (1952-57) y de Acanto, suplemento de los Cuadernos de Literatura ya mencionados; Raíz (1948-49), dirigida por Juan Guerrero Zamora; Entregas de Poesía (Barcelona, 1944-47), de J. R. Maso­liver y Fernando Gutiérrez; Cántico (Cór­doba, 1948), de Ricardo Molina, García Baena y J. Bernier; Platero (Cádiz, 1951, más una primera época de números mecanogra­fiados), de Fernando Quiñones, y Caracola (Málaga, 1950), dirigida por José Luis Es­trada y al cuidado de B. Fernández-Canibell. En catalán, mencionemos Poesía (1944-45, dirigida por J. Palau-Fabre), Ariel (1945- 1951, con ciertas interrupciones).

R. Santos Torroella