[Prolegomeni del Primato morali e civile dei Italiani]. Obra filosoficopolítica de Vincenzo Gioberti (1801-1852), publicada por primera vez en Bruselas, en 1845.
Antepuestos a la segunda edición de la Primacía (v.), estos Prolegómenos, bajo la apariencia de una refutación de las críticas suscitadas por aquélla, constituyen en realidad el comienzo de una nueva fase del pensamiento giobertiano. El principio especulativo sobre el que aquí insiste Gioberti es el de «dialéctica», entendida como acción conciliadora de lo vario y de lo contrario en una conexión armónica, tanto en la naturaleza, por obra de Dios, como en todo aspecto de la actividad humana, gracias a la obra del hombre, animada y dirigida por la religión, que «liga» a las criaturas con el Creador. A la luz de este principio, el autor concibe el Estado como conciliación dialéctica de los diversos órdenes sociales que en él deben libremente desenvolverse, aunque sin caer en excesos que perturben la armonía del todo, siempre favorecida con el progresivo adelanto de la clase media, culta y laboriosa, y con la correspondiente afirmación de una equilibrada sabiduría civil.
De aquí la condena de las doctrinas extremas (mazzinismo), que impulsan a la juventud generosa a emprender quiméricas tentativas, pero sobre todo del despotismo, que con su violencia reaccionaria ha reducido a Italia a «un estado infelicísimo». La dialéctica suprema de la política italiana le parece a Gioberti todavía la confederación; pero de ella considera «posible» operador, no ya al Pontífice, sino a un príncipe secular «que represente en sí civilmente la idea católica». De igual modo la armonía de los Estados europeos y, con el tiempo, la mundial, deberá apoyarse en la restauración de la unidad religiosa y, por tanto, recurrir a Italia, nación insigne «por su dignidad singular» como centro, no sólo de la civilización antigua, sino de la Iglesia, que es madre y ordenadora de la civilización cristiana. La catolicidad comprende los dos órdenes de los clérigos y los laicos, cuyos respectivos oficios varían según los tiempos.
Entre los clérigos, también el estado monástico «mediante las ideas y las prácticas religiosas es instrumento de civilización»; por esto Gioberti había asumido su defensa en la Primacía, tanto más cuanto que juzgaba posible la reforma de aquellas órdenes que no fueran «eficaz instrumento de utilidad pública». Pero ahora niega tal utilidad en relación con los jesuitas, contra los cuales dirige aquella despiadada polémica que después desarrollará más ampliamente en el Jesuita moderno (v.). El laicado, en un principio unido con el sacerdocio, ha venido con el tiempo emergiendo como orden aparte; así de la unidad inicial se ha engendrado un dualismo fecundo, porque está armonizado por la divina verdad, en la que cada uno de los dos estados encuentra el propio principio: el sacerdocio en cuanto la transmite y la enseña, «en orden al cielo y a la felicidad eterna», y el laicado en cuanto la aplica a las obras terrenas, en orden «al bienestar temporal de los hombres».
De aquí el gradual perfeccionamiento de la sociedad, a la que ponen obstáculos «los que quisieran restituir al clero el manejo de las cosas civiles»: pretensión que los críticos de la Primacía habían erróneamente atribuido a Gioberti. Lo que hace falta es restaurar la armonía entre los dos estados, reconciliando al clero con la civilización y la ciencia moderna, y reintegrando los laicos a la pureza de los principios cristianos, con una profunda reforma de la cultura y de la conciencia, mediante una educación viril que sobre todo arranque a los italianos del ocio y de las ocupaciones frívolas. La vuelta de los laicos a la religión, según el ejemplo de Manzoni, completará el proceso de renacimiento iniciado por Alfieri, y hará posible el resurgir de una genuina civilización nacional cuyas características serán: italianidad, laboriosidad, catolicidad.
Éstas deberán estar presentes en todas las clases sociales, por tanto también en el príncipe, que a todos pertenece y a todos en sí reúne y liga, por cuanto el ejercicio de la soberanía necesita el consentimiento de la opinión pública y no «es jurídico si no está regulado por el prudente juicio de los mejores», doctrina .que en la Primacía conducía a Gioberti a propugnar solamente órganos consultivos, pero que ahora se convierte en una decidida reivindicación de instituciones constitucionales representativas. Pero el estado dialéctico por excelencia es el de los «escritores idealistas», esto es, de los que teniendo «las ideas por objeto», ejercitan la más grande y duradera eficacia sobre los adelantos civiles; al lado de las otras dos figuras sumamente dialécticas, el Príncipe y el Pontífice, el escritor idealista, cuyo ministerio ideal versa sobre la poesía y más sobre la filosofía, está llamado a ejercer una suma función política, expresando los deseos de la opinión pública, de la que se hace educador.
Por esto Gioberti propugna enérgicamente la libertad de prensa, el derecho a una sabia censura civil y política, a la polémica contra las doctrinas anticuadas e intolerantes, a la duda y a la discusión científicamente fecundas. Solamente Italia, ya por dos veces maestra de «ideas» de los otros pueblos, puede satisfacer la exigencia dialéctica de los tiempos modernos, proponiendo las bases de una doctrina verdaderamente universal y ortodoxa. Su fundamento no puede ser sino el principio de creación, que resumiendo en sí «al mundo con su Hacedor y el lazo que les une», es la fuente de toda dialéctica, y permite evitar tanto los excesos del racionalismo como los del supernaturalismo. Tal filosofía es, por tanto, laica y, a la vez, hierática, independiente de la teología, pero también «devota al magisterio de las creencias». A ésta declara Gioberti haber consagrado todo su esfuerzo, en el intento de conciliar todos los elementos vivos de la ciencia y de la sociedad humana, así religiosos como laicos, conservando, pero también renovando y reformando, haciendo así de ellos el más seguro instrumento de redención de las inteligencias y sobre todo de la voluntad, necesaria para llevar a cabo el resurgimiento político de Italia.
Los Prolegómenos constituyen una de las más notables obras de Gioberti, porque presentan en rápida síntesis las líneas fundamentales de su pensamiento en un momento decisivo de su elaboración. Aquí radica el valor que tienen hoy a los ojos de los estudiosos, mientras a sus contemporáneos parecieron más que otra cosa una integración y parcial retractación de las doctrinas de la Primacía, especialmente a propósito de los jesuitas.
E. Codignola

