[Prolegomena zu einer jeden künftigen Metaphysik die als Wissenschaft wird auf treten können ]. Obra del filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), publicada en 1783, esto es, dos años después de la Crítica de la razón pura (v.) para responder a las críticas de oscuridad y prolijidad que se dirigieron a esta obra.
¿Es posible una metafísica científica? ¿Sobre qué fundamentos podrá construirse? Para resolver el problema es necesario indagar la posibilidad y el valor del conocimiento, esto es, examinar las formas y los límites de la razón pura. La misma naturaleza de la metafísica exige que sus conocimientos sean expresados en juicios «a priori». Según la lógica tradicional son «a priori» los juicios analíticos; los juicios sintéticos son en cambio «a posteriori», esto es, empíricos. Los primeros tienen carácter de necesidad, pero son vacíos porque no extienden nuestro conocimiento (el concepto de predicado está contenido en el concepto de sujeto); los segundos son extensivos y concretos, pero privados de valor universal; mediante los primeros no se obtiene progreso en la ciencia; mediante los segundos se obtienen comprobaciones de carácter particular, pero no leyes científicas.
Se debe investigar, pues, si es posible, una tercera forma de juicios «sintéticos a priori». Las condiciones del conocimiento no pueden ser deducidas de la experiencia porque en ellas- se halla precisamente la posibilidad de la experiencia: deben ser, pues, reconocidas como formas «a priori». Esas formas ofrecen la posibilidad y la validez universal de las ciencias: matemática, física, metafísica. «Formas a priori» de la sensibilidad son las «intuiciones puras» del espacio y del tiempo, que fundamentan los conocimientos de la geometría y la aritmética, cuya apodíctica deriva del apriorismo de las formas mismas; la matemática, pues, hace explícitas las leyes de la actividad representativa espacial y temporal. La primera parte de la crítica de la razón pura, la «Estética trascendental», nos descubre las condiciones «a priori» de los conocimientos matemáticos, mientras que la «Analítica trascendental», con el examen de la actividad del intelecto, investiga las condiciones sobre las cuales se funda la física como ciencia pura.
Pensar significa unificar representaciones en una conciencia, esto es, juzgar; la experiencia consiste en la conexión sintética y necesaria que se establece entre las percepciones según las formas puras del intelecto, que establecen los nexos a los cuales deben ser subordinadas todas las percepciones. Esos principios universales (categorías), que hacen posible la experiencia, son al mismo tiempo leyes universales de la naturaleza. La mente puede, pues, definirse como el «principio del cual toma origen el orden universal de la naturaleza». La objetividad del conocimiento se funda sobre la función sintética del pensamiento; entendiendo, sin embargo, el pensamiento, no ya como sujeto empírico, sino como «conciencia en general», esto es, como función supraindividual, como ley universal y necesaria. Pero el objeto del pensamiento no es la realidad exterior independiente del pensamiento, la «cosa en sí», sino el objeto como síntesis de representaciones en la «conciencia en general», el contenido del pensamiento, esto es, el fenómeno.
La matemática y la física están, pues, fundadas sobre principios trascendentales (formas puras de la sensibilidad y categorías del intelecto); pero el conocimiento de los principios trascendentales, deducidos de la filosofía crítica, no pertenece por sí mismo ni a la matemática ni a la física, sino a la metafísica, la cual es el conocimiento intelectual «a priori» del mundo fenoménico y, en lugar de pretender fundar un sistema de lo absoluto real, debe reconocer en la cosa en sí (noúmeno) el concepto límite de la razón. Nosotros conocemos «a priori» solamente lo que nuestro pensamiento puede crear según su organización; podríamos conocer la cosa en sí, sólo en el caso en que la produjésemos. Pero la necesidad de conocer parece que no queda satisfecha con la experiencia;- la idea de un mundo suprasensible existe, si no como objeto de un conocimiento, a lo menos como una exigencia del pensamiento humano.
Todo lo que conocemos está condicionado por la función misma del pensar; pero la realidad incondicionada es el «ideal» del conocimiento, jamás realizable, y, con todo, siempre dominante en el esfuerzo del pensamiento. La representación de lo no condicionado, a la cual están subordinadas las actividades intelectuales e intuitivas, son «las ideas de la razón». Éstas pertenecen a la organización propia de la razón humana, pero no son conocimiento, tienen carácter de aprioridad y de necesidad, y son válidas universalmente como «ideas», pero no como representaciones del objeto. Cuando queremos pasar los límites de la experiencia y afirmar la realidad objetiva del mundo suprasensible, advertimos que el presunto conocimiento contenido en las ideas de la razón es ilusorio y contradictorio. Las ideas son tres: idea del alma (representación de un substrato incondicionado de todos los fenómenos del sentido interior); idea del mundo (representación de un nexo incondicionado entre todos los fenómenos externos); idea de Dios (representación de la esencia incondicionada que es principio de todos los fenómenos en general).
Las tres ciencias metafísicas particulares que surgen cuando se consideran estas ideas como objetos del conocimiento son: la psicología, la cosmología y la teología. Pero el conocimiento que estas ciencias nos dan la ilusión de poseer es fundamentalmente imposible; por esto ellas pueden sostener aserciones contradictorias, igualmente indemostrables (antinomias de la razón pura). De manera que si por metafísica se entiende una ciencia que pretenda pasar los límites de toda posible experiencia, y nos proporcione conocimientos determinados acerca del mundo nouménico, ella es del todo imposible. Aunque sea una excelente guía para orientarse en la Crítica de la razón pura, y la mejor introducción al estudio del criticismo kantiano, los Prolegómenos ofrecen todavía dificultades, oscuridades y desigualdades. [Trad. española por Julián Besteiro (Madrid, 1912)].
E. Codignola

